La casa de los gemelos
No sé qué nos extraña del éxito de un engendro así con el panorama que tenemos
Por lo visto es el éxito de la temporada. Se llama La casa de los gemelos y no se emite por la televisión convencional, aunque tiene más audiencia que muchos de sus programas. Va, o eso he creído entender, de encerrar en una casa a un grupo de personajes que en una sociedad medio normal estaría en tratamiento, en prisión o quizá las dos cosas a la vez.
Que me perdonen la osada conclusión: puede ser algo maravilloso y yo, que voy teniendo una edad, no enterarme. Pero la sensación al ver los resúmenes es esa: un grupo de groseros, agresivos, tontos, vulgares, con las neuronas justas para no defecarse encima, algo que no siempre deben conseguir. Tampoco utilizar el lenguaje con algo de decoro: suenan guturales, entre rebuzno y regüeldo, hasta el punto de que es difícil distinguirles una amenaza de muerte de una declaración de amor.
Tiene la cosa algo de documental de animales de La 2, de esos que graban ritos caníbales o de apareamiento nocturnos, y quizá ahí radique su popularidad: el morbo es una característica especialmente humana, como exponerse al peligro y hacer un sinfín de cosas ajenas a la alimentación, la supervivencia y la procreación, que es cosa estricta de animales.
Quizá la critica nazca de la ignorancia, pero a determinadas edades la curiosidad se va enterrando en la memoria y la nostalgia ocupa el espacio de la novedad, especialmente cuando lo moderno es una zahúrda de trogloditas explotando las discapacidades de otro, presumiendo de incultura y dejándose explotar por los inventores del formato, que en algunos pasajes me ha parecido de cárcel, cercano a aquella película, The running man, que enfrentaba en un concurso a criminales convictos con asesinos profesionales con el premio o el castigo de salvar o perder la vida.
Las manifestaciones extremas, en cualquier ámbito, siempre son un síntoma de algo más masivo, retratan un tiempo desde la caricatura grotesca o el peligro en ciernes y solo medran en un ecosistema proclive a ello. Aquel filme era de 1987, lo protagonizaba Arnold Schwazenegger y planteabla la distopía para 2017, ocho años antes de nuestro tiempo.
Pareció un divertimento, alejado de Orwell, Huxley o Bradbury, pero era un anticipo musculado de un futuro que ya está aquí y plantea una duda: ¿Cómo va a acabar la sorprendente coincidencia en el tiempo entre el mayor desarrollo tecnológico de la historia con las peores cotas de bajeza humana en mucho tiempo? Podría parecer que este artículo va de La casa de los gemelos, pero los friquis realmente inquietantes están en otros lares y también retransmiten una parte de sus vidas en directo.
Se reúnen los martes en Consejo de Ministros y tienen por patrón a un señor con su banda a punto de entrar en prisión, detenida o procesada; no se deja preguntar por nada; adelanta las Navidades y se va de vacaciones con el país colapsado y de fango hasta las cejas; insulta o acusa a quien lo intenta y convive, a duras penas, con un enano moral que viene de ETA, un racista huido a Bélgica y un gordito que quiere desmembrar España. Al lado de estos, la tal Falete y la cual Nissy son lindos gatitos necesitados, eso sí, de Aerored.