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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Por qué los jóvenes y las mujeres también desprecian a Pedro Sánchez

El 'influencer' no conseguirá superar la evidencia de que ellas saben que no les irá como a Begoña y ellos que tampoco vivirán como las hijas de Zapatero

Algún lumbreras del Departamento de Genialidades de La Moncloa, que ya es más grande que el pabellón de Soto del Real previsto para albergar al sanchismo para una larga temporada, le ha dicho a Sánchez que los jóvenes de España son imbéciles, como proyectando en ellos la imagen que el espejo le devuelve de sí mismo.

Y que hablándoles por TikTok de discos que no ha escuchado y de libros que no ha leído puede seducirles. Sánchez hace así como esos cincuentones despistados que acuden a la noche a los antros juveniles, se pone una vieja cazadora de cuero abrillantada con grasa de camello, se arrima enrollado a la chavalería y, cuando les ve reírse, cree que es con él y no de él e incluso sueña con haber seducido a una de las zagalas.

Le pasa también con las mujeres: pone dos puntos violetas, dice «los» y «las» cada 20 segundos y cacarea palabros como «empoderamiento», convencido de que ellas serán tan tontas como los jóvenes y le saldrá bien barato llevárselas al huerto electoral. La última ocurrencia va en la misma línea: él no puede pisar la calle sin que le piten los tímpanos como a un buzo en descompresión, pero ha abierto La Moncloa para que el gentío la vea, a distancia, en algo que ha llamado house tour para hacerse el gracioso y el cercano.

Los chavales ven a un marciano que, en lugar de hablarles de sus problemas reales, que son el trabajo y la vivienda, les intenta enredar en un universo paralelo ficticio donde la agenda socialista pretende convertir la homofobia, el fascismo, el cambio climático o el racismo en el centro de sus vidas, aunque en realidad sean asuntos cuantitativamente menores, salvo en las alocadas cabecitas de estos lumbreras del sectarismo.

Y las mujeres se ven currando fuera y dentro de casa como nunca y con dificultades para llegar a final de mes o ya de semana, y alucinan indignadas con un tipo que las confunde a todas con las charos que le rodean a cambio de un salario inaccesible para ellas: la única señora que ha prosperado con el «feminista» de cartón piedra es la propia, Begoña Gómez, en una metáfora incontestable del resumen de sus políticas: uno de los mayores paros femeninos de Europa, un incremento terrible de los delitos sexuales, una reducción aparatosa del poder adquisitivo y una pocilga de acosadores y puteros en el propio entorno del presidente, deudor de la financiación inmobiliaria de su suegro proxeneta.

Enseñar ahora un palacio mientras la afición no encuentra piso y se legisla a favor de los «okupas», quizá porque Sánchez sabe en su fuero interno que él es uno de ellos, pertenece a la misma categoría de indecencias cretinas a la desesperada y de falta de respeto a los ciudadanos, a quienes se trata de rebaño al que conducir con un poco de alfalfa, como a los pensionistas y a los funcionarios, que tampoco son bobos.

Todos los sondeos serios recogen un hundimiento histórico de Sánchez en expectativa de voto juvenil y femenino, lo que en sí mismo es una respuesta inapelable a los magos del marketing político que, con el dinero de todos, se sacan cada día conejos más enjutos de la chistera.

No es que los jóvenes sean cada vez más fachas y las mujeres cada día menos feministas; es que simplemente comparan sus vidas y expectativas con las del «inquiokupa» hortera en cuestión, con la pléyade de caraduras que le acompañan, y votan en defensa propia.

Porque a ellos no les va ni como a la esposa del Pedrito influencer ni como a las hijas de Zapatero. Un respeto.

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