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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Pedroche y la cosificación de las mujeres

Las azafatas también daban sus campanadas y la progresía a tiempo parcial se lo prohibieron

En fechas similares, Cristina Pedroche se hizo muy célebre en toda España por presentar las campanadas ligera de ropa y todas las azafatas de eventos deportivos se quedaron sin trabajo por ser «cosificadas», ese palabro absurdo del mismo neolenguaje empoderado e inclusivo que contamina la comunicación y hace que los tontos naturales parezcan aún más tontos y peligrosamente contagiosos.

La contradicción entre el éxito de una y el infortunio de todas las demás no retrata a la primera. Hace muy bien en utilizar todos los recursos a su alcance, de manera voluntaria, para lograr un objetivo que nadie rechazaría: ganar mucho dinero haciendo voluntariamente algo que le gusta sin demasiado esfuerzo y en unas horas.

Todas las críticas posteriores son legítimas, pero ninguna de la suficiente enjundia como para rechazar el impulso original de todo: aceptar un encargo y obtener a cambio una popularidad enorme y unas ganancias formidables, por lucir palmito, aunque luego se pretenda rodear de otros adornos ciertamente hilarantes.

Nadie la ve por sus discursos sobre el cáncer, por muy loables que sean, ni por los vestidos, como nadie veía las películas de Esteso y Pajares por los chistes, ni se quedó hasta las tantas a esperar a Sabrina por sus canciones. Y no pasa nada.

El asunto es que aquellas azafatas hacían lo mismo: asumían una función bien remunerada sin coacciones de nadie y perdieron su trabajo por ese paternalismo a tiempo parcial que solo actúa cuando sus víctimas no tienen la defensa de Pedroche o de tantas otras mujeres guapas que actúan en televisión y, más allá de sus virtudes estrictamente profesionales, gozan de una belleza determinante en su selección laboral frente a otras aspirantes menos agraciadas.

No hace falta repasar la nómina de presentadoras, especialmente en la sección meteorológica, para entender que la buena presencia es determinante en el encargo de su cadena: no es condición suficiente, pero sí lo es determinante, y a empate de solvencia comunicativa la balanza se decanta siempre por la más atractiva. Y no pasa nada: así es la vida, una constante competición en la que todos deben poder participar, que se decanta, finalmente, por razones elementales de potencial ganador, en estos casos en la audiencia.

Así que nada de poner a escurrir a la Pedroche, pero sí un poco de contención en quienes persiguen a otras mujeres para defenderlas de sí mismas, sin preguntarles, asumiendo una decisión que solo les corresponde a ellas, repitiendo comportamientos del pasado con una falsa apariencia progresista que, en realidad, es profundamente reaccionaria.

La cuestión es que nunca importa el «qué», la causa de fondo; sino el «quién», la explotación política del asunto en beneficio propio: las violaciones y delitos sexuales desaparecen de la disputa si las perpetran inmigrantes irregulares; la libertad de expresión, sacrosanta para el Quequé o el Pablo Hasel de turno, se desvanece si la ejercen 'Los Meconios', y el cuerpo de la mujer no es una cosa manipulada por el heteropatriarcado si lo luce la señora correcta.

A Pedroche le quedan dos Nocheviejas, a lo sumo, porque la Ley de la Gravedad es inmisericorde y en esa subasta puntúa menos lo que no sobrevive al amigo Newton. Pero que le quiten lo bailado y que, como a ella, los puritanos fijos discontinuos no prohíban más bailes del resto. Las damas guapas van a seguir existiendo y se apañan muy bien ellas solitas.

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