30 de septiembre de 2022

'El Sapo', en un momento del documental

'El Sapo', en un momento del documentalAmazon Prime

‘Sapo S.A. Memorias de un ladrón’

Así robó 'El Sapo' los cuadros del ático de Esther Koplowitz

La serie desmenuza uno de los grandes golpes de la historia de España: «Fue algo casi romántico», recuerda su autor, que asegura haber recibido 12 millones de recompensa a cambio de devolverlos

«Lo de los cuadros de la Koplowitz fue algo casi romántico», dice Jon Imanol Sapieha, alias El Sapo, en el segundo capítulo del magnífico documental sobre su vida, Sapo S.A. Memorias de un ladrón (Amazon Prime). Ese episodio está enteramente dedicado a este muy sonado golpe.
Todo empezó mucho antes del robo. El Sapo contrata a cinco personas para que vigilen la casa de Esther Koplowitz. Él no puede hacerlo a cara descubierta personalmente porque es un sospechoso habitual, un delincuente conocido, pero sí lo hace en ocasiones haciéndose pasar por cartero. Manda también a la propia vivienda falsos instaladores de electricidad. Consigue una información completa del garaje y de cómo se reparten los coches.

El punto débil

Tras esa primera investigación, detecta un probable punto débil: uno de los vigilantes de seguridad del ático de la Koplowitz, situado en un lujoso bloque de viviendas en Madrid. A ese hombre le busca una mujer. La conoce, no por casualidad, en su abrevadero nocturno habitual. Esto ocurre tres años antes del robo, lo que demuestra la paciencia del ideólogo del golpe. «Me ciego, me enamoro de ella. Enseguida convivimos, él fue el que me puso», asegura el vigilante a cámara, con voz distorsionada y ocultando su imagen.
A los ocho meses de romance, ella le presenta a un amigo: El Sapo. El delincuente lo introduce en un mundo de lujo: mujeres espectaculares, yates, cochazos, dinero, vacaciones a todo tren en Ibiza… Se gana su confianza. «Él piensa que le ha caído la Lotería, pero la Lotería va a ser la mía, no la suya», analiza el protagonista del documental.
Su novia lo deja, pero El Sapo lo llama al poco y le dice que no quiere perder su amistad. Está todo pensado. De hecho, ese vínculo se estrecha, igual que se estaba cercando el cerco sobre la millonaria. El vigilante, confiado, le va soltando información a su amigo. Como que Esther Koplowitz tiene cuadros en su ático, si bien desconoce su valor.

Alquila un piso en el mismo edificio

El Sapo da un paso más. Alquila un piso muy cerca del objetivo, en el mismo edificio. Lo hace, claro, por persona interpuesta: de confianza, sin antecedentes. Sabe que ha llegado el momento cuando el vigilante le anuncia que Esther Koplowitz se va a ir de vacaciones y, además y de forma simultánea, va a hacer obras en su casa.
El ideólogo del golpe asegura que en ese momento ofrece 50 millones de pesetas por su colaboración al vigilante. Pero éste negará después tal acuerdo. Dice que él se resiste cuando el 8 de agosto de 2001, El Sapo se planta ante la verja del edificio y le dice: «Oye, ábreme que estoy aquí, que vengo a llevarme las obras de arte». Pero que se paraliza por miedo a represalias sobre él y su familia, y por eso no llama a la policía. Por su parte, el protagonista del documental sostiene que entró a la vivienda en el maletero del coche del vigilante. En lo que sí coinciden sus versiones es en que es golpeado y reducido. El compañero en las tareas de guardia, pues eran dos los que estaban al cuidado del bloque de edificios, dormía, y El Sapo expulsó gas en esa estancia para que lo hiciese de forma más prolongada.

El robo

Con los dos vigilantes fuera de combate, actúa. La puerta del ático la abre con las llaves que sus víctimas tienen de esa casa y del resto de las viviendas, trasteros y demás. Una vez dentro, va sobre seguro, pues el día anterior había entrado en el ático para ver qué cuadros se llevaría de los 52 que llega a contar en las paredes. Está dos o tres horas desenmarcando las piezas que le interesan. Obras de Juan Gris, Sorolla, un Brueghel y, sobre todo, dos cuadros de Goya. En total, 19.
Traslada los cuadros al piso que había alquilado. Cree que no hay mejor escondite puesto que nadie pensará que están tan cerca de donde han sido robados. Para despistar a la policía, la noche del golpe ordena que una furgoneta se acerque al edificio y se simula que en ella se cargan las obras de arte robadas. Cuando las aguas se calman, semanas después, El Sapo volverá al piso disfrazado de mujer para comprobar que todo está en su sitio. Lo está.

La venta frustrada

En el documental, el ideólogo del golpe asegura tener vendido ese botín, en bloque, por 200 millones de euros a alguien de Emiratos Árabes. De hecho, está previsto que el 15 de septiembre de 2001 un vuelo privado transporte las obras a ese país. Pero el 11 de septiembre se producen los atentados que cambiarán el mundo.
El negocio se le frustra. Tiene que buscar nuevos compradores. Unos rusos están muy interesados. El acuerdo se cierra en 24 millones. En realidad, son policías: FBI, Interpool, 091, GEOS… Obviamente eso no lo saben El Sapo, y otro famoso delincuente al que ha metido en el ajo, Casper, que les piden a modo de señal un millón de euros guardados en una bolsa. Los falsos rusos llevan esa cantidad cuando se reúnen en una habitación de un hotel de Madrid. El Sapo se lleva el cash a su guarida y vuelve al hotel con un cuadro, Las tentaciones de San Antonio, de Brueghel, que entrega confiado en la habitación mientras Casper aguarda en la cafetería con un «goya». Son detenidos. Ellos dos y el vigilante ingresan en prisión. El Sapo estará cuatro meses y después saldrá. Eso será todo lo que pasará entre rejas por este asunto.

El desenlace

Lo que ocurre con el resto de los cuadros difiere según las versiones. La policía sostiene que fueron vendidos por los autores del robo a unos colombianos que los tenían guardados en un chalet en la Costa Brava, lugar en el que fueron localizados tras un soplo procedente de Bogotá. El Sapo sostiene que esa operación fue un paripé: que lo que realmente ocurrió es que él llegó a un acuerdo con abogados de Esther Koplowitz consistente en revelar el paradero de los cuadros a cambio de 12 millones de euros recompensa, cantidad que cobró en otro país antes de revelar su ubicación. «No es legal pagar un rescate. Una recompensa, sí. Yo te puedo recompensar por ayudarme en algo», explica El Sapo en el documental. De ser así, ese sería el botín final del robo de obras de arte más espectacular que se ha producido en España en lo que va de siglo.
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