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Vista de la sierra quemada en Casaio, Orense

Vista de la sierra quemada en Casaio, OrenseEuropa Press

Los problemas que pueden generar las lluvias en los bosques quemados este verano en España

Más de 300.000 hectáreas ardieron solo durante el mes de agosto, un terreno que se verá afectado estos días por las precipitaciones que regarán prácticamente todo el país

Este pasado verano, los incendios fueron tristemente los protagonistas de la actualidad, especialmente en las provincias de León, Zamora y Orense. Solo en agosto se quemaron más de 300.000 hectáreas, una superficie equivalente a casi seis veces la isla de Ibiza, lo que hace imaginar la magnitud del daño natural.

Ahora, cuando han pasado casi tres meses de esta racha de incendios, España entra directa en el otoño, una estación que se caracteriza por sus lluvias. Pero, ¿cómo afectan estas precipitaciones a las zonas afectadas por el fuego?

Cuando la lluvia llega a un bosque arrasado por el fuego, el agua, que normalmente sería fuente de vida, puede convertirse en una amenaza. Tras el fuego, llega el momento de restaurar un territorio desprovisto de cubierta vegetal y con un suelo muy degradado. Tal y como recuerdan desde el Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales, el fuego deja tras de sí un terreno más vulnerable a la erosión, con pérdida de nutrientes, daños severos en la fauna y la flora silvestres, una transformación profunda del paisaje y un impacto económico y social que afecta de forma directa a la población local.

Sin la vegetación que retenía el suelo, las precipitaciones arrastran cenizas, nutrientes y tierra, provocando erosión, contaminación en ríos y dificultades para la regeneración natural. Este fenómeno, frecuente tras los incendios, muestra que la verdadera recuperación de un bosque no termina con las llamas apagadas, sino que apenas comienza con la primera gota de lluvia.

Con estas precipitaciones, el bosque se desangra lentamente y los nutrientes que podrían favorecer la regeneración natural son arrastrados hacia ríos y embalses, alterando la calidad del agua y afectando a ecosistemas acuáticos. Estas cenizas contienen compuestos químicos –como nitratos y metales pesados– que, al disolverse, contaminan ríos y embalses. En 2022, tras los incendios de Bejís (Castellón) y Zamora, los técnicos de la Confederación Hidrográfica del Júcar detectaron aumentos puntuales de turbidez y de materia orgánica en el agua de abastecimiento.

Si las lluvias son intensas, en lugares de fuerte pendiente pueden incluso provocar riadas súbitas (o flash flood) y corrimientos de tierra, arrasando infraestructuras cercanas y afectando a comunidades que creían haber dejado atrás el peligro del fuego.

Medidas urgentes

Para evitar esta afectación de las lluvias tras los incendios, se aplican medidas urgentes como cubrir el terreno con restos vegetales (mulching), levantar fajinas –barreras de ramas que frenan la escorrentía– o instalar mantas orgánicas que estabilizan la ladera y facilitan la germinación. Actuar pronto es más eficaz y económico que intentar recuperar el suelo una vez degradado.

También destacan otras iniciativas como la hidrosiembra, que consiste en la mezcla de semillas y nutrientes proyectada sobre el suelo, o la construcción de pequeños drenajes y diques de contención para dirigir el agua y evitar arrastres hacia cauces y embalses.

A medio plazo, la revegetación con especies autóctonas, el control del ganado y el seguimiento de la regeneración natural ayudan a consolidar el suelo y recuperar el ecosistema. A largo plazo, una gestión forestal sostenible, con limpieza de matorral y reforestación planificada, reduce el riesgo de incendios futuros. Proteger el suelo tras el fuego es clave: la recuperación del bosque no comienza con la lluvia, sino con la prevención antes de que esta caiga.

La gestión de la madera quemada es otro aspecto delicado. Aunque su retirada puede ser necesaria cerca de infraestructuras, en muchos casos los árboles afectados ayudan a conservar humedad, frenar la erosión y aportar nutrientes. Sin embargo, dejar demasiados en pie favorece plagas forestales, por lo que cada incendio requiere un plan específico. La venta de esa madera, de valor residual, suele ser el único ingreso inmediato para las comunidades afectadas, pero no compensa las pérdidas económicas.

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