Toni Timoner y Luis Quiroga
Entrevista a Toni Timoner y Luis Quiroga
El ecologismo de derechas existe: «Un votante de Vox puede defender el campo y la industria sin ser negacionista climático»
Autores de El ecologista de derechas, en su libro hacen un llamado a la sensatez y subrayan que la izquierda se ha erigido como «propietaria sentimental» de las políticas verdes
En un contexto en el que las políticas climáticas se encuentran en en el foco de atención, cada vez más personas se sienten «desconectadas» del discurso ecologista. Un 15 % de españoles cuestiona la existencia del cambio climático, un porcentaje que asciende al 29 % entre los que se consideran ideológicamente de derechas.
Este sentimiento se debe, en parte, a que la izquierda ha acaparado la bandera del ecologismo mientras ciertos sectores de la derecha la han abandonado por completo. Toni Timoner y Luis Quiroga son cofundadores de Oikos, un think tank independiente que se define como comprometida con el medio ambiente como principio «perfectamente compatible» con los valores y la tradición política liberal y conservadora. Ambos presentan este jueves en el Ateneo de Madrid –y con la moderación de Cayetana Álvarez de Toledo– su libro El ecologista de derechas, un manual que da «solucvioines azules para un planeta verde» y que reivindica que las políticas climáticas no son exclusivamente de izquierdas. Sus autores charlan con El Debate y comentan las claves de su obra.
–¿Ser ecologista ha de ir necesariamente de la mano de ser de izquierdas?
–Luis Quiroga: En absoluto. Ese es, precisamente, uno de los errores que intentamos corregir en el libro. Cuando la ecología se presenta como una especie de sacramento de izquierdas, deja de funcionar como política de Estado y pasa a operar como marcador tribal. Y ahí se rompe algo esencial: expulsas del debate a media sociedad. A un votante conservador o liberal no le cuesta entender que hay que proteger acuíferos, reducir dependencia energética o evitar que un monte abandonado arda entero en agosto; lo que rechaza, con razón, es que todo eso venga empaquetado con una enmienda a la totalidad del mercado, del crecimiento o de su forma de vida.
–Toni Timoner: Añadiría que hay una intuición ecológica profundamente conservadora. Conservar, custodiar, transmitir, mejorar sin destruir: todo eso pertenece de manera casi natural a una sensibilidad liberal-conservadora bien entendida. Por eso a mí siempre me ha parecido un poco extravagante que se presente el ecologismo como si fuese propiedad sentimental de la izquierda. Félix Rodríguez de la Fuente lo vio con enorme claridad: la ecología no podía convertirse en una doctrina política autosuficiente, como no existe un «partido matemático» o un «partido zoológico».
–Parten de la idea de que el ecologismo ha sido «secuestrado» por la izquierda. ¿En qué momento concreto se produce esa apropiación ideológica y por qué la derecha no supo evitarla?
–T.T.: No hubo un momento concreto en la que alguien levantara una bandera y dijera «a partir de hoy lo verde es rojo», pero sí hubo un proceso muy reconocible. En España arranca en el tardofranquismo y en la Transición, cuando conflictos muy materiales –la rotura de la presa de Vega de Tera, la polución industrial en Erandio o Baracaldo, la oposición a proyectos nucleares como Lemóniz– empiezan a cargarse de una dimensión política más amplia. La izquierda entendió muy rápido que la fuerza de esas protestas y maniobró para transformarlas en una crítica marxista al modelo economía social de mercado. Convirtió ansiedades concretas en un relato general deformado.
La derecha, mientras tanto no elaboró un marco narrativo propio. No recalcó lo suficiente que se podía ser favorable al progreso económico y al mismo tiempo exigente con la conservación. Y en política, cuando no explicas tu posición, acabas habitando en la explicación del adversario.
–¿Existe algún punto intermedio entre crecimiento económico y sostenibilidad que no esté siendo suficientemente explorado?
–L.Q.: Sí, y no es teórico: es un programa concreto. Hay una vía de crecimiento descarbonizado basada en electrificación, innovación y señales de precio bien diseñadas. En muchos sectores, el conflicto entre prosperidad y sostenibilidad está planteado con tendenciosidad. La transición energética no consiste solo en emitir menos, sino en sustituir energía importada, cara y volátil por energía autóctona, predecible y más barata. El espacio menos explorado está en usar esa electricidad para reindustrializar, electrificar procesos de calor, abaratar la calefacción e impulsar centros de datos y nuevas cadenas de valor. No un ecologismo de sacrificio, sino de sustitución inteligente.
