Uno de cada cuatro embarazos termina en aborto
Así sería la natalidad en España sin la ley del aborto
Desde 1987, uno de cada seis niños concebidos no ha visto la luz por una interrupción voluntaria del embarazo
León XIV, en su discurso el lunes en el Congreso de los Diputados, interpeló a sus señorías: «¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido?». La respuesta a la alocución fue un atronador aplauso de siete minutos de la misma Cámara Baja que aprobó la ley del aborto hace más de cuatro décadas, la amplió en sucesivas reformas, y del Gobierno que pretende blindarla como derecho constitucional.
El Papa volvió a poner en la agenda la cuestión del aborto, una práctica que ha dejado ya en España casi tres millones de no nacidos desde 1987 a 2024. En ese mismo periodo han nacido en España 15 millones de niños. Es decir, uno de cada seis niños concebidos no ha visto la luz por una interrupción voluntaria del embarazo. Si no se hubieran acabado voluntariamente esos embarazos, habría habido 18 millones de nacimientos en España desde 1987 en lugar de 15 millones.
Mientras que la natalidad sigue cayendo cada año, el número de abortos está al alza. La proporción de no nacidos sobre el total de concebidos está en máximos históricos. En 2024, último año con datos disponibles, hubo 106.172 abortos y 318.005 nacimientos. Uno de cada cuatro niños concebidos no vio la luz, exactamente el 25 %, más que nunca.
El porcentaje de embarazos abortados lleva una década subiendo ininterrumpidamente. En 2018 ya suponía uno de cada cinco, y en 2024 uno de cada cuatro, según los cálculos propios a partir de los datos de nacimientos del Instituto Nacional de Estadística y de interrupciones voluntarias del embarazo del Ministerio de Sanidad.
Mientras los abortos no dejan de crecer, los nacimientos no dejan de caer. España se acerca paulatinamente a romper el suelo de los 300.000 nacimientos, 100.000 menos que hace una década. La cifra de 100.000 se repite, redondeada, como el número de abortos en el último año.
La tasa de abortos por cada mil mujeres de entre 15 y 44 años está en 12,36, el segundo valor más alto de la serie histórica, sólo superado por 2011. Aquel año alcanzó el máximo número de abortos, 118.611 no nacidos. Ocurrió dentro del periodo de recuperación de la natalidad previa a la crisis económica, con máximos de nacimientos que no se habían visto desde hacía más de un cuarto de siglo, pero también con máximos de abortos. Entre nacidos y no nacidos, en 2008 habría habido la natalidad de 1978, en los estertores del baby boom en España.
Según los estudios, no hay una relación directa entre mayor número de abortos y menor natalidad. Es decir, no siempre se cumple la regla de que los lugares con mayor número de abortos hay menor natalidad, puesto que hay otros factores en juego, como la edad o la inmigración. «En España no se aprecia una correlación global directa entre fecundidad y tasa de aborto, pero las dos comunidades autónomas en las que hay más propensión a abortar, Canarias y Asturias, son las que menos hijos por mujer tienen de España (y de toda Europa)», según el informe Demografía del aborto en España, elaborado por el Observatorio Demográfico CEU, adscrito al Centro de Estudios, Formación y Análisis Social (CEU-CEFAS).
El informe de CEU-CEFAS remata en sus conclusiones: «Impresiona la poca sensibilidad general ante el enorme número de abortos que hay en España. No son algunos cientos o unos pocos miles de abortos, de casos extremos, sino en torno a 100.000 cada año, y eso en una España con un enorme déficit de nacimientos para que haya relevo generacional».
En la Cámara donde el Gobierno pretende que el aborto sea un derecho constitucional, León XIV defendió el lunes la vida desde su concepción: «La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona».
El Santo Padre exhortó a los legisladores: «Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse».