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Manolo Solo y María de Medeiros en Una quinta portuguesa

María de Medeiros y Manolo Solo en Una quinta portuguesa

Crítica de cine

'Una quinta portuguesa', la recomendable película española que oculta un thriller bajo el drama

El nuevo filme de la directora española Avelina Prat, con Manolo Solo y María de Medeiros como protagonistas, es un thriller con aire de drama... o al revés

La directora valenciana Avelina Prat ya demostró su sensibilidad humana en su ópera prima, Vasil. Ahora afronta su segundo largometraje de ficción confirmando su talento, en primer lugar como guionista pero también como directora. En su haber profesional tiene cortometrajes, su trabajo como script durante veinte años y su labor como programadora del Festival de Cinema Jove de Valencia.

Fernando (Manolo Solo) es un profesor de Historia en un instituto de Valencia y lleva varios años casado con una inmigrante serbia, Milena. Un buen día, ella desaparece sin dejar rastro. Se ha llevado su ropa pero ha dejado su móvil. Después de esperarla un par de días, Fernando acude a la policía, la cual, un tiempo después, le informa de que tienen la información de que Milena ha cruzado la frontera de Serbia. Fernando, desconcertado y devastado por ese inexplicable abandono, decide marcharse a Portugal con la intención de volver a empezar su vida desde cero. En Portugal conocerá a Amalia (María de Medeiros), una mujer que también ha tenido que dar la espalda a su pasado.

Una quinta portuguesa es un espléndido ejercicio de escritura. No sólo por la concepción de las tramas y sus giros, sino también por la construcción de personajes. La película se puede considerar un drama con tono de thriller o al revés, un thriller con aire de drama. En cualquier caso, ofrece una estrategia de construcción de identidades enormemente sugerente. Los personajes —y nosotros, los seres humanos reales— van recreando su identidad en base a relaciones y vínculos: los que se pierden y los que se adquieren. Fernando es un apasionado de los mapas, pero pierde el interés en ellos cuando se queda sin el mapa de su propia vida y ya no sabe cuál es su hogar, ni qué camino debe coger. Toda su motivación como profesor se esfuma cuando se queda sin el objeto de su amor. Sin embargo, la vida le dará la oportunidad de encontrar su nuevo lugar en el mundo, su nueva carta de navegación.

La puesta en escena es sencilla y esencial, del mismo estilo que mostró Avelina Prat en Vasil. Espacios habitados por personajes, y personajes que se van revelando -y autorrevelando- en espacios: una casa, un huerto, una quinta, una cafetería. Avelina sabe hacer que los personajes transmitan su misterio más que su evidencia, y por ello la película es un thriller que no se ve, pero que se nota. Ama tanto a sus personajes que no les va a dejar tirados en la cuneta, pero tampoco les va a ofrecer una salida ingenua o irreal.

Una quinta portuguesa es una película sin antagonistas, poblada de personajes heridos pero buenos, una cinta llena de silencios, miradas, en la que no hay reproches ni se juzga a nadie. Nos habla de soledad, de inmigración, de amor, de perdón, de segundas oportunidades, de la búsqueda del hogar y de identidad. Pero sin que se note. Es la gran virtud del filme.

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