El cuarto de fieras

Era la estancia más fascinante de la maravillosa casa de mis primos en Jerez. Allí pasamos los veranos de nuestra aturullada adolescencia. Los trofeos colgaban imponentes y misteriosos, recordando unas aventuras de aquella remota caza salvaje llena de peligro en mundos remotos y poco explorados

Trofeos de caza de osos polares

Trofeos de caza de osos polaresCedida por el autor

Queridos incautos: Isabel II a mediados del XIX hizo marqués del Mérito a un López de Carrizosa. Vástago de una de las familias que en el medievo reconquistaron Jerez de la Frontera. Quien luego fuera reputado bodeguero era antepasado de mis primos.

Los Mérito y los Santoña-Teba están muy imbricados familiarmente. Su hija Angelita casaría con «Memel» duque de Santoña, hermanastro mayor de mi abuelo Teba. De sus otros dos hijos, «Peps» Mérito tuvo una hija única casada con un belga, y Ricardo luego, duque de Algeciras, tuvo también un único hijo, mi tío Dicky, que casaría con mi guapísima tía Sonia, hermana de mi madre, y unos segundos padres para mí.

Peps y Ricardo fueron los primeros españoles en él ultrabritánico Eaton College, el más reputado internado del mundo. De Allí trajeron imbuida la impronta flemática de las gentes de la isla, algo de excentricidad, la pasión por los deportes y sobre todo por las aventuras, a poder ser extremas. Eran las postrimerías imperiales británicas.

Apasionados por la caza, tenían todo un emporio. En Córdoba, la mítica finca de montería «la Baja». Pero vivían en su maravilloso monasterio de San Jerónimo, construido en 1405 con las ruinas de la mítica Medina Azahara, la capital de los omeya de Abderramán III que sería arrasada por los bereberes en 1009. Moros contra moros.

Trofeos de caza

Trofeos de cazaCedida por el autor

En Sierra Morena tenían «el Risquillo» y «el Panizar». Donde maté mi primer venado y donde hicieron novio a mi abuelo.

Mucho me sorprendieron allí unas torretas de luz con unos cables que tenían tentadoras bolas metálicas del tamaño de un balón de fútbol. Una insolente provocación para que las pegáramos un tiro. Eran para que Peps aterrizara allí con su avioneta de los años 20, habiendo despegado desde San Jerónimo.

Para cazar acuáticas, en los alrededores de Jerez, tenían arrendadas lagunas, pero sobre todo en Doñana «las Nuevas». Las fotos más pintorescas eran sus expediciones a Sierra Morena. En unos enormes coches descapotables llenos de fardos como los de los moros hoy, donde solo llegar era una auténtica aventura. Cazaban cabras en las cumbres a modo de Safari, durmiendo en tiendas de campaña y vestidos con pantalón corto y salacoff.

Nada nuevo. Habían ido en 1925 los dos hermanos a un safari en Mozambique con carretas y gran parafernalia de mula y gentes. Era como las películas de Tarzán. Ricardo volvería de Safari en 1929 en su viaje de novios por el Nilo, cazando, desde el barco.

Lo más impresionante fue su safari al Polo. Un valenciano vino a proponer al viejo Mérito tan exótica expedición. Más que una aventura era una locura. Sin dudarlo el joven Ricardo se apuntó con otros tres tipos a quienes no conocía de nada.

En la casa de Jerez nos pasábamos la vida en aquel cuarto impresionante de techos altísimos. Al fondo estaba el armero, lleno de joyas. Rifles rigby, escopetas que se abrían por el guardamontes, todas perfectamente engrasadas y que mirábamos extasiados cuando ayudábamos a tío Dicky a limpiarlas. Jugábamos al ping-pong sobrecogidos, rodeados de antílopes, cuernos de rinoceronte, leones, unos colmillos de elefante que sujetan aquel gong, que nos pelábamos para tocar para avisar que la comida estaba servida. Pero, sobre todo, lo más aparatoso: la descomunal morsa y demás animales del safari al Polo.

Ricardo nos contaba encantado de aquella aventura en un rompehielos, con un frío tan helador que se congelaba todo. Hasta los líquidos que desechaban los cuerpos.

¿Y qué pasaba si fallabas? Con pícara sonrisa decía: yo nunca fallé. Por eso estoy aquí

Los osos polares jamás habían visto un ser humano, y desde la distancia, creían que eran focas. Los provocaban agitando las chaquetas, y les cargaban a todo galope. Todo era blanco y solo se distinguía el hocico negro. Apuntaba un poco más abajo, y tiraba ¿Y qué pasaba si fallabas? Con pícara sonrisa decía: yo nunca fallé. Por eso estoy aquí.

Trofeos de caza

Trofeos de cazaCedida por el autor

Había uno que era malísimo. No quedaba otra que tirar a la vez, y felicitarle piadosamente por su miserable puntería. Los inmensos osos polares estaban disecados regular. Vamos… fatal. Y encima estaban apolillados. Tío Dicky decidió sacarles los cráneos y nos dejó volver a «cazarlos» en nuestra máxima felicidad. Y él el primero. Nunca dejó de ser un adorable niño travieso. Cuando los destrozamos comprobamos que estaban rellenos de periódicos ingleses antiguos.

Eso hizo las delicias de «Miss Winefred» la excéntrica nannie australiana de mis primos. Enloqueció leyendo noticias donde salían los festejos y ecos de sociedad de sus mayores. Simpática y menuda, a sus largos 60 años. Siempre reía y hacía bromas. Campeona de bádminton, tanfeísima como adorable. «Poor little James» decía mientras me curaba la brecha que me hizo mi prima con una raqueta de ping-pong, discutiendo si la pelota valía o no. Me ponía amorosamente un líquido rosa pringoso que escocía mucho en la cabeza. Cuando llegó tía Sonia comprobó con horror que era para aliviar las picaduras de los mosquitos.

No teníamos muchas visitas. Pero cuando llegaba alguno nuevo era una gozada ver la cara de sorpresa entre el azoramiento y el temor, por todos esos bichos colgados, de los que conocíamos sus historias. Parecía que iba a aparecer Tarzan en cualquier momento. Y nosotros éramos sus amigos.

Tío Dicky publicó «Duque de Algeciras. Expediciones africanas y árticas», los diarios de caza de su padre Ricardo que eran modernísimos pues tenían adjunto un vídeo VHS con las películas que tomó en su viaje de novios. Se percibe el África profunda donde apenas habían llegado los blancos.

Aquel cuarto era el testimonio de aquellas épocas donde los safaris eran durísimas aventuras que medían el temple y el coraje de cazadores admirables.

  • El conde de Teba, Jaime Patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero

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