Yeguas marismeñas

Los continuos intentos por mejorar su apariencia, introduciendo razas seleccionadas o cruces de ellas, han aportado a lo largo de los años la más diversa información genética de distintas líneas, pero el fenotipo marismeño ha resistido

La Saca de las Yeguas. 2026.

La Saca de las Yeguas. 2026.Cedida por el autor

La crónica adornada de leyenda sitúa el origen de los primeros caballos que llegaron a América en las Marismas del Guadalquivir. Aquí eran capturados en la época de los descubrimientos y embarcados, junto con otras mercancías locales, como el vino, en las naves que partían de nuestros puertos del sur rumbo a las recién estrenadas colonias. Estos animales se adaptarían al nuevo medio y evolucionarían a razas genuinamente americanas, como la criolla o la de pasofino.

El mundo anglosajón, por su parte, atribuye la llegada de los caballos a la parte norte del continente americano, como si vinieran de Asia, a través del estrecho de Bering. Otra tendencia defiende la existencia ancestral de caballos autóctonos en esta parte del mundo. Pero estos postulados no están soportados por pruebas contundentes como las que aporta nuestra crónica histórica.

Desde que se tiene constancia en el tiempo, los pastos marismeños han sido aprovechados por ganaderos locales, en base a arrendamiento que se paga en función del número de cabezas de ganado, que puede ser vacuno, caballar, ovino o incluso de cerda en el pasado. La cuota anual por cada animal es conocida como herbaje y todas estas reses vagan libres y semisalvajes de un extremo a otro de la Marisma, integradas en el conjunto de la fauna silvestre. En este medio extremadamente rústico y caracterizado por pasar de sequías a riadas sin fases intermedias, se han producido siempre caballos muy útiles para el trabajo, conocidos desde la orilla oriental del río como bandeños, «de la otra banda», de gran robustez y resistencia al sol y a los insectos. Los continuos intentos por mejorar su apariencia, introduciendo razas seleccionadas o cruces de ellas, han aportado a lo largo de los años la más diversa información genética de distintas líneas, pero el fenotipo marismeño ha resistido y sigue confiriendo a estos équidos las cualidades que los asocian a su medio original. No hay que confundir esta estirpe equina con la de las yeguas de la Retuerta, de genética muy diferente y que pastan en los terrenos de la Estación Biológica de Doñana. De estas nos ocuparemos en una futura entrega.

La Saca de las Yeguas consiste en literalmente sacar todo el ganado caballar de cotos y marismas para llevarlo hasta Almonte

Transporte familiar con caballos marismeños

Transporte familiar con caballos marismeñosCedida

Por la feria de San Pedro, la Asociación de Ganaderos de Almonte, organiza un popular evento conocido como Saca de las Yeguas, que consiste en literalmente sacar todo el ganado caballar de cotos y marismas para llevarlo hasta Almonte, donde se realizan diversas faenas como el destete, el tusado o el marcaje de los potros. En la operación, que se ha convertido en una actividad recreativa para muchos, los ganaderos reúnen y conducen al ganado formando una gran piara de mil o más ejemplares, que viaja hasta la población siguiendo las vías pecuarias, con una tradicional parada en la aldea de El Rocío. La breve estancia de las yeguas marismeñas en Almonte, donde se habilitan corrales para ello, sirve para ejecutar los correspondientes tratos de compraventa, especialmente de potros, entre los ganaderos de la localidad y entre éstos y otros foráneos que acuden a esta peculiar feria de ganado. La economía de esta actividad ha tenido su importancia en tiempos pasados, pero en la actualidad no se puede decir que genere unos ingresos importantes. Hemos constatado en años recientes cómo muchas de estas bestias se han vendido para carne por no encontrarles otra mejor salida. Como resultado de ello, la cría que estos ganados y su manejo resultan ahora más una actividad de ocio que una empresa pecuaria.

He montado muchos de estos caballos marismeños y puedo dar fe de que resultan insustituibles para el trabajo en el entorno coto-marisma. Suelen llevar una mezcla de distintas proporciones de las tres sangres básicas, española, árabe e inglesa, y el medio los ha hecho resistentes a tábanos, sanguijuelas y mosquitos, adaptándolos a desplazarse con soltura tanto por la marisma inundada como por la seca y cubierta de huellas endurecidas de las vacas –cascahuesos– o por la arena suelta y profunda de los cotos.

Dibujo de Rejelero

Dibujo de RejeleroCedida por el autor

Capturé uno de ellos cuando aún era potro añojo en Las Nuevas, en una operación que requirió un largo día, un potro que había sido criado por la legendaria familia de guardas de los Clarita. Era bronco y salvaje como un tejón, pero lleno de nobleza. Lo terminé de criar y lo domé para mi uso exclusivo. Durante veinte años me prestó un servicio incomparable como vehículo para moverme por la región, llevando a cabo los más diversos trabajos y actividades; desde el anillamiento científico y el seguimiento de la fenología de las aves, hasta el manejo de las vacas y, por supuesto, la participación en las peregrinaciones rocieras. Cargando a veces dos personas a sus espaldas, era capaz de soportar jornadas de sol a sol, moviéndose por los más variados ambientes. Estábamos tan compenetrados que, al oír el click de apertura de la funda de mis prismáticos adosada a la silla, se detenía y quedaba inmóvil para que yo pudiera mirar a través de las lentes. Cuando cumplió 23 años, lo devolví a la libertad en el mismo lugar donde lo había capturado para que terminara allí sus días, libre tal como nació.

Se llamaba Rejelero, que es el nombre marismeño del alimoche. Porque los alimoches, al igual que los caballos tordos –Rejelero lo era—son oscuros de jóvenes y se van tornando blancos con la edad.

  • Javier Hidalgo de Argüeso es cazador, ornitólogo y jinete

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