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Imagen de la mesa redondaEl Debate

Gijón debate cómo devolver espacio a la naturaleza para afrontar el cambio climático: «En Asturias hemos perdido alrededor del 90% de los bosques submarinos»

Los participantes en la mesa redonda «Cómo devolver espacio a la naturaleza para construir ciudades costeras más resilientes» coinciden en el Wild Oceans FilmFest en que la adaptación ya no es opcional y en que «lo que no se conoce, no se protege»

El Wild Oceans FilmFest (WOFF) dedicó una mesa redonda a una pregunta que afecta de lleno a las ciudades costeras españolas: cómo reconciliar el desarrollo urbano con la naturaleza para que las urbes costeras resistan mejor el cambio climático. Bajo el título «Cómo devolver espacio a la naturaleza para construir ciudades costeras más resilientes», participaron Alejandro Navazas, doctor en Biología y director general de Medio Ambiente y Sostenibilidad del Ayuntamiento de Gijón; José Manuel Rico, catedrático de Ecología de la Universidad de Oviedo y director de su Cátedra de Cambio Climático; y Nuria Rodríguez López, Directora General de Participación Ciudadana, Transparencia, Diversidad Sexual y LGTBI y Agenda 2030 en funciones del Principado de Asturias. La arquitecta Marlén López, especialista en biomímesis, moderó el debate.

Un «incendio sin fuego» bajo el mar

Rico abrió con un diagnóstico contundente. La costa asturiana, precisó, no es de las más transformadas en España por la actividad humana, pero sí ha sufrido un cambio profundo por el aumento de la temperatura del agua. Los bosques de laminarias, que dominaban el paisaje submarino desde Cabo Peñas hacia el oeste y llegaban hasta Gijón, han desaparecido casi por completo. «Hemos perdido alrededor del 90% de esos bosques y de todo lo que vive en ellos», afirmó.

El catedrático recordó que el botánico Faustino Miranda describió en los años veinte un paisaje costero gijonés que hoy ya no existe, en parte por la transformación urbana y portuaria. Citó además una analogía que había escuchado días antes al oceanógrafo Carlos Duarte en la Facultad de Biología. Si un bosque ardiendo es la perturbación más visible en tierra, el blanqueamiento de los corales es «un incendio bajo el agua y sin fuego», y lo ocurrido con las laminarias asturianas sería lo mismo. Las consecuencias alcanzan a la pesca y el marisqueo. El santiaguín, el bogavante, la langosta y el oricio, asociados a ese hábitat, están en práctica desaparición.

Rico advirtió de que adaptarse al cambio climático tiene costes y de que hay que decirlo con claridad. Con el grado y medio de calentamiento del Acuerdo de París ya alcanzado este año, explicó, el último informe del IPCC dedica sus esfuerzos sobre todo a la adaptación. Incluso en el escenario más optimista, la temperatura no volvería por debajo de ese umbral hasta alrededor de 2070. Al ritmo actual, la previsión apunta a entre tres y tres grados y medio, un territorio en el que los modelos climáticos no logran predecir con fiabilidad. «No es un mensaje catastrofista, es un mensaje realista», sostuvo. Añadió que, aunque se dejara de emitir CO₂ por completo, algo que calificó de impracticable, harían falta 25 o 30 años para recuperar los niveles previos.

El investigador planteó también un matiz sobre el propio título de la mesa. A su juicio, hablar de recuperar la naturaleza a partir de construir ciudad resulta «una contradicción en los términos» y se acerca más a una idea de deconstrucción. Defendió que la conservación funciona mejor cuando protege sistemas completos y no solo especies carismáticas. Puso como ejemplo que proteger a la ballena exige cuidar el krill y las redes tróficas de las que depende, incluidas unas bacterias que nadie querría poner en un cartel. Reconoció, además, que la comunidad científica debe comunicar mejor lo que investiga.

Un valor intangible: el horizonte de San Lorenzo

Para ilustrar el vínculo entre ciudadanía y entorno, Rico recordó cómo en los años noventa el proyecto de ampliación del puerto de Gijón recibió más de 2.000 alegaciones. La mayoría no hablaba de fauna ni de flora, sino del impacto paisajístico: muchos gijoneses consideraban la vista del horizonte desde la playa de San Lorenzo un patrimonio al que no estaban dispuestos a renunciar. Un ejemplo, dijo, de que la relación con el mar se construye también con valores intangibles.

El catedrático añadió una advertencia de alcance global. Pidió no olvidar que los países con menos recursos afrontan el cambio climático con otras urgencias, como el hambre o las inundaciones del monzón, y que una adaptación que solo piense en el modelo occidental queda incompleta. Mencionó el plástico acumulado en cinco grandes giros oceánicos y anticipó que la evolución prevista de El Niño tendrá en 2027 efectos a escala planetaria.

