Íñigo junto a su familia
Íñigo, el bebé milagro que nació sin riñones: «La única opción fue abortar o esperar a que falleciera»
El pequeño fue prácticamente desahuciado por un pronóstico incompatible con la vida
Ahora, tras casi un año plagado de complicaciones, estando a punto de fallecer hasta en tres ocasiones, se encuentra cada vez más cerca del siguiente paso: un trasplante
Íñigo María Prieto Delic tiene once meses y tres días de vida. El 21 de agosto de 2025, este pequeño luchador nació en el hospital madrileño de La Paz con una patología que la medicina consideraba incompatible con la vida: agenesia renal bilateral. La ausencia de riñones –además de no contar con vejiga ni uretra– era prácticamente una condena a muerte, con solo un 1 % de posibilidades de supervivencia. Sin embargo, casi un año después, Íñigo es un niño feliz con más de ocho kilos de peso y con un espíritu luchador único en alguien de su edad.
Desde el hospital madrileño nos atiende su padre, Íñigo Prieto Urízar, quien combina su gran experiencia familiar –con otros cinco hijos más– para detallar con todo lujo de detalles la historia de su pequeño mientras le limpia y le cambia. Desde hace un mes, tras superar intervenciones críticas, el quirófano y la UCI, le concedieron al pequeño el alta domiciliaria, residiendo hasta agosto en la Casa Ronald McDonald's –situada dentro del propio recinto del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús en Madrid– junto a otras familias y con seguimiento en el hospital de La Paz.
El peor de los pronósticos
Tenemos que retroceder hasta la semana 20 del embarazo cuando Diana, su mujer, le llamó con la peor de las noticias, tras someterse a una ecografía en Córdoba. En primer lugar, el matrimonio preguntó «si había alguna opción, que si había alguna operación intrauterina o algún caso histórico previo que hubiese salido adelante».
La respuesta parecía definitiva: no. La única opción que les ofrecieron fue «o abortar» o esperar el fatal desenlace: «Esperar a que falleciera porque el bebé no iba a poder desarrollar el pulmón y al nacer o en el vientre de la madre moriría».
Íñigo María Prieto Delic
Sin embargo, tras varios días preparándose y rezando para encajar el golpe, la búsqueda desesperada de respuestas por internet dio un giro inesperado. Íñigo encontró la imagen la imagen de una niña estadounidense nacida en con la misma condición que su futuro hijo y que había salido adelante: «Cuando vimos ese caso, nos pusimos en contacto con los americanos, tuvimos una videoconferencia. Nos recomendaron primero probar a ver en España y si no, pues nos atenderían allí. Pero claro, económicamente era una locura así. Nosotros estábamos dispuestos. En vez de hipotecar una casa, hipotecarnos con el bebé».
Íñigo María Prieto Delic
Fue entonces cuando entró en juego una ginecóloga amiga y una red médica, contactaron con el Hospital de La Paz en Madrid, donde el equipo encabezado por José Luis Bartha (jefe de ginecología y obstetricia de La Paz), junto con cuatro jefas de especialidades valoraron el caso (la jefa de nefrología, la jefa de urología, la deja de neonatología y la jefa de medicina fetal). El tratamiento durante las semanas de embarazo restantes consistió en inyectar suero con antibiótico en el vientre materno para sustituir el líquido amniótico y permitir el desarrollo pulmonar.
«Nos escucharon y decidieron ayudarnos y la verdad es que fue algo muy grande porque para nosotros abrió de repente una esperanza de vida», señala.
Íñigo junto a Diana, su madre
Contra todo pronóstico médico inicial, la gestación alcanzó la semana 38, culminando con el nacimiento de su sexto hijo: «Una vez que salió de la puerta del quirófano, lo acompañé hasta la puerta de la UCI. Fue un momento increíble. Un monte del cielo en el que se te saltan las lágrimas. Te falta la voz. O sea, contemplas una debilidad tan grande que te sobrecoge».
Como era de esperar, los primeros meses en neonatología exigieron una lucha titánica, no exenta de complicaciones. El recién nacido sufrió un neumotórax, llegando a saturar al 50 %, por lo que fue bautizado in situ de urgencia. A la segunda semana le implantaron un catéter para poder iniciar la diálisis peritoneal. En Navidad, una bacteria le produjo una sepsis grave con síndrome de piel escaldada: «Estuvo como en una unidad de quemados y durante 15 dı́as le trataron con antibióticos, un vendaje especial y cremas para ayudar al desarrollo de la piel. Ahí estuvo también muy grave».
Para poder llevar todo este proceso, el matrimonio –con residencia en Córdoba–, tuvo que turnarse por semanas entre la capital y su ciudad para atender a sus otros hijos. Y, al final de todo, la defensa por la vida y la fe ha permitido a esta familia vivir un auténtico milagro: «Nosotros desde el inicio decimos que tenemos tres ejércitos. Por un lado, el ejército del Hospital de la Paz... Por otro lado, hemos tenido la oración de la Iglesia de la tierra (conventos, misioneros, sacerdotes, comunidades, catequistas, compañeros de trabajo, etc) ... Y por otro lado, pues el ejército del cielo».
«La fe desde el primer momento también nos ha ayudado a vivir, a vivir mirando al cielo con esperanza y sabiendo que la vida está en manos de Dios. Para nosotros la fe lo ha supuesto todo, porque teníamos la mirada puesta en el cielo y esperando la voluntad de Dios. No sabíamos si ese niño sobreviviría o no, y lo hemos vivido muy día a día. Y seguimos así. Seguimos viviendo el día a día», señala.
Íñigo María Prieto Delic
Íñigo María Prieto Delic
Actualmente el pequeño pesa algo más de ocho kilos. El siguiente paso es alcanzar los diez y, una vez cumpla los dos años de edad, poder afrontar el trasplante de riñón y una compleja intervención para reconstruir la vejiga utilizando pared intestinal. Pese a las secuelas derivadas del tiempo encamado, Íñigo describe a su hijo como «un niño muy alegre, muy simpático, sonriente, dinámico y muy regordete». Para esta la familia, la ciencia y la fe se han unido de una forma extraordinaria y han hecho posible que hoy Íñigo esté vivo, gracias a la valentía de médicos que han apostado por la vida y a la oración de la Iglesia.