El Clan de las Chirimoyas
El estadista, la catedrática y el músico, tres genios juntos para un extraño cuento de Navidad
La «Danza de las Chirimoyas» es la magna composición del insigne David Sánchez Pérez-Castejón, una obra inclasificable que, a juicio de los especialistas, podría ser causa de imputación si por ejemplo Puigdemont dijera que hay que tipificar ese nuevo delito en el Código Penal y borrar el de traición: ahí acudiría raudo el General Secretario del PSOE a modificar lo que fuera menester, aunque en el viaje se inmolara ese señor del que le hablan que en realidad es su hermano, poco lumínico.
Más allá de todos los abusos de Sánchez y de su entorno, que dan para una ampliación de «El Padrino» de Mario Puzo o «La Cosa Nostra» de John Dickie, hay una curiosa debilidad añadida en los episodios más cercanos a don Petrone: la necesidad de reconocimiento, la vanidad más arrogante, el protagonismo más disparatado y, en síntesis de todo ello, la falta de pudor, entendida como ese mecanismo de defensa para no exponerte a riesgos incompatibles con la dimensión de tu talento.
Hemos visto a Begoña Gómez perorando como una urraca tartaja sobre cómo gestionar un restaurante, llenar la España vaciada o captar fondos públicos y privados; sin asomo de ese alipori que puede ignorarse una vez, en el bautizo en público, pero no dos: en ese caso la imprudencia se convierte en inconsciencia y se impone al resto una participación incómoda en un espectáculo que debería acabar con ella en el pilón del pueblo, pero lo hace en una cátedra de cartón piedra.
Y también hemos visto al filarmónico David perpetrando eso de las chirimoyas que la ONU podría considerar tortura por consenso de todas las naciones: no contento con lograr un empleo a dedo, sin saber dónde está la oficina ni a qué se dedica, además quería acercarse a Mozart, con una sinfonía que suena a dolor de tripas y tiene un nombre idóneo para los artistas del pareado insultante.
Esa codicia, que ya veremos si además es económica, es la misma que mueve a Pedro Sánchez, convencido como la señora y el hermano de que se merecen todo lo que anhelan, de que el mundo está en deuda con su genialidad y que todo pueden perseguirlo y cogerlo para hacer justicia consigo mismos.
Una se pone birrete, coloca a una amiga en La Moncloa, viaja al extranjero con Air Europa y Aldama, diserta sobre la economía circular, llama a multinacionales, cita a rectores y se cree una mezcla de Jane Goodall, Ana Botín y Maribel Verdú.
El otro da por supuesto que él le viene mejor a Extremadura, con sus óperas, que la central de Almaraz, la protección del campo o un tren decente y considera que un paisano prefiere sus chirimoyas que un régimen financiero justo, sin insultos del nacionalismo catalán, que dice ser robado por los extremeños y en Moncloa asienten.
Al final de ese perfil psicológico irrumpe Sánchez, que también dispara sus expectativas aunque no encajen en la realidad: no gana unas elecciones, pero debe ser presidente; no puede ni aprobar unos presupuestos en toda una legislatura, pero tiene la solución al cambio climático; y no puede liberarse del secuestro de Otegi, Junqueras y compañía, pero tiene claro cómo lograr la paz en el mundo, que se preparen Putin y Netanyahu que aquí llega esta simbiosis de Kennedy, Palme y Gandhi.
La catedrática, el músico y el estadista componen el cuadro definitorio del sanchismo y obligan a preguntarse qué nos ha pasado para que los impostores dirijan la función, se ofendan cuando les pillan in fraganti y, en lugar de huir, desaten su ira sobre los espectadores. Ahora que estamos en Navidad, es como si el Míster Scrooge del cuento de Dickens nos achuchara él sus fantasmas y, en vez de villancicos, hubiera que poner en las casas las puñeteras chirimoyas de las narices.