Cristina Clemares
Recuerdos de mi niñezCristina Clemares

Tambores de libertad

Voces pidiendo prohibir a los niños ir a los toros y a la caza. Voces ignorantes

Llevando de la mano a la nueva generación de Clemares por el mismo camino que nos llevaron a nosotros. Elisa, Javier y Alejandro con sus tíos en Ituerino.

Llevando de la mano a la nueva generación de Clemares por el mismo camino que nos llevaron a nosotros. Elisa, Javier y Alejandro con sus tíos en Ituerino.Cedida por el autor

¡Vamos allá! No es solo una opinión o una creencia, es mucho más: es la verdad, aunque les irrite a esos autoproclamados abanderados de la ética entre el ser humano y el animal. Con contundencia, sin adornos ni tibieza, voy a proclamarla a los cuatro vientos hasta que el último suspiro ponga fin a mi partida por estos mundos de Dios. Sin miedo a las críticas y a los insultos, con los que me fajo doblándome con ellos si me lo permiten y si no, dándoles una larga cambiada de la mano de la indiferencia con temple y torería.

Retazos de mi niñez y la de mis hermanos, han ocupado las líneas de mis últimos cuatro artículos. El campo fue, y sigue siendo, el escenario de muchos de los momentos más felices de nuestra vida. El contacto con la naturaleza no fue tangencial, sí, una flecha que penetró en nuestros corazones imprimiéndonos carácter a la hora de entender la existencia que nos fue regalada.

Los toros y la caza fueron protagonistas principales en el devenir de aquellos años donde nuestra mayor preocupación era aprobar el curso en junio para disfrutar de un largo verano; aquellos años que mantengo nítidos en mi memoria, aunque ya hayan engullido varias décadas a su paso; aquellos años de finales del siglo XX donde la cordura y sensatez todavía era el denominador común de la sociedad. Una cordura y sensatez que nació allá en las cavernas y que ha sido sepultada con la llegada del tercer milenio, donde la vinculación con el mundo rural se ha perdido y pocos son ya los hombres que degustan el embrujo y las fatigas del campo.

Que el mundo del toro sea parte de su vida desde la niñez. Javier y Alejandro con su padre el día de su Comunión.

Que el mundo del toro sea parte de su vida desde la niñez. Javier y Alejandro con su padre el día de su Comunión.Cedida por el autor

Un tercer milenio -en el mundo desarrollado al que estamos inscritos- donde el asfalto y las prisas; el estrés y las nuevas tecnologías, no permiten al ser humano detenerse a contemplar la grandeza que se esconde al dejar atrás la circunvalación que rodea la urbe, pero que sí da cobijo a un sinsentido que cabalga a sus anchas, alimentado por hordas de individuos que solo quieren imponer su parecer, a la vez que proclaman una tolerancia brutalmente amancillada. Prohibir asistir a las corridas de toros y a cazar a los niños es solo una pequeñez respecto al verdadero problema; es solo el reflejo de una sociedad que se tambalea al son de voces llenas de sentimentalismo barato y manipulación de mentes huecas.

Se humaniza al animal al tiempo que se deshumaniza a la persona

El ser humano va directo al abismo y es deber de todos, y de cada uno, lanzar salvavidas a los náufragos, muchos de los cuales van a la deriva sin ser conscientes de ello: los ha arrastrado la ola del relativismo que gobierna, donde el bien y el mal son subjetivos, donde la tolerancia que se exige está distorsionada desde una única vertiente; donde ya no se habla de sexo, masculino o femenino, sino de un cajón desastre llamado género en el que caben seres transgéneros, no binario, agénero, género fluido, neutros; donde aparecen therians y «entes» que practican el Hobby Dogging; y lo más grave, en mi opinión: donde se humaniza al animal al tiempo que se deshumaniza a la persona.

Hace unos días, hojeando los comentarios escritos al pie de la noticia de la muerte de un ganadero corneado por un toro, me encontraba con barbaridades del tipo: «Uno menos, se lo tenía merecido»; «Más pena me da el toro que también ha muerto y era inocente», «Últimamente parece que ganan los toros ¡bien por ellos!», etc. Mientras mis pupilas descifraban esas letras llenas de odio, mi cuerpo se estremecía de pena. ¿Cómo puede el hombre alegrarse ante la desgracia de un igual?, ¿cómo se puede equiparar la vida de un animal al de un ser humano?

Y este cuadro que les he descrito con cuatro pinceladas sueltas; este lienzo pintarrajeado por urbanitas, desalmados y desconectados de la madre naturaleza, aporrea con insistencia para que se haga efectiva la norma de que a los niños no se les permita ir a los toros y a la caza. Estados u organismos internacionales quieren abusar de su poder y otorgarse a sí mismos un papel que no les corresponde: el de padres protectores.

Conquistada por la caza desde bien pequeña. Loreto paciente un día de montería.

Conquistada por la caza desde bien pequeña. Loreto paciente un día de montería.Cedida por el autor

«Proteger la integridad física y psíquica de los menores, argumentando que la exposición temprana a la violencia y el sufrimiento animal puede desensibilizarlos, afectando su empatía y bienestar emocional, al tiempo que distorsionan la percepción sobre el sufrimiento ajeno» es la parrafada con la que defienden una postura que ataca sin disimulo la libertad y con la que no puedo estar más en desacuerdo.

En nuestra niñez, no es que nadie no nos permitiera ir a una plaza de toros o a una postura donde un arma de fuego era el instrumento principal de la jornada. No, todo lo contrario. Nos alentaron a acudir a esos escenarios; se preocuparon de que nos aficionáramos a esas actividades porque en ellas vieron un bien que nos ayudaría a crecer como personas, adquiriendo virtudes que son intrínsecas a esos mundos.

No nos traumatizó. Sí nos humanizó. Se nos enseñó la diferencia entre el animal y hombre. Que la dignidad del hombre es sagrada. Que la defensa de su vida abarca desde la concepción hasta la muerte natural. Que el sufrimiento ajeno no nos puede ser indiferente. Que hay que «luchar» para que todo individuo pueda alcanzar la felicidad. Que la desgracia del otro nunca puede alegrarte, aunque sea de tu enemigo. Que a veces lo único que se puede hacer es rezar.

Y aquellos cuatro niños que hoy en día son adultos peinando canas tienen las emociones en perfecto orden. La sensibilidad es un ingrediente de sus vidas. El prójimo no les es indiferente. Son ecologistas con mayúsculas. Son conscientes de que la creación les ha sido regalada y es de justicia hacer un buen uso, que no abuso, de ella.

Simplemente nuestros padres y abuelos nos enseñaron el arte de vivir. Gracias

  • Cristina Clemares Pérez-Tabernero es licenciada en Historia, máster de dirección de Centros Educativos y premio Jaime de Foxá
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