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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Vacaciones sanchistas en el país de los perezosos

De todos los males provocados por este haragán, conseguir que trabajar parezca de bobos es uno no menor

El absentismo es un problema estadístico, económico y cultural porque en España trabajar es de 'pringaos' o poco productivo para uno mismo, que dedica la mitad del sudor de su frente a mantener incluso a quienes le insultan o atracan, dentro y fuera del Parlamento.

De todas las brechas existentes, la laboral va a ser una de las que marque el futuro y genere más enfrentamientos: entre los trabajadores y los receptores de subsidios; entre los jóvenes y los pensionistas; entre los precarios y los estables; entre los autónomos y los funcionarios.

Todo son vasos comunicantes y esa dicotomía, junto a otras como la existente entre el campo y la ciudad o entre los españoles y los inmigrantes, decantarán mucho más el debate público que el eje entre izquierda y derecha, solo alentado por quienes carecen de discurso, energía y propuestas para responder a los problemas y desafíos que los ciudadanos sienten y se enredan en disputas artificiales que magnifican asuntos menores para generar bloques cada vez menos permeables, felizmente, a tan fatuos cantos de sirena.

En ese paisaje, negado un poco por una derecha asustada o hiperventilada, pero sobre todo por una izquierda zángana y profundamente reaccionaria que mira hacia atrás, a un mundo que ya no existe, por su manifiesta incapacidad para construir algo positivo en el mundo que llega, nos guste mucho o poco, la salud laboral es un termómetro espléndido.

Y se nos amontonan las malas noticias, maquilladas en balde con trucos contables que han convertido las estadísticas oficiales del Gobierno, en general, en un burdo trasunto de los sondeos manipulados del CIS.

Lo cierto es que, frente al optimismo artificial de Sánchez y sus mariachis, España bate su récord en subsidios de desempleo; la productividad tirita, las horas trabajadas reales no despegan, el poder adquisitivo de los salarios se ha desplomado y solo Grecia se ha empobrecido más en toda Europa.

Si a eso se le añade una fiscalidad confiscatoria para la empresa y para las rentas del trabajo, un encarecimiento global de todo hasta límites insoportables y un intervencionismo sin precedentes del Gobierno en la actividad económica, la conclusión es desasosegante: el único sector que funciona y hasta mejora es la industria política, que ha decidido esquilmar a la mitad de España para mantener a la otra mitad, con la esperanza de que el segundo grupo entienda que el precio de financiar su indolencia es pagarlo con un voto.

Y va Pedro Sánchez y se coge dos semanas de vacaciones andorranas, canarias, africanas o todo un poco a la vez, sin haber hecho los deberes presupuestarios, sin una mayoría parlamentaria que le convierte en un fraude, sin atender junto a otros dirigentes europeos la importante cumbre entre Trump y Zelensky, sin dar ninguna explicación decente al desastre judicial, moral y financiero que encabeza y sin parecerse, al menos un poco, a esos millones de españoles que pagan todas las fiestas y apenas tienen un par de días de descanso en Navidad.

El líder del PSOE es un mal ejemplo en todo, y también en esto: su apuesta asistencialista con dinero ajeno sacrifica las ganas de trabajar en el altar de la comodidad subvencionada, que no da para lujos, pero sí para sobrevivir sin dar palo al agua; lanza el mensaje de que lo mejor es ser empleado público; asusta al emprendedor y asfixia al empresario y finalmente genera pobreza.

Que en España el sueldo más habitual sea parecido al Salario Mínimo Interprofesional, cuyas constantes alzas son solo una trampa recaudatoria favor de Hacienda, lo dice todo.

Pero quién va a querer trabajar si lo que ve, como paradigma de la vagancia, es a un presidente en una tumbona, rodeado por una catedrática de saldo y un músico de charanga, tostándose por dentro o por fuera en algún paraíso mientras, como la Roma de Nerón, España arde devastada por las llamas que él mismo ha prendido.

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