Mercedes Barona
Diccionario sentimental del campoMercedes Barona

Azada

No tiene brillo ni prestigio, pero sin ella no habría huertos pequeños, ni viñas de pocas cepas, ni patatas guardadas para el invierno

Act. 02 mar. 2026 - 10:48

Azada

AzadaLorenza Calvo

Es una palabra que pesa. Que no se dice en voz alta sin que algo, dentro o fuera, se hunda un poco. Al nombrarla casi se oye el golpe sordo contra el suelo, el hierro entrando en la tierra, la respiración corta de quien lleva la mañana entera abriendo surcos. Antes de que todo se midiera y se programara, ya estaba la azada: un mango de madera, una hoja de hierro y un cuerpo dispuesto a doblarse. Tres elementos en un mismo gesto.

No tiene brillo ni prestigio, pero sin ella no habría huertos pequeños, ni viñas de pocas cepas, ni patatas guardadas para el invierno. En la azada cabe el trabajo continuo del campo, ese que no sale en las fotos. Es la herramienta que se agarra con las dos manos y no admite gestos vacíos ni componendas: o trabajas o no trabajas. Con ella se preparan bancales, se afinan acequias, se rompen las costras duras tras la lluvia, se arrancan las hierbas que ninguna máquina ve. Si el agua amenaza con llevarse el sembrado, no se piensa mucho: se coge una azada.

El mango, pulido por los años, guarda más memoria que muchos papeles. Conoce la medida de la mano del abuelo, del padre, de quien ayuda un rato cualquier tarde de verano. En invierno está frío al tacto; en agosto quema.

Una azada apoyada en la pared dice más de una casa que cualquier adorno

El hierro, oscuro y con tierra seca pegada, sabe de estaciones: barro, polvo, raíces que se resistieron. Una azada apoyada en la pared dice más de una casa que cualquier adorno: ahí hay huerta, hay oficio, hay alguien que sabe mirar el terreno… y escucharlo.

Hoy casi todo quiere hacerse grande y ruidoso. Tractores, aperos, motores donde antes había golpe, resuello y conversación con el campo. Y, sin embargo, la azada sigue esperando, arrinconada pero necesaria. Ninguna máquina entra en todos los rincones ni entiende un bancal pequeño, ninguna se agacha por una sola tomatera que se quedó atrás. Para lo minucioso, para lo cercano, para lo que pide ojo y paciencia, siempre acaba volviendo.

Hay algo moral en su gesto. Quien la empuña sabe que no hay atajos: cada palada mide el cuerpo y marca un límite, porque obliga al cuerpo a entender lo que hay bajo los pies. Enseñar a usarla, aunque sea un momento, es enseñar que nada crece solo, que detrás de cada comida hay espalda y sudor, que el campo no es un decorado, sino trabajo y vínculo.

Una azada apoyada en una pared aún nos dice que hay alguien dispuesto a hablar con la tierra a la vieja usanza: a golpes suaves, sin atajos.

  • Mercedes Barona es periodista y premio Jaime de Foxá

Temas

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas