Jambo (Yám-bo, saludo Swahili)

Jambo no «rumia nostalgias de cazador, olor a tierra húmeda, hierba verde y rastro fresco de animales» ni «corre con la imaginación y la memoria genética por un bosque embarrado, bajo la lluvia» como Sherlock, el desubicado perro de Pérez-Reverte con el que veía las series de televisión tumbado a su lado en el sofá

Jambo junto a un trofeo de caza

Jambo junto a un trofeo de cazaCedida

Pasos quedos y acompasados traquetean el suelo de madera, dirigiendo su cadencioso ritmo hacia mi mesa de trabajo. Una cabeza oscura de gesto amable y ojos avellana posa suavemente su férrea mandíbula sobre mi pierna izquierda buscando ese mimo fugaz tras el que satisfecho, se arrebuja a mis pies a soñar sabe Dios con qué. Mientras escribo estas líneas, vigila mis gestos con el rabillo del ojo el más leal compañero de andanzas, el mejor de los sanchos, cuadrúpedo confidente de este alunado quijote habitual de recorrer trochas y barrancos. Sendas imposibles en pos de una libertad que se niega a abandonar. Ni siquiera con los pies por delante, pues cuando llegue ese día, espero que el gran espíritu tenga reservado para mí, un hermoso territorio de caza.

Jambo llegó a nuestras vidas hace poco más de un lustro. Con apenas dos meses, su pequeño cuerpo se desparramaba sin caer sobre la palma de la mano. El viejo Trasto, un Teckel color jabalí ya encanecido por los años, no recibió mal al novato, su tamaño y laxitud, no suponían una amenaza. O por lo menos eso debió pensar en un principio, desgraciadamente, el viejo Trasto, como otros lo hicieron antes, Tronca, Jonás, Tarro, Chopo… nos dejó a los pocos meses, habiéndonos regalado lo mejor que nadie puede dar, su vida entera. Una vida de trabajo, compañía, lealtad y algún que otro cabreo. Una vida mal pagada, para quien lo da todo sin exigir nada; bueno, esa fugaz caricia y un cojín en una esquina caliente de la casa. Curiosamente, ni Trasto ni sus predecesores, pidieron nunca un contrato, ni trataron de sindicarse, pese a ser fabulosas herramientas de trabajo.

El culpable de que Jambo se haya hecho pieza fundamental en las andanzas de este junta letras no podía ser otro que mi gran amigo Chema. Chemari siempre tiene la culpa de todo, o por lo menos eso dice él. Aunque en honor a la verdad, en este caso solo tiene la culpa de juntarse con «golfos». El «Golfo» que nos ocupa, es un soberbio Sabueso de Baviera, del que me quedé prendado hace algunos años cazando sarrios con Chema y Gonzalito en Pirineos. La estampa, la clase y las maneras de ese perro me cautivaron. Tanto es así que, después de muchas jornadas de caza juntos y a la primera ocasión que tuve de hacerme con un buen ejemplar de Sabueso de Baviera, no lo dudé.

Jambo junto a un venado

Jambo junto a un venadoCedida

Jambo es fruto de la casualidad; hijo de Mambo y de India, y hermanastro de Tango, Golfo y ahora de Tembo. Linaje que no tendría mayor importancia, si entre sus dueños no existiese una conexión previa que desconocía: una vieja relación de amistad.

Fue Lucía, propietaria de Tango e hija de Pedro Luis, con quien comparto madrina en el Real Club de Monteros, mi querida Carmen, quien me puso en contacto con Rafa, dueño de Mambo, a quien aún no conocía, y que había cruzado su perro con India. Meses más tarde descubrí que India pertenecía a Silvia y a Luis, a quien había perdido el rastro años atrás y con quien, junto a su padre, compartimos muchas e inolvidables jornadas monteras, cuando Juanjo tenía Navalpino, disfrutando de las migas de Benito.

Quién podría pensar que un perro daría lugar a tan endogámico guirigay.

Haciendo aquello para lo que fue creado, no dejar una sola res herida o muerta en el monte. Otorgando así a la presa un honorable y merecido final

Jambo no «rumia nostalgias de cazador, olor a tierra húmeda, hierba verde y rastro fresco de animales» ni «corre con la imaginación y la memoria genética por un bosque embarrado, bajo la lluvia» como Sherlock, el desubicado perro de Pérez-Reverte con el que veía las series de televisión tumbado a su lado en el sofá. Jambo conoce los recovecos del monte, distingue el olor de las reses, y se lanza sobre la pista en el anschuss como kamikaze al grito de ¡banzai!, como el poseso que no tiene nada que perder, excepto la honra. Haciendo el disfrute de propios y extraños, entrando una y mil veces en la maraña y el zarzalón, cruzando cauces y canchales que cortan como cuchillas, las que hagan falta hasta cumplir el sacrosanto mandato del buen cazador. Haciendo aquello para lo que fue creado, no dejar una sola res herida o muerta en el monte. Otorgando así a la presa un honorable y merecido final.

Fotografía de Jambo de cachorro

Fotografía de Jambo de cachorroCedida

Jambo no necesita imaginar los olores del monte ni el golpear de la lluvia, cuando, de vuelta a casa, reposa en su mullido colchón en la habitación de mi hija María, quien, por cierto, le malcría.

Jambo es un tipo afortunado, le quedan por delante incontables jornadas, monteras, infinitos recechos, berreas, roncas, esperas. Relajados paseos por esos montes de Dios cuya inconmensurable belleza, solo el de arriba en su infinita sabiduría, pudo crear. Y algún día, le llegará el turno de campear al lado de alguno de sus retoños, su relevo.

Cuando conseguimos juntar los cuatro rayos de sol que nos permiten no pelarnos de frío en este desapacible invierno, nos enredamos en rastros artificiales, disfrutando como enanos entre robles y retamas donde el cervuno encama y el cochino jabalí «jinca» sus fauces en busca del gusarapeo del aperitivo.

Ver volar al cara negra con la trufa pegada al suelo, esquivando cada trampa, cada embuste perversamente colocado para desviarle de su objetivo, y llegar finalmente a él… es casi un arrebato místico, con perdón.

Mientras tanto, desde grises despachos bajo cuyo cielo rezuman estalactitas de odio, rencor e ignorancia, tristes figuras fabrican, en nombre de quien no se lo ha pedido, espurios discursos de confrontación, confundiendo las sombras proyectadas en la pared con la realidad misma.

Por favor señores animalistas, sigan ustedes disfrutando de sus multimillonarias subvenciones y hagan aquello que mejor saben hacer: no hagan nada. No traten de justificar sus paguitas, no hace falta, de verdad. Céntrense en el tan necesario uso del lenguaje inclusivo en todo lo relacionado con los animales, animalos y animalas. ¡Seguro que a Irene le hace tantísima ilusión…!

Pero por favor, no pretendan tocarnos las pelotas. Ni a Jambo, ni a mí.

  • Laureano de Las Cuevas Álvarez es miembro del Real Club de Monteros

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