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Desde que empezó la ola de calor en Francia el pasado 18, los franceses practican un nuevo deporte de riesgo: la búsqueda desesperada de un ventilador para tratar de combatir la ola de calor

Los franceses practican un nuevo deporte de riesgo: la búsqueda desesperada de un ventilador para tratar de combatir la ola de calorEFE

La inédita ola de calor en Francia genera un choque político a cuenta de los aires acondicionados

La discusión ha abierto una profunda brecha entre partidos y visiones ideológicas

El aire acondicionado se ha convertido en el centro de un inédito choque político en Francia en plena ola de calor, con temperaturas extremas que han llevado al país a registrar la noche más cálida desde que existen mediciones nacionales en 1947. La media mínima se situó en 21,6 grados, un dato que ha reavivado el debate sobre si la «clim», como se la conoce popularmente, es una solución imprescindible para proteger a la población o una herramienta que agrava el problema climático en las ciudades.

La discusión ha abierto una profunda brecha entre partidos y visiones ideológicas. Desde la izquierda, La Francia Insumisa (LFI), liderada por Jean-Luc Mélenchon, sostiene que el aire acondicionado incrementa el consumo energético y expulsa calor al exterior, lo que contribuye a elevar las temperaturas urbanas. Su propuesta pasa por reforzar el aislamiento térmico de los edificios y apostar por redes de frío urbano, un sistema que funciona de forma similar a la calefacción central, pero en sentido inverso, mediante tuberías refrigeradas alimentadas por fuentes naturales como ríos. Esta tecnología, aunque poco conocida, ya se aplica en alrededor de 1.500 edificios en el país.

En el extremo opuesto se sitúa la ultraderecha de Marine Le Pen y la Agrupación Nacional (RN), que defiende la instalación masiva de aire acondicionado como respuesta urgente al calor extremo. Su plan, valorado en unos 20.000 millones de euros, contempla la instalación de unos 20 millones de equipos en todo el país, incluidos colegios, hospitales y residencias de mayores. Le Pen ha llegado a afirmar que «es absurdo dejar que las personas se mueran de calor», en un contexto en el que su candidatura presidencial de 2027 sigue pendiente de resolución judicial por un caso de presunta malversación.

El debate también ha llegado a los gobiernos locales. En París, donde el asfalto intensifica el efecto de las altas temperaturas, algunas escuelas han alcanzado los 35 grados. El Ayuntamiento ha anunciado la instalación de 1.200 aparatos en unos 600 centros educativos como medida temporal, pese a que el alcalde socialista Emmanuel Grégoire mantiene reservas sobre el uso generalizado del aire acondicionado. Los ecologistas, por su parte, han matizado su postura y reconocen que en determinados espacios, como hospitales o escuelas, puede resultar imprescindible, al tiempo que proponen medidas laborales como cinco días de descanso adicionales durante las olas de calor.

El Gobierno de Emmanuel Macron intenta equilibrar posiciones. Desde el Ministerio de Transición Ecológica se insiste en que el debate no debe plantearse como una elección absoluta entre a favor o en contra, sino como parte de una estrategia más amplia de adaptación al cambio climático. Mientras tanto, el malestar ciudadano crece en medio de las altas temperaturas y la sensación de incertidumbre sobre qué modelo es más eficaz.

En este contexto, el diputado ultraderechista Matthias Renault ha denunciado lo que considera un exceso de «dogmatismo» en el debate político, asegurando que «la mitad de los franceses se sienten culpables por poner el aire acondicionado», reflejando así una sociedad dividida entre la necesidad inmediata de aliviar el calor y la preocupación por su impacto ambiental a largo plazo.

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