Dra. Esther Cuerda
Esther Cuerda Galindo, doctora y autora de La bata vacía
«Me ponía la bata y me sentía un fraude»: cuando la presión del sistema sanitario apaga la vocación de los médicos
La doctora decidió escribir 'La bata vacía', un libro donde analiza las causas sistémicas de la presión asistencial, burocratización, falta de recursos y los factores personales que aumentan la vulnerabilidad
Un sistema sanitario saturado, pacientes afectados y un médico agotado. Durante años pasando consulta, Esther Cuerda, se dio cuenta de que empezaba a sufrir. No era cansancio o estrés, era algo más. Se dio cuenta de que sufría el desconocido per habitual burnout.
A pesar de ello, siguió dedicada al trabajo. Sin embargo, por entro su vocación iba desapareciendo, la bata cada vez le pesaba más. No estaba a gusto. Debido a su fuerte sentimiento, la doctora decidió escribir La bata vacía, un libro donde, a través de 12 capítulos, analiza las causas sistémicas de la presión asistencial, burocratización, falta de recursos y los factores personales que aumentan la vulnerabilidad.
–¿En qué momento se dio cuenta de que usted misma estaba sufriendo burnout y no simplemente cansancio o estrés?
–Fue en Alemania, en mi consulta. Recuerdo la sensación física de rechazo cada mañana al ponerme la bata: me la abrochaba y me sentía un fraude absoluto. No hubo un colapso dramático ni una crisis aparatosa, sino una toma de conciencia súbita y muy lúcida: llevaba años viviendo así. Durante mucho tiempo me engañé pensando que se trataba de una mala racha, de un pico de cansancio pasajero. Pero las malas rachas terminan. Yo me marchaba de vacaciones y, el primer lunes de vuelta al trabajo, el nudo en el estómago y el agotamiento estaban exactamente en el mismo sitio.
–El título, La bata vacía, es muy potente. ¿Qué significa para usted esa bata cuando habla de un médico que sigue trabajando, pero siente que por dentro ya no queda nada?
–Tengo muy presente la ilusión de ponerme la bata blanca por primera vez durante las primeras prácticas de la carrera. Es un rito de paso: de pronto sientes que ya eres médico de verdad. Por eso resulta tan demoledor el día en que esa prenda empieza a pesar como una losa y se convierte en una condena.
Cuando eso ocurre, algo esencial se ha quebrado. Por fuera sigues funcionando, pasas consulta, tomas decisiones clínicas correctas y cumples con rigor profesional. Pero por dentro el motor vocacional que te llevó hasta allí se ha apagado por completo. Eso es la bata vacía: un cascarón que sigue operando por pura inercia.
–¿Por qué cree que a los médicos les cuesta tanto reconocer que necesitan ayuda?
–Porque desde el primer día en la facultad se nos adiestra en una cultura de la resistencia casi espartana. Durante años yo asumí ese peaje como parte natural del oficio: las guardias de 24 horas encadenadas, saltarse comidas, no tener horas para volver a casa... Todo eso se normaliza e incluso se exhibe como una medalla de entrega profesional.
A eso se suma una cuestión de identidad: estamos educados para sostener y curar a los demás, de modo que asumir el papel vulnerable de quien necesita auxilio desmorona todo tu esquema. Y, por supuesto, pesa el miedo al estigma y al juicio de los propios colegas.
–La formación médica prepara para diagnosticar y tratar a los pacientes, pero no para gestionar el peso emocional de cuidar a otros. ¿Qué debería cambiar en las facultades de Medicina?
–Yo terminé los estudios universitarios con una excelente base técnica para diagnosticar y pautar tratamientos, pero completamente desarmada para lidiar con el impacto emocional que ese proceso deja en el profesional. Nadie me enseñó a gestionar los límites, a decir que no, a estructurar la gestión de una consulta ni a evaluar con sosiego si mi camino era el ejercicio público o el privado. Todo eso lo aprendí a base de tropiezos y desgaste personal.
Más adelante busqué formación externa, pero solo encontraba piezas aisladas y dispersas. Las facultades y colegios profesionales deberían integrar estas herramientas como una materia nuclear y no como una anécdota opcional. Ese es precisamente el vacío que intento llenar con La bata vacía.
Portada del libro
–¿Cree que el sistema actual y los problemas con el Ministerio de Sanidad tienen algo que ver?
