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Esta ilustración artística muestra el chorro de radio más grande jamás hallado en el Universo primitivo

Esta ilustración artística muestra el chorro de radio más grande jamás hallado en el Universo primitivoNOIRLab/NSF/AURA/M. Garlick

Una misteriosa explosión cósmica revela la posible existencia de un gigantesco chorro de energía oculto

Un estallido de rayos gamma que inicialmente parecía poco extraordinario ha desconcertado a los astrónomos al generar uno de los resplandores más intensos de las últimas dos décadas.

Una explosión registrada en el espacio ha puesto a los astrónomos tras la pista de un fenómeno mucho más poderoso de lo que sugerían sus primeras observaciones. Lo que comenzó como un destello de rayos gamma relativamente discreto terminó convirtiéndose en uno de los resplandores residuales más luminosos detectados durante los últimos 20 años. La explicación podría encontrarse en la posición desde la que fue observado: la Tierra no estaba alineada con la región más energética de la explosión, lo que impidió apreciar inicialmente su verdadera magnitud.

Esta es la principal conclusión de una investigación internacional en la que ha intervenido el Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC) y cuyos resultados se han publicado en la revista científica The Astrophysical Journal Letters.

El fenómeno, identificado como GRB 260310A, fue descubierto el pasado 10 de marzo de 2026 por el telescopio espacial de rayos gamma Fermi, perteneciente a la NASA. Su primera emisión se prolongó durante aproximadamente 53 segundos y, por sus características, parecía corresponder a un episodio de liberación de energía relativamente moderado.

Sin embargo, las observaciones posteriores modificaron aquella impresión inicial. Durante las horas siguientes, el resplandor residual fue aumentando progresivamente su intensidad en el espectro visible hasta alcanzar un máximo, tras el cual comenzó a debilitarse. El comportamiento resultó todavía más llamativo cuando, varias semanas después de la explosión, los científicos comprobaron que la emisión de rayos X volvía a intensificarse.

Esta radiación, además, continuó siendo detectable durante meses, una evolución que llevó a los investigadores a buscar una explicación para las diferencias entre la aparente debilidad del estallido original y la extraordinaria luminosidad de sus emisiones posteriores.

Para reconstruir lo ocurrido, el equipo organizó una campaña de observación con instrumentos capaces de estudiar distintas longitudes de onda, desde los rayos X hasta las señales de radio.

Entre los equipos empleados figuraron el observatorio espacial Chandra, de la NASA; el telescopio XMM-Newton, de la Agencia Espacial Europea (ESA); la misión Einstein Probe; el Large Binocular Telescope (LBT), y el Karl G. Jansky Very Large Array (VLA).

La contribución española tuvo un papel relevante en el seguimiento del fenómeno. El Instituto de Astrofísica de Andalucía participó mediante BOOTES, su red internacional de telescopios robóticos, que permitió recopilar información sobre la evolución de la luminosidad óptica.

Dentro de esta red intervinieron el telescopio TELMA, instalado en la estación BOOTES-2 del IHSM/UMA-CSIC «La Mayora», situada en Algarrobo-Costa, en la provincia de Málaga, y el telescopio Javier Gorosabel, perteneciente a BOOTES-5 y ubicado en el Observatorio Astronómico de San Pedro Mártir, en México.

Alberto Castro-Tirado, investigador del IAA-CSIC y responsable principal de la Red Global BOOTES, destaca la importancia de haber mantenido el seguimiento durante un periodo prolongado. «Estas observaciones nos han permitido seguir la evolución del evento durante varios días, culminando con el espectro óptico obtenido desde el Observatorio de Calar Alto (CAHA) 25 días después del estallido, que ha aportado una pieza decisiva para completar la interpretación del fenómeno», explica el científico.

Precisamente, los datos espectroscópicos obtenidos en Calar Alto permitieron identificar la señal propia de una supernova, confirmando que la explosión estaba relacionada con el fallecimiento de una estrella de gran masa.

A esta labor se sumó el Observatorio de Sierra Nevada (OSN), que empleó sus dos telescopios para estudiar el acontecimiento. Las mediciones realizadas con el T90, denominado Ángel Rolland, resultaron especialmente útiles para establecer restricciones muy precisas sobre los campos magnéticos presentes en las proximidades de la estrella colapsada y del potente chorro de materia generado. Así lo explica Iván Agudo, investigador del IAA-CSIC e integrante del equipo responsable del estudio.

La perspectiva desde la Tierra ocultó la verdadera potencia de la explosión

Para comprender la singularidad de GRB 260310A es necesario atender a la naturaleza de los estallidos de rayos gamma, fenómenos que producen destellos de la radiación electromagnética de mayor energía. Una parte importante de estas explosiones tiene su origen en el colapso de estrellas masivas. Durante ese proceso pueden generarse chorros de materia que se desplazan a velocidades próximas a la de la luz.