Esa combinación es la política sensata: crecer mejor y cuidar mejor. Revalorizar el paisaje, profesionalizar la gestión forestal, pensar la agricultura como aliada climática, desplegar agrivoltaica y usar desalación y regeneración de agua con inteligencia. No se ha explorado lo suficiente porque el debate sigue atrapado entre el negacionismo simplón y el maximalismo penitencial.
El debate sigue atrapado entre el negacionismo simplón y el maximalismo penitencial
–Plantean que el discurso climático se ha vuelto excesivamente moralizante y emocional. ¿Creen que eso ha perjudicado la credibilidad de la causa climática?
–T.T..: Cuando el clima se convierte en una prueba de virtud personal, dejas de debatir cuestiones importantes y pasas a discutir chuletones, carriles bici o si traer hijos al mundo es ético. Un ejemplo fue el sainete en torno a la carne cuando Alberto Garzón abrió ese frente y el debate acabó reducido al «chuletón» de Sánchez. Todo eso da titulares, pero empobrece la conversación.
Lo peor es que genera dos efectos políticos dañinos. Primero, fatiga social: la gente siente que la examinan moralmente todo el rato, como a un pecador al que disciplinar. Segundo, descrédito técnico: si el discurso climático se asocia a gestos superficiales, muchos ciudadanos acaban pensando que es más pose que política pública. Es una infantilización del debate.
–¿Por qué creen que las políticas climáticas han priorizado tanto la mitigación frente a la adaptación, y qué riesgos tiene ese desequilibrio?
–T.T.: Porque la mitigación regala épica y la adaptación exige trabajo. La primera permite cumbres, declaraciones y titulares; la segunda obliga a limpiar barrancos, renovar tuberías, digitalizar redes de agua, rediseñar seguros agrarios y reforzar infraestructuras anti-dana. Políticamente, una vende mucho mejor que la otra.
Pero en un país como España ese desequilibrio es peligroso. España es especialmente vulnerable por su clima, litoral, estrés hídrico y estructura productiva. La adaptación es una obligación patriótica, pero se ha tratado con desdén porque suena a aceptar límites: aunque España lidere la transición, no puede frenar sola el calentamiento global, marcado por países como India y China. Si se sigue relegando, quedarán desprotegidos la agricultura, el turismo y la seguridad civil, confiando en un voluntarismo exterior que no controlamos.
–¿Cómo se puede diseñar un sistema de incentivos eficaz sin que termine beneficiando a grandes empresas frente a ciudadanos?
–L.Q.: La clave es no confundir «incentivo» con «cheque en blanco». Un sistema serio debe ser competitivo, transparente, temporal y medible. Competitivo: ayudas por concurrencia y resultados, no por cercanía al poder. Medible: cada euro evaluado en emisiones evitadas, ahorro o inversión. Temporal: si no caduca, se convierte en renta cautiva. Y transparente: si el ciudadano no entiende quién recibe qué, desconfía.
La izquierda consiguió apropiarse del tema climático y empujó a la derecha a una posición incómoda
El libro ofrece ejemplos claros. El tapón unido a la botella generó rechazo porque impone una molestia sin retorno visible; en cambio, el sistema alemán de depósito-retorno funciona mejor porque convierte al consumidor en aliado y recupera cerca del 98 % de los envases. Cuando el incentivo preserva la libertad de elección y hace visible el beneficio, crece la aceptación social. Para que no gane solo la gran empresa, parte de la renta debe volver al ciudadano: menos factura, dividendos climáticos, avales y apoyo a hogares y pymes. Si no, el sistema será eficiente en papel e inviable en la calle.
–¿Es realmente posible despolitizar el debate climático?