–Tienen una responsabilidad directa. Hay un dato reciente que refleja la distorsión con la que se analiza nuestra realidad: la Organización Médica Colegial publicó un estudio sobre la mortalidad médica en España durante los últimos veinte años. El titular parecía tranquilizador: los médicos morimos menos que la población general. Sin embargo, al examinar la letra pequeña descubres que esa estadística compara a profesionales en activo con la totalidad del censo poblacional, incluyendo a personas dependientes, enfermas o de noventa y tres años.
En esa comparativa, cualquier colectivo laboral sale favorecido. Pero los datos que subyacen son alarmantes: los médicos que fallecen lo hacen casi seis años antes que el resto de la población, y la tasa de suicidio en médicas de entre 25 y 44 años es significativamente superior a la de las mujeres de su mismo rango de edad. Al leerlo pensé de inmediato en muchas compañeras.
El sistema está saturado, tanto en la sanidad pública como en las mutuas concertadas, y la solución estructural tardará en llegar
El sistema está saturado, tanto en la sanidad pública como en las mutuas concertadas, y la solución estructural tardará en llegar. Es imprescindible pelear por reformas de fondo, pero no van a materializarse mañana. Mientras tanto, lo que sí podemos transformar es la manera en que los médicos nos protegemos dentro de ese entorno. No podemos supeditar nuestra salud mental y físicas a que la administración resuelva sus deficiencias.
–¿Hasta qué punto las condiciones del sistema sanitario son responsables del burnout y hasta qué punto intervienen factores personales?
–Es una ecuación con tres variables interconectadas: el sistema, el profesional y el propio paciente, un actor del que casi nunca se habla.
El peso del sistema es innegable: agendas desbordadas, burocracia asfixiante y dilemas éticos diarios tan frustrantes como tener que prescribir un fármaco de segunda elección sabiendo que no es el óptimo para ese paciente, simplemente por restricciones presupuestarias.
Pero también existe una sobreexigencia generada por expectativas sociales desmedidas: perfiles jóvenes y sanos que acuden a urgencias hospitalarias por una cefalea de treinta minutos de evolución sin haber probado un analgésico común en casa, o el caso real de un varón de cuarenta años que solicitó cita en dermatología de la sanidad pública para que le diseñara una rutina cosmética de cremas. Hay una evidente falta de educación sanitaria en la sociedad.
Por último, está el factor individual: cómo decidimos procesar y gestionar esa realidad. Viktor Frankl lo formuló con total precisión: cuando las circunstancias externas no están bajo tu control, tu única libertad radica en la actitud con la que decides afrontarlas. Ahí es donde el médico conserva un margen real de maniobra y donde debemos incidir.
–¿Se puede seguir siendo un buen médico después de atravesar un burnout? ¿Qué cambia en la relación con los pacientes cuando uno consigue recuperarse?
–Sin duda. Yo soy testimonio directo de ello. Lo que se recupera tras el proceso no es solo la estabilidad, sino el entusiasmo genuino por el oficio. Vuelves a acudir a la consulta con curiosidad y serenidad, y restableces ese pilar fundamental que la saturación había dinamitado: la dimensión humana del cuidado.
–Si tuviera delante a un médico que ahora mismo está pensando «no puedo más», ¿qué le diría?
–Le pediría que rompa el silencio. Que hable con alguien de confianza de inmediato y solicite ayuda profesional sin vergüenza ni culpa. No está solo: miles de compañeros han atravesado ese abismo antes y se puede salir de él. Y si en algún instante ese sufrimiento se vuelve insoportable y aparecen ideas de autolisis, que recurra sin dudar al 024.
–¿Qué le gustaría que un médico que lea La bata vacía entendiera sobre sí mismo que quizá nadie le haya dicho nunca?
–Que estar exhausto no te convierte en un mal médico ni significa que hayas fracasado. A mí me llevó años asimilar esa verdad sin sentirme culpable.
Por eso escribí La bata vacía. El libro no es el final de nada, sino el comienzo. Lo que realmente quiero es estar ahí, acompañando a otros médicos, dándoles herramientas que funcionen de verdad para que crezcan como personas y para que lleven su consulta de otra manera. Porque lo que descubrí es que todo está conectado: lo que te pasa por dentro acaba viéndolo tu paciente, y lo que vives cada día en la consulta se te lleva a casa. No es una teoría, es la realidad. Por eso digo: crecer para cuidarte, cuidarte para cuidar. Un solo camino.