La caza bajo sospecha: historia crítica de su legitimidad
Ortega y Gasset, el conde de Yebes, Pedro Pidal o Aldo Leopold no se limitan a defender la práctica de la caza: la elevan a una categoría cultural y patrimonial. Insisten en que cazar no es solo abatir una pieza, sino asumir una responsabilidad frente al medio, al conocimiento y al límite
Un cazador apunta con su arma
La ética, escribió Aldo Leopold, «es la extensión de los límites del comportamiento aceptable, desde el individuo al todo: suelo, agua, fauna, paisaje». Pero ¿qué ocurre cuando esos límites se desplazan no por convicción, sino por presión social, impostura mediática o sentimentalismo programado? En una sociedad que ha externalizado casi todo —conciencia incluida—, la ética deviene en escaparate. En el caso de la caza, en sospecha. Lo que durante milenios fue práctica, rito o derecho, hoy debe pasar por el filtro de una sensibilidad volátil. La pregunta no es ya qué se hace, sino cómo se narra. O peor: cómo es percibido.
Quizá lo más honesto sea admitir que la ética venatoria nunca fue universal ni estable. Ha transmutado entre justificación, ornamento, privilegio y coartada. Sirvió a chamanes y a clérigos, a señores feudales y a ilustrados, a revolucionarios y burócratas. Y sin embargo, cuando no se imposta, sigue cumpliendo una función decisiva: dotar de dignidad a un derecho que, mal ejercido, puede rozar la brutalidad. La ética establece un límite invisible entre la necesidad y la soberbia, entre la pericia y la prepotencia, entre el respeto y la impostura.
El cazador forma parte del ciclo natural; lo transita, no lo cuestiona
Desde el Paleolítico, la caza ha sido connatural a nuestra evolución como especie. Entonces fue necesidad y rito: se cazaba para subsistir, y se agradecía lo cazado. No existía una moral en sentido moderno, pero sí un equilibrio implícito. El exceso era impensable no por ética, sino por lógica vital: derrochar era morir. El cazador forma parte del ciclo natural; lo transita, no lo cuestiona.
Con la Grecia clásica, la caza entra en el territorio del pensamiento. Jenofonte la vincula a la virtud y la disciplina, Platón alerta contra el ocio degenerado, Aristóteles busca una lógica del dominio. La ética aparece ya como medida racional del acto cinegético, como forma de educar al ciudadano y civilizar el instinto. Es el inicio de una conciencia venatoria que trasciende el acto físico y comienza a profundizar en su sentido.
En la Edad Media, esa conciencia se feudaliza. La caza pasa a ser privilegio de reyes y nobles. Se dictan reglas, pero no universales: son mandamientos de clase. El cazador legítimo es quien ostenta poder, no quien conoce la pieza o respeta el monte. Surgen códigos de honor, sí, pero al servicio del rango, no de la moral o el interés común. La moral se jerarquiza, y con ella la legitimidad.
El Renacimiento y la Ilustración aportan nuevas miradas. Se sistematiza el saber cinegético, se observa la naturaleza con interés científico, se introduce la noción de mesura. La caza empieza a legitimarse también por el conocimiento de las especies y los ciclos naturales. Pero es la Revolución Francesa la que rompe el paradigma: la caza ya no es monopolio, sino derecho. La democratización trae libertad… y caos. La ética se legisla, pero no se interioriza, bailando al son de la guillotina. Y en ese vacío, la caza pierde parte del rigor que antes imponían linaje o estudio.
El siglo XX propone un rescate. Ortega y Gasset, el conde de Yebes, Pedro Pidal o Aldo Leopold no se limitan a defender su práctica: la elevan a una categoría cultural y patrimonial. Insisten en que cazar no es solo abatir una pieza, sino asumir una responsabilidad frente al medio, al conocimiento y al límite. Ortega resume la intensidad del acto: «la caza exige el uso concertado de todos los sentidos y facultades». El disparo no es el final, sino la consecuencia de una conciencia.
Pero mientras ellos escriben, la presión mediática crece. Brigitte Bardot «con su abrigo de foca ensangrentado» marca un antes y un después. No necesitó tratados ni ética ecológica: bastó una imagen para instaurar el anatema. La sensibilidad animalista, antes marginal, encontró en su fotogenia un púlpito global. Focas, ballenas, elefantes: los iconos sustituyeron a los argumentos. La emoción suplantó a la razón. Y el cazador, de repente, se vio señalado por el dedo acusador del papel cuché.
En el siglo XXI, la ética venatoria se enfrenta a su mayor paradoja: cuanto más se justifica en desnaturalizados protocolos, e impostadas campañas, políticamente correctas, más se vacía de sentido. La ética se confunde con la estética. El cazador se ve forzado a contorsiones retóricas: debe explicar, justificar, pedir perdón preventivo. Ha pasado de actor a reo, y la presunción de inocencia ha sido sustituida por el garrote. Las redes sociales, soberbias herramientas de divulgación, se convierten en vitrinas de impostura, donde lo que no se comparte no existe, y lo que se comparte debe encajar en el discurso del gurú de turno. El selfi ha sustituido al diario de campo; el jastag, al conocimiento.
El debate, cambia sus reglas a las que marca la ventana de Overton, esa franja estrecha de lo que puede decirse sin ser condenado. Lo que ayer era respetable, hoy es sospechoso. Lo que hoy se tolera, mañana será delito. La caza, dentro de esa ventana, se estrecha hasta lo intangible. Ya no es necesario hacerlo bien: hay que parecerlo y hacerlo público.
Mientras tanto, el síndrome de Dunning-Kruger campa a sus anchas. Quienes menos saben, más opinan. Y lo hacen desde una superioridad moral impostada, cimentada sobre eslóganes, likes y consignas. Se sustituye la reflexión meditada por una opinión vacua, el sentimiento de pertenencia por una conciencia de clase artificial, y la experiencia por la urgencia de figurar. La ética se convierte en mercancía performativa marcada por el algoritmo.
Y sin embargo, aún quedan quienes pisan el campo sin necesidad de testigos. No deben nada a la moda ni requieren su aprobación. Ni presumen, ni pontifican; pero su silencio vale más que mil editoriales. Porque «la caza no es solo lo que se hace en el monte: es también lo que el hombre lleva dentro cuando por el camina».
Laureano de Las Cuevas Álvarez es un cazador que, ni miente ni se arrepiente…