Sam Peckinpah dirigió Grupo salvaje en 1969
Cine
Sam Peckinpah, el maestro del wéstern crepuscular
El director de Grupo salvaje, rey del wéstern lírico, violento y subversivo, nació en California hace 100 años dejando una filmografía escueta y el respeto indiscutible de la crítica
Es uno de los grandes directores de wéstern. Del otro, del tardío, del violento, del que surgió después de John Ford, que tuvo la misma fuerza que Sergio Leone y que influyó en el de Clint Eastwood. La historia del género de los géneros norteamericanos no puede entenderse, no puede escribirse, sin Sam Peckinpah, un auténtico misfit, un inadaptado.
Niño bien de Fresno (Californina) donde nació en 1925, Peckinpah se cría entre expulsiones de sus elitistas colegios por meterse en peleas y el rancho de su abuelo, adonde iba largas temporadas a jugar a ser cowboy. Con un futuro medio escrito en la empresa familiar y previo paso por los marines y la guerra, rompe los moldes en su familia dejando el Derecho por el teatro. En 1951 comenzó a trabajar para la CBS y debutó en el cine como extra con nada menos con Don Siegel en La invasión de los ladrones de cuerpos en el 54. Y ahí, en la serie B de Flecha rota y The westerner, se curte escribiendo guiones y dirigiendo episodios hasta que, por fin, debuta en 1961 con Compañeros mortales.
Pero lo verdaderamente sorprendente de la carrera de Sam Peckinpah, es que en 1962 dirigiera la primera de sus obras maestras, Duelo en alta sierra, en la que dos de los más grandes actores del género, Randolph Scott y Joel McCrea, se despiden literal y metafóricamente del género con una historia madura, melancólica, detallista, violenta y crepuscular con la que, tal vez sin saberlo, el director configuraba su estilo, el de los hombres derrotados. Después realizaría para la Columbia, Mayor Dundee y para United Artists, Gloriosos camaradas, mutiladas ambas en la sala de montaje (lo que hizo que el director odiara trabajar para los grandes estudios), pero que suponen un doloroso retrato sobre la soledad y la guerra, la que llevan dentro de sí sus personajes. Otro común denominador de su cine.
En 1969, Peckinpah dirige Grupo salvaje, su más rotunda obra maestra. En ella, un grupo de veteranos atracadores de bancos (William Holden, Ernest Borgnine, Robert Ryan…) se verá acorralado entre unos cazarrecompensas y el ejército mexicano en una historia bella en su tratamiento, formalmente impecable y de final impactante. Una película modélica, en definitiva, que homenajeaba a los perdedores, a los hombres descreídos, solitarios, violentos, que sólo saben matar y sobrevivir, que viven en el filo de la navaja, que son pura incertidumbre, que no saben dónde dormirán hoy ni morirán mañana, que no entienden el bien ni el mal sino sus respectivos códigos de conducta, pero que saben lo que es la lealtad, el valor y la camaradería… Una oda, casi, a los desarrapados que impactó tanto como el del spaghetti wéstern donde la violencia aparece naturalmente como aparecen las llanuras y el polvo del desierto. Una violencia que sencillamente está. En algunos países fue prohibida.
Sobre ella diría el director: «Hice Grupo salvaje porque estaba muy enfadado con toda una mitología hollywoodiense, con una determinada forma de presentar a los forajidos, los criminales, con un romanticismo de la violencia (...). Es una película sobre la mala conciencia de América».
Ese halo de homenaje fatalista estaría ya siempre presente en su obra. En La balada de Cable Hogue le obligaron a rebajar la violencia, pero aun así hizo un retrato sobre la soledad y la derrota algo más simpático, menos derrotista. Con Perros de paja volvió sobre la violencia y el horror, estudiando los infiernos –o los impulsos animales, más bien– en los que puede caer un hombre por defender su vida. En El rey del rodeo un prematuramente envejecido Steve McQueen ofrece una de sus mejores interpretaciones, llena de humanidad y de belleza, al reconstruir las relaciones con su padre. Le dirigiría de nuevo en La huida, con Ali MacGraw, cinta de acción con grandes dosis dramáticas con personajes al borde de la desesperación que reflexiona sobre diversas formas de abuso. La extraña Quiero la cabeza de Alfredo García fue, quizá, su película más bizarra y rabiosa sobre le deshonra, la venganza y el odio. Y la historia de la persecución en Pat Garret y Billy The Kid -con música de Bob Dylan- es también existencial y retorcida. Pero bellísima.
Aún haría Los aristócratas del crimen (1975), La cruz de hierro (1977) -considerada por Orson Welles la mejor película antimilitarista de la historia- y Convoy (1978) en donde, por supuesto, seguía mostrando sus destellos de gran cineasta, pero que no fueron comprendidas por el público y fracasaron en taquilla. La última, Clave: Omega (1983) es, directamente, pesada, confusa, mala… Pero todas ellas tienen algo en común, y es que Peckinpah no se doblegó a las normas de Hollywood, del nuevo Hollywood al que tantos directores coetáneos suyos, popes del blockbuster, se subieron. O iniciaron.
Su precaria salud no acompañó a esos proyectos, pues desde muy joven estaba alcoholizado y era adicto a la cocaína. Moriría en 1984, incomprendido y vilipendiado, de un paro cardíaco. Tenía 59 años.
Sin embargo, el tiempo ha sido generoso con él y su cine no ha pasado de moda. Un cine que supo mirar de frente el sueño americano y sacarle los colores, que nunca estuvo al margen de la crítica social, pero que fue, sobre todo, profundamente masculino desde su pureza, desde lo natural de un tiempo y un lugar. Pero es ese mundo de hombres donde él se sentía cómodo, donde la masculinidad era así por defecto, porque no podía ser de otra manera. Ese mundo es que el Sam Peckinpah celebró.
Se le llamó apologeta de la violencia, misógino, nihilista, borracho, fascista y sanguinario. Pero también se le llamó -se le llama- poeta. Y es que su cine tan personalísimo, tan profundamente bello desde su crudeza, puro desde su crueldad, honesto desde la testosterona y digno con los perdedores es, sobre todo, suyo: Sampeckinpahquiano.