El asesino dejó naipes en varios de los escenarios del crimen
Netflix
El motivo por el que se entregó el asesino de la baraja
Un documental reconstruye la investigación policial y los sucesos que conmocionaron España en 2003
Cuando la policía estaba investigando el caso de la violación y asesinato de la adolescente Eva Blanco, recibió una carta desde la prisión de Herrera de la Mancha, en Ciudad Real. Estaba firmada por Rubén Galán Sotillo. Antes de cambiar su nombre, Rubén había sido Alfredo, el asesino de la baraja. En la misiva, fechada el 30 de agosto de 2015, asegura que ha seguido por televisión los detalles del caso y ofrece su colaboración: «Planteo una hipótesis por si acaso sirve de algo», escribe. Lo que en realidad hace es trazar un perfil del asesino y violador, una persona «sometido a fuerzas que escapan a su control», un ser «introvertido, inmaduro, con un trabajo que no le llenaría laboralmente». Para que se delate, aconseja lo siguiente: «Deberían presionarle con los medios de comunicación con Datos Falsos para ver si comete un error». «Datos Falsos», con mayúscula.
Igual que Hannibal Lecter colabora con Clarice Starling y el FBI en El silencio de los corderos, Alfredo Galán hace lo propio con la policía. E igual que John Doe se entrega en una comisaría en Seven y confiesa sus crímenes, Alfredo Galán hace lo propio el 3 de julio de 2003 en la comisaría de Puertollano, en Ciudad Real. John Doe necesitaba entregarse para culminar su obra, y de ahí su visita inculpatoria. ¿Pero por qué lo hizo el asesino de la baraja? ¿Acaso le había presionado la Policía, vía medios de comunicación, con datos falsos para que cometiese un error y se sentía acorralado? Esta es la gran pregunta que uno se plante viendo Baraja: la firma de un asesino que Netflix ha estrenado este viernes.
El soberbio documental, de una factura estupenda y que incluye testimonios de familiares de los asesinados y de víctimas de Galán que sobrevivieron a sus ataques, repasa en tres capítulos los crímenes y la consecuente investigación, en la que participaron 150 policías y guardias civiles. Tal fue el terror que causó este hombre que disparaba sin ton ni son, sin un patrón de actuación y un motivo, que se dedicaba –como acabó confesando finalmente a los agentes– a «matar por matar», sin remordimiento alguno y simplemente para ver qué se sentía. Seis personas asesinó, y lo intentó con otras tres.
Las fuerzas de seguridad tenían solo un gran hilo del que tirar: el arma empleada por Galán. Del análisis balístico dedujeron que se trataba de una pistola Tokarev 57 con munición yugoslava. Pero ese dato no lo filtraron a la prensa. Pidieron ayuda al Ejército español para que les facilitase un listado de militares que estuviesen de baja por causas psicológicas o psiquiátricas, o que lo hubiese estado recientemente, y que hubiesen participado en misiones en la antigua yugoslava. Se manejaron dos listados bastante amplios. En uno aparecía Alfredo Galán, que había estado en Bosnia, de donde se trajo la pistola oculta dentro de un televisor. En el otro no. La policía, y así lo manifestó en el documental de Netflix, cree que hubiesen llegado a él tarde o temprano gracias a esos listados. Pero un periodista de El País que siguió el caso lo pone en duda. El asesino podía suponer que las balas de pistola que aparecieron en la mayoría de los escenarios del crimen pudiesen ser una buena pista, pero ignoraba que se hubiesen solicitado esos listados a las Fuerzas Armadas. Por tanto, no se sintió presionado para entregarse. No se sintió acorralado. De hecho, se llegó a detener a un skin head como sospechoso de los asesinatos.
Entonces, ¿por qué se entregó cinco meses después del primer crimen? Alfredo Galán no ha querido hablar en el documental y por tanto no lo explica él directamente. Pero sí sabemos que tenia problemas con el alcohol desde su etapa en el Ejército y que ese 3 de julio de 2003 acudió borracho a la comisaría de Puertollano. El alcohol es el que explica su entrega. Y su condena. Ebrio, ofreció un dato que solo conocían las investigadores: que las cartas que dejó en algunos de los escenarios estaban señaladas con un punto. Tras declarar y dormir la mona, se despertó y lo negó todo. Pero al tirar del hilo de esa primera declaración, y complementarla investigaciones posteriores, se reunieron pruebas que provocaron una condena de 142 años. Saldrá en 2028, cuando cumpla 25 entre rejas, esas desde las que aconsejó a la policía que forzasen al asesino de Eva Blanco a cometer un error. En su caso, el error lo cometió él solito: como decía aquella canción, beber hasta perder el control.