‘Hodio’: la censura disfrazada de buenismo
El problema de fondo de la propuesta del presidente es que es el propio presidente (o quien él designe para tal fin) quien va a decidir qué es odio
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la primera Cumbre Internacional contra el Odio
Hace unas semanas, publicábamos en estas mismas páginas la enésima cortina de humo de un presidente del Gobierno en busca de bocanadas de aliento en una legislatura imposible. Entonces, Pedro Sánchez anunciaba, con un brindis al sol, la prohibición del acceso a redes de los menores de 16 años. Y ya dejó entrever que preparaba la siguiente cortina de humo: la persecución del discurso del odio en el entorno digital.
Si me permiten la castiza expresión, ya parió la burra, y con el recién nacido cuadrúpedo se tapan las incógnitas de los vuelos del Falcon o la pérdida de relevancia de España en el tablero internacional. Con su tradicional puesta en escena siempre apocalíptica, un presidente del Gobierno que se vio obligado a mirar varias veces a los papeles y repitió la misma línea porque no había por dónde hilar el texto, anunció la puesta en marcha de una herramienta (no se atrevió a decir observatorio hasta un rato después) para medir «la huella del discurso del odio» en redes. Y apuntó que la herramienta utilizaría criterios académicos, aunque no describió cuáles.
El presidente se apresuró a explicar que utilizarían análisis cuantitativos revisados por expertos y que garantizarían la «precisión» y la «representatividad». Grandes palabras que suenan, efectivamente, muy académicas. En la «academia» nos encanta medir, comparar y estudiar, para extraer conclusiones basadas en la ciencia que nos ayuden a comprender la naturaleza del objeto de estudio y a conocer la verdad. Y Pedro Sánchez, sin duda, va a medir: con gran acierto, Luis Ventoso califica esta disparatada propuesta en su imprescindible columna como el «odiómetro».
Así que la «herramienta» para analizar la «huella del odio» (como quien analiza la huella del carbono, dijo Sánchez) está llena de ese buenismo empalagoso del estilo del «no a la guerra». ¿Quién, en su sano juicio, podría querer que se extendiera el discurso del odio? ¿Quién enarbolaría una pancarta que dijera «el odio tiene derechos» o «por los derechos del odio»? Pero la parte en la que la medición académica deja de ser científica es la razón de ser de la herramienta: la aplicación de sus resultados.
Y como era de esperar, no se trata solo de «medir de forma sistemática la presencia, evolución y alcance» de los discursos de odio, sino de «sacar el odio de la sombra, hacerlo visible y exigir responsabilidades a quienes no actúan». Y aquí es donde, desde los fundamentos de la Comunicación, el buenismo se convierte en censura porque con el 'Hodio' no se pretende erradicar el odio, sino un odio, o el odio de un lado, para poner en la picota a los enemigos del otro lado. Toda una forma de censura disfrazada de buenismo aparentemente bienintencionado.
Al pobre presidente se le escapó decir que, si bien es cierto que hay odio desde los dos lados, «es totalmente asimétrico porque para algunos es su principal baza electoral». Así que toda esta parafernalia del 'Hodio' suena a pataleta para acabar con esa asimetría que claramente le perjudica, mucho más que a sincera preocupación por el odio.
La culpa de la asimetría la tienen, por supuesto, los «tecnoligarcas» (ha vuelta a mencionar directamente a Elon Musk, a ver si lo retuitea, pero no a Amazon, a ver si invierte en España) que, con su mal entendida «libertad de expresión», han aceptado lo que Sánchez considera «libertad de agresión». Y desde 'Hodio' se publicarán los resultados del odiómetro –acusación pública sin juicio alguno ni oportunidad de defensa– «para que todo el mundo sepa quién lo frena, quién mira para otro lado y quién hace negocio».
Y aquí viene el problema de fondo de la buenista pero censora propuesta del presidente: es el propio presidente (o quien él designe para tal fin) quien va a decidir qué es odio. Y en el momento en el que el poder ejecutivo, sin el legislativo ni el judicial, determina el baremo del odio, está aplicando una forma de censura que escapa al control de la imprescindible separación de poderes.
Cierto es que siempre quedaremos nosotros, la prensa libre, para controlar y denunciar los desmanes de los otros poderes. Pero no es menos cierto que conseguirán medir de algún modo la huella del odio para que nos pongan el sello de la H de 'Hodio', dramático y perfecto ejemplo de censura disfrazada de buenismo.
- María Solano Altaba es profesora de la Universidad CEU San Pablo e investigadora en ThinkOnMedia y Algorlit.