Antón Riestra
Cuando no cazo, leoAntón Riestra

La literatura cinegética, espejo del alma humana

Lo que resulta verdaderamente llamativo es que ese impulso —cazar y escribir sobre ello— se produjo en todas las culturas, en todas las épocas

Literatura cinegética

Hace milenios, cuando el primer hombre lanzó una piedra y consiguió abatir lo que iba a ser su cena, descubrió dos cosas a la vez: que podía cazar, y que necesitaba contárselo a alguien. En ese momento nació una costumbre que nunca nos ha abandonado: cazar y contar la caza. Evidentemente, los primeros intentos de narrar las sensaciones que le generaba el triunfo conseguido se quedaban cortos y tenía que recurrir (como en Altamira o en Valltorta) a las imágenes para ahorrarse las mil palabras que, por otra parte, tampoco tenía.

Conforme la civilización humana fue progresando y desarrollando nuevas herramientas con las que cazar —la lanza, el arco, la honda…— también evolucionaron los lenguajes, y la necesidad de las imágenes, aunque persistía, no era tan definitiva. Los hombres empezaron a trasladar las emociones que les generaba la caza en sus mitos más antiguos, como la epopeya de Gilgamesh o las doce pruebas de Hércules, que demostraban el carácter sobrenatural del héroe a través de hazañas cinegéticas. Pero la literatura cinegética no fue solo emoción: pronto surgieron los primeros tratados para enseñar cómo debía cazarse. Y lo que resulta verdaderamente llamativo es que ese impulso —cazar y escribir sobre ello— se produjo en todas las culturas, en todas las épocas. Mientras en occidente aparecían Jenofonte en la antigua Grecia u Opiano durante el imperio romano, en Oriente Medio se documentaba el empleo de aves de cetrería tan temprano como el siglo XIV a.C. en tablillas hititas cuneiformes; en la India el Arthashastra del siglo IV a.C. regulaba el furtivismo y establecía cómo los reyes podían aprovechar la caza para mejorar su forma física; y en China el Zhou Li del siglo II a.C. detallaba la logística de grandes cacerías como entrenamiento para la guerra.

Para entender al hombre ha hecho falta entender al cazador

El hombre ha necesitado siempre contar sus anécdotas de caza y, con mayor o menor fortuna, lo ha hecho durante milenios. Y cada vez que un cazador recogía por escrito uno de esos lances, plasmaba no solo la acción sino también su propia agitación interior. Creía estar hablando de una pieza, de un perro, de una mancha o del arma empleada. En realidad estaba hablando de sí mismo. Para entender al hombre ha hecho falta entender al cazador; los lectores, durante siglos, han podido reconocer en esos relatos la propia naturaleza del autor: sus miedos, sus deseos, sus prioridades. Tal vez por eso esas historias han sobrevivido mucho más allá de las propias jornadas de caza.

En ocasiones, los escritos venatorios han llegado al gran público disfrazados de otra cosa. Bambi, el libro que enseñó a varias generaciones a amar los animales del bosque, fue escrito por Félix Salten, un cazador que quería contar exactamente eso: la mirada del hombre sobre la bestia, y lo que esa mirada revela de nosotros mismos.

Por supuesto, como en todo, ha habido autores más estimables que otros. Muchos grandes cazadores no han tenido la capacidad de trasladar al papel las pulsiones de la caza, pero los que sí lo han conseguido —Delibes, Hemingway, Ortega, Faulkner— han trascendido la caza y han abierto ventanas para conocer de verdad la naturaleza del ser humano. Cazador o no, quien abre esas páginas acaba encontrándose a sí mismo.

  • Antón Riestra es vocal del Círculo de Bibliofilia Venatoria

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