Cuando esos flujos de partículas alcanzan e interactúan con el gas de su entorno, originan una emisión posterior que puede estudiarse mediante rayos X, observaciones ópticas y ondas de radio. La intensidad con la que se percibe esa radiación depende, en buena medida, de la orientación del chorro respecto al observador. Cuando uno de ellos se dirige prácticamente hacia nuestro planeta, su luminosidad aparente aumenta considerablemente, lo que facilita su detección.

Yu-Han Yang, investigador posdoctoral del Departamento de Física de la Universidad de Roma Tor Vergata y principal autor del trabajo, compara esta circunstancia con el funcionamiento de una linterna.

«Al igual que ocurre con una linterna, el chorro parece más brillante cuando se observa de frente. La mayoría de nuestros modelos se han calibrado a partir de fenómenos observados desde esa misma perspectiva. Este estallido nos brindó la oportunidad de mirar más allá de ese deslumbramiento», señala. En este caso, los científicos creen que la posición terrestre permitió observar la explosión desde un lateral, en lugar de hacerlo directamente frente a su región central más energética.

Los datos reflejan hasta qué punto resultó excepcional su evolución. Según explica Yang, aunque el destello inicial de rayos gamma no destacó especialmente por su intensidad, el resplandor posterior alcanzó valores extraordinarios.

Dentro de las muestras utilizadas para establecer comparaciones, el fenómeno figuró entre el 1 % de los más luminosos en rayos X y entre el 5 % de los más brillantes en ondas de radio.

Esta diferencia entre las distintas fases constituye una de las claves para interpretar el comportamiento de la explosión. «Lo observamos desde un ángulo lateral. A medida que el chorro se fue frenando, su luz se hizo visible desde un abanico de ángulos cada vez más amplio, lo que nos permitió estudiar su estructura, desde los flancos exteriores hasta el núcleo interno».

Un inesperado aumento de los rayos X revela una estructura más compleja

Uno de los episodios que más sorprendió a los investigadores se produjo unas tres semanas después del primer estallido, cuando el resplandor residual experimentó una nueva intensificación en rayos X. Lejos de tratarse de una variación breve, la emisión se mantuvo especialmente luminosa durante más de una semana antes de comenzar a desaparecer.

El comportamiento desconcertó inicialmente a los astrónomos, que llegaron a considerar la posibilidad de que otra fuente de radiación estuviera interfiriendo en sus mediciones. «Eso fue inesperado. Al principio pensamos que otra fuente de rayos X estaba contaminando nuestras observaciones. Pero el aumento de brillo procedía realmente del resplandor residual», recuerda Yang, que estuvo al frente de la coordinación de las observaciones en rayos X. El investigador añade: «Esto nos llevó a explorar una estructura más compleja».

A partir de los datos obtenidos, los científicos plantean que el estallido pudo estar impulsado por un chorro cuya distribución de energía no era uniforme. En concreto, una de las interpretaciones contempla la existencia de un núcleo central extremadamente estrecho y energético, envuelto por un flujo de materia más amplio y de menor velocidad.

Esta configuración ayudaría a explicar por qué la primera emisión observada parecía relativamente modesta mientras que las señales posteriores alcanzaron una intensidad tan elevada. Según el modelo propuesto, la luz detectada durante las primeras etapas del resplandor residual procedería principalmente de las zonas exteriores del chorro.

Posteriormente, conforme el material fue perdiendo velocidad, la radiación originada en su núcleo central habría empezado a resultar visible desde la posición de la Tierra. Este cambio permitiría explicar el repunte registrado en los rayos X semanas después de la explosión.

De confirmarse esta interpretación, el fenómeno mostraría cómo una explosión de enorme potencia puede aparentar una intensidad muy inferior simplemente porque su emisión más energética no está orientada hacia el observador.

Yang resume esta posibilidad con una comparación especialmente ilustrativa. «Lo que a nosotros nos pareció un estallido de rayos gamma corriente podría haber sido una explosión monstruosa para un observador situado justo en la línea de visión de su núcleo», sostiene el investigador.

Y añade una referencia a la extraordinaria cantidad de energía que podría haber concentrado el fenómeno: «Nuestros modelos indican que la explosión concentró en un haz extremadamente estrecho, tan fino como un lápiz, una cantidad de energía equivalente a la que el Sol emite a lo largo de unos mil millones de años».

La investigación abre así una vía para estudiar explosiones estelares cuya verdadera intensidad puede haber pasado inadvertida debido a su orientación respecto a nuestro planeta.

Los autores confían en que los futuros cartografiados del firmamento, entre ellos los previstos por el Observatorio Vera C. Rubin, permitan identificar un mayor número de resplandores residuales asociados a chorros de gran potencia que no estén dirigidos directamente hacia la Tierra.

El análisis de estos fenómenos, todavía escasamente explorados, podría aportar información decisiva sobre dos cuestiones fundamentales: con qué frecuencia las estrellas masivas generan estos chorros durante las últimas fases de su existencia y de qué manera consiguen atravesar las capas exteriores de la propia estrella.

De este modo, una explosión que en sus primeros instantes parecía relativamente corriente podría contribuir a esclarecer algunos de los procesos más energéticos que tienen lugar en el universo.

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