Del río Piles a la plaza: naturalizar la ciudad

Navazas reconoció una asignatura pendiente en el mar. La calidad de las aguas de baño, dijo, se evalúa solo con indicadores microbiológicos, algo «contradictorio» con una pérdida de biodiversidad como la descrita por Rico. Defendió que la administración haga más en ciencia ciudadana y en «estructuras generadoras de vida», y que trabaje de forma proactiva con el Acuario, el CSIC, el Instituto Español de Oceanografía y la Universidad de Oviedo ante amenazas emergentes como la carabela portuguesa, cada vez más frecuente, y un alga parda invasora de origen asiático.

En tierra, el director general repasó los proyectos que han cambiado el aspecto de la ciudad. Recordó que el actual Parque Isabel la Católica fue en su día un humedal que amortiguaba las crecidas, y que el proyecto europeo Piles Natural eliminó barreras artificiales, amplió el cauce y revegetó las riberas del río. Las obras han terminado, pero la naturaleza necesita tiempo. La calidad del agua ha mejorado, explicó, aunque queda mucho por hacer.

Gijón Ecoresiliente, con unos tres millones de euros, repartió sus actuaciones entre tres barrios muy distintos: La Calzada, Moreda y Viesques. En lugar de concentrar la inversión en una única obra emblemática, se permeabilizaron calles, se dio más espacio a árboles ya plantados mediante microcirugía arbórea y se instalaron sistemas de drenaje sostenible para retener el agua de lluvia. Esa agua se reutilizó, con bombeo solar, durante el verano, cuando por primera vez hubo que cerrar el grifo del riego de jardines a finales de agosto. Navazas explicó que el reto de la ciudad es físico: tras el boom de los años sesenta se creció en altura, con calles tan estrechas que no cumplen las distancias mínimas a fachada necesarias para plantar un árbol. Por eso, añadió, hay que ser «creativos» y tratar la naturaleza «no como adorno, sino como una infraestructura más». La hoja de ruta es el Plan Director de Naturalización Urbana, aprobado hace un año.

El caso de la plaza de La Habana le sirvió para ilustrar la dificultad de cambiar hábitos. Allí se sustituyeron grandes viales por más diversidad vegetal y drenaje sostenible, y se conectó con el parque contiguo mediante un corredor verde. Pese a ello, relató, algunos vecinos reclamaron sobre todo aparcamiento y un paso de peatones.

Gaviotas, perros y basura: una ciudad multiespecie

Una parte importante de su intervención giró en torno a la convivencia con otras especies. Navazas animó a atraer vencejos y murciélagos a la ciudad, porque su presencia supone menos mosquitos, y se mostró preocupado por la imagen de las gaviotas. Según dijo, su población en Gijón ha caído alrededor de un 30%, aunque la percepción social las considera una molestia. Recordó que son carroñeras muy eficaces y que su proliferación se debe en buena medida a los residuos mal gestionados. Citó asimismo el elevado número de perros, ya que Gijón es la tercera ciudad española con más ejemplares, y pidió civismo para no presionar con ellos a la fauna de ríos y playas.

Defendió también que el medio ambiente es «una inversión en salud» y que la divulgación debe llegar a los barrios, no solo al centro. Preguntó a los asistentes si conocían Piles Natural o Gijón Ecoresiliente, y concluyó que lo que no se conoce no se protege. Sobre la mitigación, subrayó que las competencias municipales se limitan a medidas como el transporte público, los carriles bici o el reciclaje. Pidió cumplir con la separación de residuos, recordó que en una calle media hay varias estaciones de recogida selectiva y puso en duda los rankings de «ciudades agradables para vivir» cuando no miden la biodiversidad.

La mirada ciudadana: deconstruir, plantar, aprender de lo natural

Rodríguez López aportó la perspectiva de la relación entre las personas y el entorno. Recordó que en los años ochenta apenas se respetaba el medio, y que en los noventa creció la conciencia cuando los vertidos a los ríos empezaron a causar problemas de salud. Sostuvo que los efectos del cambio climático no son algo que sufrirán las generaciones futuras, porque ya se notan: «ya no hay santiaguinos». Señaló un efecto social visible, el de personas que se trasladan a Asturias o más al norte porque los veranos del centro y el sur peninsular resultan cada vez más duros.

Hizo suyo el concepto de deconstrucción. Donde se necesita permeabilidad, dijo, habrá que levantar el pavimento, plantar árboles y bajar la temperatura de las ciudades. Defendió además investigar más las soluciones que ya existen en el ámbito natural, en lugar de acudir siempre a la solución artificial, y apeló a la responsabilidad individual y a trabajar colectivamente con los vecinos.

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