Los perdigones
La otrora rica población de perdiz no se debe a otra causa que a la acción del hombre; del hombre cazador
Perdigones, pollos de perdiz
El comienzo del verano climático coincide con el de las polladas de perdigones. Nacidos a finales de primavera, se inician en sus paseos junto a la madre ya con calores que pueden ser fatales, ante la necesidad de buscar el agua.
Los perdigones son la materialización de la debilidad animal en los primeros días de su existencia. Pequeños, con enormes carencias y grandes necesidades, nada más salir del cascarón inician un gracioso deambular en bando detrás de su madre. Alborotadores y nada cautelosos, sin apenas velocidad en sus incipientes carreras, son bocado fácil para cualquier predador de los muchos que son plaga en el campo. De hecho, no es difícil ver a las urracas seguir a una desventurada perdiz en un lento acoso, consistente en que unas despistan a la madre mientras las otras atacan a los rezagados que no han podido encontrar cobijo bajo sus plumas.
En las actuales condiciones del campo, la supervivencia de las polladas llega a ser nula. A las muertes naturales se suma una elevadísima presión predadora a la que muchas veces la heroica perdiz es incapaz de hacer frente. Y, si hay una madre coraje, esa es la perdiz, que, cual gallo de pelea, se lanzará sin dudarlo contra animales más grandes y fuertes que ella. Otras veces, no permitiéndole su instinto el sacrificio vano y estéril, hará una ruidosa huida, aparentemente torpe, llevándose a la alimaña tras ella a escasos centímetros de su espalda, convirtiéndose en eficaz muleta, y de esta forma alejarla de la pollada, que quedará inmóvil y camuflada con su plumaje infantil, más parecido al de faisanes en miniatura, mimetizándose entre las pajillas del estío y las piedrecillas de diferentes tonalidades, ya visibles tras desaparecer los verdes de la primavera. Esa es su única defensa.
En esos días, matar o espantar al zorro, al jabalí o a las urracas, en defensa de los pollos o de los huevos, son actos de vida, porque lo son de equilibrio y de futuro. Eso sí es ecología.
Para un cazador, un titular de coto, o un guarda, ver una pollada es una alegría de vida y esperanza. Mantenerla a salvo, en un porcentaje de supervivencia apenas superior al 50 %, su objetivo
Pero, además, como toda gallinácea, también es muy delicada frente a los elementos. Cualquier tormenta puede acabar con toda una nidada o pollada. Los granizos serán como balazos para aves tan pequeñas y recién nacidas. Los cambios de temperatura, con el plumón empapado, fatales.
La otrora rica población de perdiz no se debe a otra causa que a la acción del hombre; del hombre cazador. Si cogemos las crónicas cinegéticas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, incluso en los cotos de los más adinerados y pudientes, los resultados eran realmente pobres si los comparamos con los que se fueron obteniendo decenios después en las mismas zonas. La colocación estratégica de bebederos, ahorrando a las polladas recorridos largos y peligrosos en busca del líquido elemento, así como evitándoles aguas encharcadas que podrían acabar en horas con su todavía débil sistema digestivo; la intervención de los guardas de caza impidiendo o molestando una presión predadora insostenible; e incluso la aportación de desparasitadores internos, para evitar la muerte colectiva cuando tan débiles se encuentran por ese gran desgaste físico que implica el cambio de pluma. Todos ellos, actos de desvelo y mimo.
Para un cazador, un titular de coto o un guarda, ver una pollada es una alegría de vida y esperanza. Mantenerla a salvo, en un porcentaje de supervivencia apenas superior al 50 %, su objetivo. Localizar las polladas y proveerlas de agua y comida no quita una vigilancia lejana para evitar, en la medida de lo posible, su completa desaparición. Contar los pollos todos los días y comprobar cómo van disminuyendo es una continua tragedia. Siempre son normales bajas, pero cuando una pollada se queda en un 20 % en apenas días, luego en uno o ningún pollo, una catástrofe. No hay ecología válida cuya consecuencia sea que una especie tenga una tasa de reposición negativa. Los cazadores lo saben y sus enemigos, los ecologistas, que también lo saben, ríen pensando, con enorme cortedad, o quizás enorme maldad y egoísmo, que es más importante acabar con la caza que la misma supervivencia de las especies de caza.
La perdiz, les digan lo que les digan, nunca fue «desde siempre» una especie enormemente numerosa, por mucho que su aparición en bandos hiciera pensar lo contrario. Las perdices son el ejemplo español de ganadería superexstensiva, cuidada y mimada por simple y muy limitada intervención en su medio, que no en ellas de forma directa: agua y tranquilidad. Llegó a ser muy abundante en la segunda mitad del siglo XX, consiguiendo convertirse en un modelo de explotación agraria de referencia en el mundo y que constituyó un importante motor económico rural que atraía a un elevado número de personas, que dejaban pingües ingresos y muchos puestos de trabajo en el campo.
Pero hoy sufre la presión de la predación desequilibrada, que se agrava con la aparición de nuevas especies. Meloncillos y garcillas, por ejemplo, eran desconocidos en Castilla hasta hace muy poco. Hoy es más fácil ver una gran rapaz que una nidada de perdices y eso es un drama, tanto como si en la sabana africana hubiera más leones que cebras. Que no les engañen esos que se dicen verdes y que confundirían un lagarto con un billete de mil pesetas. El campo español, en lo que afecta a las especies de caza menor, está absolutamente alterado y desequilibrado. Si seguimos así, ocurrirá como con el urogallo, del que se prohibió su caza en vez de tomar las medidas de control de predadores que pedían los cazadores. Hoy está a punto de desaparecer. Como de costumbre, los ecologistas decían que se los seguía cazando furtivamente, pero, oh, curiosidad, después de gastar cientos de miles de euros públicos en repoblar con unas pocas decenas de urogallos, tras pocas semanas solo ha quedado uno; y ninguno murió por plomo. Pero toda especie que se convierte en peligro de extinción se transforma en negocio para los ecologistas. ¡Ya huele! Tomen nota y recuérdenlo.