Zapatero, ¿calienta que sale?
No puede ser que Zapatero tenga pasaporte diplomático, Sánchez le deja hacer y ambos se crean que no deben explicar sus lazos con el chavismo, China o Marruecos
Sin necesidad de especular sobre los oscuros negocios que casi todo el mundo le supone a Zapatero, en comandita ocasional con otros socialistas de rancio, hípico o monclovita abolengo, su papel conocido ya es espeluznante y su influencia en las decisiones de Pedro Sánchez, escandalosa.
De Zapatero intuimos que su aparente labor de «mediador» no es precisamente gratis y que su «mediación» tiene poco de diplomática y mucho de blanqueadora: allá donde un sátrapa, un régimen represor o una organización populista necesitan una cierta pátina de dignidad, aparece el expresidente socialista a intentar adecentarlo, como si en lugar de un «consigliere» fuese una mezcla de Teresa de Calcuta y Nelson Mandela.
El rastro de esa «diplomacia» es evidente y su huella con el chavismo es ostentosa, extendida a Cuba y presente en ese «Grupo de Puebla» que reúne al decadente populismo hispanoamericano, dándole entre todos una cobertura a un régimen dictatorial, represivo y delincuencial al que Zapatero ha prestado servicios durante casi una década.
Menos evidente es su labor lobista con China y, aún menos visible, sus posibles lazos en Marruecos, aunque en ambos frentes hay pruebas e indicios: participa en la principal entidad española dedicada a defender los intereses chinos, de nombre Gate Center, presta servicios como «consultor» a la tecnológica Quick Laser y sus viejos amigos de la consultora Acento se han dedicado, nada menos, a cuidar los intereses agrícolas de Rabat en Bruselas, coincidiendo con el tiempo en el que el tomate del país vecino ha superado en ventas al español en Europa.
Es decir, no hay duda ya, sin necesidad de elucubrar sobre la legalidad de nada, de que Zapatero compatibiliza una aparente acción política con una agenda económica, lo que no sería del todo llamativo de no ser por tres cuestiones fundamentales: si de una u otra forma daña los intereses españoles al anteponer la satisfacción de los de sus contratantes y su lucro personal; si además se presta a auxiliar a sátrapas crueles como Nicolás Maduro para torpedear la respuesta institucional que merecía y si por último consigue orientar las decisiones del Gobierno de España para
Sintonizarlas con sus necesidades y las de sus patrocinadores; el escándalo es mayúsculo. No digamos ya si, además, hay rastro de consecuencias penales en cualquiera de esos escenarios.
De todos esos asuntos, su influencia en la política exterior de Pedro Sánchez sería el más grave, pues arrastraría en el viaje la posición de España en el mundo, su credibilidad como socio y sus expectativas económicas, comerciales e institucionales.
Y es ahí donde se activan todas las alarmas. Porque hay una coincidencia pasmosa entre los espacios donde Zapatero desarrolla sus opacas actividades y los volatanzos geopolíticos de Sánchez: en Marruecos pasó de acoger al líder del Frente Polisario a ceder el Sáhara a Mohamed VI; con China ha intimado hasta el punto de defender la rebaja arancelaria para la importación de sus coches eléctricos y, en Venezuela, la sintonía con el chavismo ha sido simplemente absoluta.
Porque el Gobierno del PSOE avaló dos pucherazos consecutivos, por el método de olvidar rápido a Guaidó y de no reconocer nunca a Edmundo González; prestó su embajada para extorsionar al ganador de los comicios y finalmente expulsarlo; despreció a la oposición democrática de María Corina Machado; renunció a encabezar la postura europea frente a la narcodictadura y, ya con el sucesor de Chávez apresado, se ha alineado con México o Colombia, en lugar de que con Europa, en su patética posición de atacar a Estados Unidos y proteger al capo detenido.
Hasta ahora podíamos pensar que todo ello obedecía a la delirante deriva ideológica del PSOE, iniciada por Zapatero y culminada por Sánchez, pero en adelante está más que justificado preguntarse si además todo esto era, antes de nada, un negocio: Suiza ya ha anunciado la congelación de todos los activos que el patriarca chavista pudiera tener en sus bancos. Aquí, al menos, debemos preguntarnos si el oro negro del chavismo tiene algo que ver con la prosperidad de un expresidente y, entre otras muchas cosas, con el ascenso de su sucesor a patriarca de la Internacional Socialista.
Hace apenas unas semanas, el PRI mexicano tildó de corrupto a Pedro Sánchez. Hoy sabemos que su mentor o ahijado, según el día, puede estar siendo ya investigado por la justicia americana en la misma causa que uno de los jefes del Clan de los Soles. Hay presidentes, en fin, cuyo cargo es un disfraz: Maduro es un ejemplo y, por razones obvias, Zapatero y Sánchez le deben una buena explicación a los españoles.