La cacería de niños

Principios de los 80. El acceso al universo de los adultos era el carnet de conducir. Y no digamos el tener coche propio.
En aquella época lo máximo era un R5. Luego venía el Fiesta. Y luego los demás. Entre nosotros el primero fue Carlos primo. Su abuelo Algeciras tenia un R7 Amarillo. Era su coche para moverse por Madrid. Tío Ricardo ya estaba muy mayor, y subrepticiamente se lo retiraron. El espantoso R7 era como el R5, pero con culo. Le llamábamos el TR7 por aspiraciones de Triumph. Pero el culo era un maletero practiquísimo para meter trastos. Años después acabaría yo comprando un Opel corsa con culo, todavía más feo, imbuido por aquella conveniencia.

Ilustración sobre caza

Ilustración sobre cazaBarca

Queridos incautos: éramos tan afortunados que me da pudor contarlo. Tiempos irrepetibles. Para nosotros la caza era una actividad consustancial. No valía el dinero de hoy. Habíamos nacido en ambiente cazador, y estábamos inmersos en ese universo como lo más natural. Nos habían puesto una escopeta en los brazos desde niños. Y a nuestros amigos también. Éramos todos gentes de campo, unidos por generaciones en lazos de parentesco y amistad.

Las fincas se guardaban celosamente para la cacería de perdices donde en una línea de 10 se venían a matar más de mil. Luego había una segunda vuelta donde se mataban unas 400. En un acto de inmensa generosidad, los padres se la dejaban a sus hijos. Era la «cacería de niños» una suerte de festejo para conocernos entre afines. Paralelamente las niñas daban una puesta de largo donde extendían mucho más el convite a gentes de nuestra edad, pero la mayoría no eran del mundo de la caza.

Las Navidades eran lo máximo. Vivíamos en casa de los abuelos. En Ventosilla. La habían arrasado en la guerra. Nuestra abuela mexicana, con enorme determinación y magnífico gusto había arreglado la parte antigua de altísimos techos del siglo XVII. Contaba con una permanente cuadrilla de albañiles y carpinteros. La parte del castillo del XIX permanecía devastada. Las telas de las paredes arrancadas y montones de trastos abigarraban todas las habitaciones.

En todas las familias hay un tonto… ¡Y en la mía soy yo! Muchos años después, arreglé la casa, con mucho trabajo enorme esfuerzo y mucha ilusión… también con poco dinero y escaso agradecimiento. Pero ahí quedó. Hoy es donde duermen nuestros cazadores.

Todos nosotros viajábamos en el coche de Carlos. Mi hermana y mis dos primas detrás y yo de copiloto. Éramos un equipo compacto, donde Carlos y yo ocupábamos un puesto, y las niñas el otro. Solo una escopeta cada uno. Yo siempre tiraba a la izquierda y Carlos a la derecha. Ni que decir tiene caían muchas más por la derecha. El plantel era lo mismo que una cacería grande. Guardas secretarios land rovers y perros, y lo único que no había eran cargadores pues todos doblábamos.

Empezábamos por casa de nuestros vecinos y amigos «genéticos» los Matossian que nos invitaban a Daramazán. Allí su padre Jean Pierre había edificado una preciosa casa de piedra con el más espectacular jardín de rosas al que dedicaba su vida. Había bastantes liebres. De ahí al impresionante castillo de Malpica de los Arión. El Molino Blanco de los Lapuente. Casa de Vacas de los Griñón. Molinillos de los Urquijo. El Alamin de los Güell y Las Cabezas de los Carranza Güell.

Era un bochorno espantoso. El abuelo nunca dio nada para «corresponder». Se amparaba en las perdices que escaseaban. Pero la realidad era que no le apetecía absolutamente nada dar una cacería para los nietos. Nos consolaba que había algunos más que tampoco daban cacería.

Elegantes guardas siempre de pana y bandolera y sombrero con escarapela. A veces a caballo

El formato siempre era similar. Saludábamos a los padres que nos recibían, y no los volvíamos a ver hasta la hora de la comida. Las cacerías eran una maquina que rodaba sola. Elegantes guardas siempre de pana y bandolera y sombrero con escarapela. A veces a caballo. Y secretarios que eran ya parte de la familia. «Cuquili» de Arion. Pedro y Eduardo del Molino Blanco… y siempre «Pernales». El carismático guarda que nació en Ventosilla. Como su padre y abuelo. Prácticamente nos crio junto a Pedro el otro guarda.

Con él cazamos nuestro primeros pajaritos. Me hizo novio en Ventosilla por mi primer cochino con 12 años.

Se había marchado a la Cepilla a casa de los Coca, donde le pagaban mucho más. A mi abuelo le sentó fatal. Intentó regresar pero el abuelo nunca le perdonó. Venía con los Coca a todas las cacerías. Y nos abrazaba llorando emocionado cada vez que nos veía. Los Coca eran encantadores, y tanto a ellos como a nosotros nos pillaba la incómoda situación de refilón.

Las fincas tenían Land Rovers, con el Hierro pintado en la puerta. Entonces era costumbre que los señores llegaran desde Madrid. Y desde el campo se mandaba con todos los archiperres de caza.

Estaban preparados para llevar las escopetas. Se colocaban horizontalmente detrás de los asientos de delante. Esa reja servía además para separar a los perros. Los asientos de atrás iban perpendiculares a la marcha. Ahí viajábamos encantados sorteando perros y cartuchos entre los ojeos.

Nos recibían con un magnífico desayuno. En las enormes mesas con manteles de hilo, cubiertos de plata y multitud de bizcochos y mermeladas. Luego nos daban un taco en el campo, después del 3° ojeo. Algunos tenían unas estupendas carpas montadas al efecto. Y luego un ojeo más y a comer en la casa.

Al marchar, nos regalaban unas perdices. Que recogíamos muy agradecidos y que de vuelta íbamos a vender al pueblo para recuperar el dinero de los cartuchos. Era un época en que andábamos «tiesos» nuestros padres nos daban poquísimo, y más bien a mí, nada de nada. La gasolina y los cartuchos, la propina de guardas y la del secretario nos dejaban alicortados. Ahí marchaban los ahorros de los regalos de Navidades.

Entonces todo nos parecía normal. No sabíamos lo afortunados que éramos. Luego vendrían las monterías. Pero eso sería más adelante.

  • El conde de Teba, Jaime Patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero
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