Tormenta de arena en el desierto Erg Chebbi, en Marruecos
El mapa global de las tormentas de arena: dónde son más graves y por qué preocupan
Cada año se liberan unos 2.000 millones de toneladas de polvo a la atmósfera, y más del 80 % de ese total proviene del norte de África y Oriente Medio
En España, en los últimos años hemos visto cómo los episodios de calima han ido aumentando progresivamente. Estos se manifiestan con una pérdida de visibilidad y una disminución de la calidad del aire, lo cual genera molestias a la población, pero también riesgos para su salud.
Cada año, miles de millones de toneladas de arena y polvo se elevan en la atmósfera y recorren continentes enteros. Ello afecta la salud de más de 3.800 millones de personas y genera costes económicos millonarios. Así lo revela el último Boletín sobre Polvo en Suspensión en el Aire publicado por la Organización Meteorológica Mundial (OMM), que cada año identifica las zonas más golpeadas por este fenómeno creciente.
El informe advierte que en 2024, aunque el promedio mundial de polvo en superficie fue ligeramente inferior al de 2023, las concentraciones superaron los niveles históricos (1981–2010) en muchas regiones. Destaca especialmente el caso del Chad, donde la depresión de Bodele —una de las mayores fuentes de polvo del planeta— registró niveles de entre 800 y 1.100 microgramos por metro cúbico.
Las cifras son apabullantes: cada año se liberan unos 2.000 millones de toneladas de polvo a la atmósfera, y más del 80 % de ese total proviene del norte de África y Oriente Medio. Si bien este es un proceso natural, factores como la gestión deficiente del agua y del suelo, la sequía o la desertificación lo agravan cada vez más.
Más allá del impacto ambiental, el boletín de la OMM pone el foco en las consecuencias para la salud. Entre 2018 y 2022, casi la mitad de la población mundial estuvo expuesta a niveles de polvo que superaban los umbrales de seguridad. En algunas regiones, esto se tradujo en más de 1.600 días en cinco años respirando aire contaminado por partículas finas, con efectos graves sobre el sistema respiratorio y cardiovascular.
154.000 millones de dólares de coste
También están los efectos económicos, muchas veces invisibles. Un estudio en EE.UU. estima que en 2017 los costos derivados de la erosión por polvo alcanzaron los 154.000 millones de dólares, una cifra que cuadruplica la de 1995. Esto incluye daños a cultivos, infraestructura energética, salud pública y transporte.
En cuanto a los eventos más destacados de 2024, el boletín menciona una tormenta de polvo invernal que azotó Irak, Kuwait y la península arábiga, con fuertes consecuencias sociales. En Asia oriental, Mongolia y China sufrieron hasta 14 tormentas, algunas con niveles de partículas tan elevados que redujeron la visibilidad a solo un kilómetro en ciudades como Beijing. Incluso las Islas Canarias fueron alcanzadas por una nube de polvo sahariano en diciembre.
Para afrontar este desafío, la OMM lidera el Sistema de Evaluación y Asesoramiento para Avisos de Tormentas de Arena y Polvo (SDS-WAS), una red global con centros en Barcelona, Yeda, Beijing y Barbados. Su objetivo: mejorar la predicción y reducir el impacto en salud, transporte y medio ambiente. Además, Naciones Unidas ha declarado el período 2025–2034 como el Decenio para Luchar contra las Tormentas de Arena y Polvo.
Como recordó la secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, «las tormentas de arena y polvo son mucho más que un problema visual: deterioran la salud, interrumpen vuelos, dañan cultivos y obstaculizan la producción de energía solar». La solución pasa por invertir en sistemas de alerta temprana, planificación territorial sostenible y políticas internacionales coordinadas.
Lo que parecía un fenómeno lejano empieza a sentirse en cada rincón del planeta. Y como tantas otras crisis invisibles, el polvo necesita ser tomado en serio. Porque aunque flote en el aire, sus consecuencias pesan mucho.