–T.T.: Despolitizarlo por completo, no. Destribalizarlo, sí. No tiene sentido fingir que el clima dejará de ser político, porque afecta a impuestos, regulación, territorio, industria, modelo energético y prioridades presupuestarias. La cuestión es si seguirá siendo una guerra cultural o si puede convertirse en una competencia entre soluciones. No hace falta que izquierda y derecha compartan la misma filosofía del mundo para convenir una expansión de redes, una reforma tarifaria del agua o un esquema razonable de bonos climáticos. Un debate climático sano requiere precisamente voces distintas: una más proclive al intervencionismo estatal, otra más confiada en el mercado; una más igualitarista, otra más atenta a la libertad y al arraigo. El error ha sido intentar borrar la discrepancia o moralizarla. Lo sensato es asumir que habrá desacuerdos, pero obligarlos a expresarse en términos verificables. Y con eso ya habríamos ganado bastante.
–¿Están los partidos de derechas en España prestando la suficiente atención a los asuntos climáticos?
–T.T.: La experiencia española desmonta el tópico de que la derecha sólo haya sido hostil o indiferente. El PP creó el Ministerio de Medio Ambiente en 1996, firmó Kioto en 1997, puso en pie la Oficina Española de Cambio Climático en 2001 y dejó preparado en 2018 un anteproyecto de ley climática. No es poca cosa. Pero una cosa es haber tomado decisiones relevantes y otra muy distinta haber articulado un relato políticamente inteligible y dominante. Ahí había ganado la izquierda. Consiguió apropiarse del tema climático y empujó a la derecha a una posición incómoda: la timidez, la reacción o, en algunos casos, el silencio.
Pero ese marco empieza a desgastarse. Se percibe un hartazgo creciente con un ecologismo de tono sermoneador e intervencionista. El péndulo ha cambiado de sentido. La derecha debe aprovecharlo para convertir su intuición pragmática en narrativa ganadora: explicar que hay un ecologismo de incentivos, de libertad, de seguridad de suministro y de prosperidad. La oportunidad política es enorme.
–Es entre los votantes de Vox donde se encuentra un mayor número de negacionistas climáticos. ¿Qué les dirían?
–L.Q.: Que están regalando un asunto estratégico al adversario. El hartazgo con la moralina verde es comprensible, pero una cosa es desconfiar del paquete ideológico de la izquierda y otra negar un problema físico. Al hacerlo no debilitas al adversario: le entregas la solución contra tus propios intereses. España tiene una ventaja clara: 2.800 horas de sol al año y amplio territorio. Eso debería interesar a cualquier votante de derechas preocupado por soberanía, factura o fortaleza nacional. La transición energética no es una concesión sentimental, sino una estrategia racional para un país importador de hidrocarburos. Negarlo porque Greta dispara o porque ciertas ONG irritan es como negar la utilidad de la policía por rechazo a un ministro. No confundamos propaganda sectaria con la realidad. Un votante de Vox puede defender campo, industria y nación sin caer en el negacionismo.
–T.T.: No hay confundir crítica del discurso dominante con la negación de la realidad científica. Margaret Thatcher es una figura útil aquí: en 1989 advirtió en la ONU sobre el problema climático desde una lógica de custodia y responsabilidad; años después en 2003 alertó contra el riesgo de convertirlo en excusa para un «socialismo supranacional». Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez: rechazar la apropiación ideológica de la cuestión climática sin negar el fenómeno. Esa distinción me parece crucial.
–¿Qué tendría que ocurrir para que ese ecologismo liberal-conservador gane espacio real?
–L.Q.: Necesita un programa reconocible: energía barata y segura, adaptación, agua, red, industria, incentivos, dividendos visibles y respeto al territorio. Lo material es clave: las propuestas deben dar resultados tangibles. El lector medio no abrazará una «tercera vía» por ideología, sino si baja la factura, llegan inversiones, hay oportunidades industriales, el campo participa de la renta y la transición no implica empobrecimiento. Esa es la oportunidad de un ecologismo liberal-conservador. Hay espacio para una agenda verde sin maximalismo ni negación. Si se asocia a prosperidad compartida y no a penitencia, tendrá éxito.
–T.T.: El debate climático está dominado por dos registros estériles: apocalipsis y burla. Un ecologismo liberal-conservador solo prosperará si introduce un tercer tono: continuidad, custodia y adultez. Exige recuperar una imaginación pública como la de figuras como Rodríguez de la Fuente: amar la naturaleza sin ideología de partido, hablar del campo sin folclore y pensar el futuro como herencia mejorada. También hará falta asumir algo sencillo: el clima no necesita ni beatos ni cínicos, sino mayorías. El libro concluye que la derecha está llamada a liderar un pacto social transversal para el medio ambiente.