Navidades sanchistas inclusivas
Qué bello es vivir el solsticio de invierno en algún palacio o quinta con los mejores invitados del planeta
Cuando tenga usted el detalle de leer estas líneas, Pedro Sánchez y los Suyos, como un grupo musical de esos que tocan en las cubiertas de cruceros, habrá devorado ya algún animal cuadrúpedo y se aprestará a hacerlo con otros con muchas patas, dos conchas de distinto tamaño, rugosidad y color, alguna espina o varias alas, según el memorable menú que la mesa familiar de un presidente legendario, por encima de Roosevelt y solo un palmo por debajo de Dios, merece.
Con los mejores caldos, cerca de La Esposa y El Cuñado, el dúo humorístico que lo mismo te suelta un monólogo sobre el fundraising, tan divertido que se lo quitan de las manos, que te aporrea el piano para envidia de Franz Liszt, menos virtuoso que el compositor chirimoyo al que los Reyes le traerán un GPS para dar por fin con la oficina.
Algunos más estarán presentes con El Elegido en algún punto indeterminado de la geografía española, o fuera de ella para disfrutar del agradable clima africano, bueno para la dermatitis, con seguridad en un palacio o una quinta con las habitaciones suficientes para albergar a los invitados: un Salvador Illa, un José Luis Rodríguez Zapatero, los chicos del Ramiro o tal vez algún venezolano, chino o marroquí de confianza, para darle multiculturalidad al jolglorio, celebrado con un «Felices Fiestas» para no ofender a nadie con el empleo del término Navidad, peligrosamente privatizado por la ultraderecha, como la palabra o la bandera España.
No sabemos todos los detalles porque el Patriarca los esconde por razones de seguridad nacional o los llama «secreto de Estado», utilizando una ley aprobada por Franco en 1968, que no todo iba a ser malo y entre dictadores siempre hay al fondo un guiño, un algo, una complicidad: solo ellos saben lo que sufren por cargarse la Nación a cuestas.
Del último descanso de Sánchez y el Clan de las Chirimoyas sí conocemos al menos el coste, por cortesía del departamento de investigación de El Debate, ese engorro que comete día sí y día también la tropelía de ponerle la lupa a El Gran Timonel, como si no tuviera el hombre derecho a hacer lo que le salga de la batuta al hermano: en agosto, mientras España ardía, los españoles dedicaron 45.000 euros a sus vacaciones canarias, con invitados sin identificar pero a buen seguro perfectamente coherentes con el anfitrión.
Una pena no poder confirmar que entre ellos estaban Nicolás Maduro, Barbie Gaza, algún familiar de Soros, un fabricante de coches eléctricos chinos, la mamá o el papá de Greta Thunberg si Greta andaba ocupada buscando focas para salvarlas con un boca a boca, el jefe de la UME y el de TVE, el excomisario Segundo, su punto de Bildu, el jefe de la Inteligencia marroquí o la gran Teresa Ribera con sus patrocinadores.
Todo gente de bien, a la que gustosos aplaudiríamos con la sensación de que les dedicamos menos dinero del que merecen, porque la España del cohete es una desagradecida y no disfruta de tener la macroeconomía más grande que el zapato de un payaso.
No es difícil imaginar que en la estampa navideña de Pedro y los Suyos hubo tiempo para escuchar al Rey, con uno de esos discursos que valen para la Nochebuena y el estado de la Nación, pero también para darle el Nobel de Física al pionero en demostrar el efecto túnel cuántico macroscópico o condecorar a un naturalista por lograr la reproducción de pingüinos de Humboldt en cautividad y soltarlos luego en Valencia, para ayudar de algún modo que no alcanzamos a entender a las víctimas de la Dana.
E incluso, antes del ocaso y con la luna del solsticio laico e inclusivo, de pedir tres deseos navideños: que la UCO sea como RTVE, que todos los jueces se parezcan a Baltasar Garzón y que los sondeos del CIS computen como resultado electoral sin necesidad de molestarnos en votar.
Qué bonita la Navidad sanchista. Se le ponen a uno los pelos de punta al temer que sea la última y para la próxima, en vez de disfrazarse de presidente, lo tenga que hacer el pobre con un pijama de rayas.