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Alfred Hitchcock, en una imagen de 1960

Alfred Hitchcock, en una imagen de 1960GTRES

Historias de película

El trauma infantil de Hitchcock que marcó su cine: ¿de dónde viene su miedo a la policía?

La autoridad como amenaza fue una constante en su cine que apareció en 30 de sus películas

Cuando se piensa en los elementos más paradigmáticos del cine de Alfred Hitchcock, seguramente las primeras imágenes que nos vienen a la cabeza sean las actrices rubias, sus simpáticos cameos y un elemento formal que él popularizó enormemente: el plano subjetivo, esto es, mostrar lo que está viendo el personaje desde su punto de vista como si la cámara fueran sus ojos. Si se hiciera un cálculo porcentual, estos serían los elementos que más se repiten en sus películas porque, como él mismo decía, «el autoplagio, es estilo».

Pero en el estilo de Hitchcock hay otro elemento que aparece de manera reiterada en sus películas y es la policía entendida como una amenaza para el protagonista, para ese protagonista con quien nosotros siempre empatizamos. Esta obsesión suya por arremeter contra la policía, o reírse de ella, o mostrar el miedo ante su acoso, la hizo a veces extensible hacia los servicios secretos, los detectives, los investigadores privados o los jueces. Es decir, todos aquellos que ejercen una autoridad evidente sobre el ciudadano de cuya mano, ya saben, nosotros vamos. A veces son persistentes y eficaces, pero otras desconfiados o incompetentes. Lo que sí es cierto es que a Hitchcock, la policía no le gustaba.

En Yo confieso (1953) y Falso culpable (1956) será la policía quien confunda al criminal y acose a Montgomery Clift y a Henry Fonda, respectivamente, haciéndoles pasar por un angustioso calvario que constituirá el grueso del filme. En Atrapa a un ladrón (1955) y en Con la muerte en los talones (1959), la policía persigue incansablemente a Cary Grant, en la primera porque cree que su personaje, John Robbie, el Gato, es el autor de una serie de robos de joyas en la Riviera y en la segunda porque cree que es el asesino de un miembro de las Naciones Unidas.

Hitchcock incluso se permitió ridiculizar a la policía en varias ocasiones en que no la pintó como una amenaza, pero sí como un objeto de mofa. Tal es el caso de La ventana indiscreta (1954) donde el amigo de Jeff queda como un patán incapaz de ver las pruebas que él y Lisa le están poniendo ante sus ojos, o de Crimen perfecto (1954), donde el exceso de flema británica del actor John Williams nos resulta muy antipática al principio.

En Vértigo (1958), Scottie -maravilloso James Stewart- es un policía incapaz de ejercer su labor por su miedo a las alturas hasta el punto de que un compañero muere por su culpa, al tiempo que un juez inmisericorde le recuerda su inutilidad con durísimas palabras cuando en circunstancias similares muere Madeleine. Vemos sendos juicios en los que nuestro protagonista se siente acorralado y acosado en Rebeca (1940) y El proceso Paradine (1947).

Aunque quizá el filme en el que acoso de un policía es especialmente angustioso es en Psicosis (1960) en la que, mientras Marion huye con los 40.000 dólares que acaba de robar, despierta las sospechas de un policía que irá siguiéndole los pasos durante un rato para observar su sospechoso comportamiento.

Y así una larga lista de películas que incluye también El enemigo de las rubias (1927), La muchacha de Londres (1929), El hombre que sabía demasiado (1934), Los 39 escalones (1935), Sabotaje (1936), Alarma en el expreso (1938), Sabotaje (1942), La sombra de una duda (1943), Encadenados (1946), Pánico en la escena (1950), El hombre que sabía demasiado (1956), Cortina rasgada (1966) o Frenesí (1972).

El origen del miedo irracional de Hitchcock a la policía

Pero, la pregunta sigue siendo la misma: ¿Por qué? ¿Qué le pasaba a Hitchcock con la policía que tanto la temía? Él mismo lo explicó en el libro entrevista publicado por François Truffaut, El cine según Hitchcock, publicado en 1966, en donde cuenta que un episodio de su infancia le marcó profundamente y alteró para siempre su imagen sobre la policía y la autoridad. Así lo explicaría:

«Tengo un miedo a la policía que se remonta a mi infancia. Tenía cinco o seis años. Mi padre me mandó a la comisaría con una nota para el comisario. Éste la leyó y me metió en una celda durante cinco o diez minutos diciéndome: 'esto es lo que se hace con los niños malos'. Desde entonces, tengo miedo a la policía. Ni siquiera puedo ver a un policía sin ponerme nervioso, y eso que no he hecho nada malo». De ahí, explicaría, que sus películas estén llenas de falsos culpables que son perseguidos por la policía y su miedo irracional a su acoso. Por esta razón, añadiría, decidió no aprender nunca a conducir porque no podía soportar la idea de que le pusieran una multa o la policía le parase en mitad de una carretera.

Es sabido que a Hitchcock le gustaba adornar sus anécdotas con florituras. Hoy nos parece imposible que un padre dé un escarmiento de esa naturaleza a un niño de cinco años. Pero lo cierto es que, en casi una treintena de películas de Hitchcock, entre las británicas (incluyendo las mudas, por supuesto) y las americanas, el acoso policial y el miedo a la policía es una constante. Y saber que esto nació de un trauma infantil del propio del director es más cinematográfico aún.

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