Gerry Gregg, en una imagen de archivo
Entrevista
Gerry Gregg, el director que retrata el horror del IRA: «No me han amenazado directamente, pero sí he sentido cierta atmósfera de amenaza»
El cineasta irlandés explora la identidad nacional, la violencia política y el legado del conflicto en cada uno de sus trabajos
Gerry Gregg, uno de los documentalistas más destacados de Irlanda del Norte, ha construido una sólida trayectoria como cronista visual de la historia y los conflictos sociales de su país. Con más de tres décadas de experiencia en la televisión y el cine documental, Gregg es conocido por su enfoque riguroso, su compromiso con la verdad y su capacidad para abordar temas complejos desde una perspectiva humana y crítica.
Graduado con honores por la Universidad de Dublín, pasó ocho años en la cadena pública irlandesa (RTÉ) como productor y director de distintos programas de televisión. En 1989, lo dejó para fundar su propia productora, Praxis Pictures, nacida con la intención de realizar obras que desafíen el «consenso nacional». Desde entonces, ha producido y dirigido numerosos documentales que exploran la identidad nacional, la violencia política, el legado del conflicto en Irlanda del Norte y los desafíos de la justicia social.
Su estilo narrativo directo, apoyado en una investigación exhaustiva y testimonios contundentes, le ha valido reconocimiento tanto en el ámbito periodístico como en el cultural, recibiendo el Emmy Internacional por Bloody Balkans: Witness to Murder, que narra la masacre de 112 hombres y niños albanokosovares en un granero de la aldea de Krushe y Vogel a manos de las fuerzas serbias.
De forma reciente, ha participado en la mesa redonda El legado de la violencia en Irlanda del Norte, en el marco del curso Las víctimas del terrorismo, organizado por la Universidad CEU San Pablo y donde ha presentado a la comunidad española su último proyecto, Face Down: The Killing of Thomas Niedermayer, que refuerza su papel como una de las voces más influyentes del documental contemporáneo.
— Sus obras abordan temas históricos o sociales irlandeses. ¿Por qué es tan importante para usted contar la historia de Irlanda del Norte?
— Como ciudadano de la República de Irlanda, me preocupa profundamente que posibles desórdenes civiles y conflictos étnicos puedan llevar a la isla a una guerra civil similar a las de los Balcanes. Por eso, hago todo lo posible por destacar los lazos comunes entre las personas, más allá de sus diferencias.
Además, creo que el movimiento republicano –Sinn Féin (Nosotros mismos), vinculado al IRA– cometió actos de violencia en nombre de todo el pueblo irlandés. Es necesario examinar lo que hicieron en la práctica. En mi opinión, crear una guerra contra el propio pueblo irlandés, sin tener un mandato concreto para bombardear, disparar o matar. Asesinaron a compatriotas irlandeses, muchas veces por diferencias religiosas, a pesar de que esas personas llevaban siglos viviendo en Irlanda. Mi motivación principal es preservar la democracia irlandesa y fomentar la convivencia entre comunidades, no el odio.
— Uno de sus proyectos más destacados es Face Down: The Killing of Thomas Niedermayer, que sigue el secuestro de un hombre de su casa de Belfast en diciembre de 1973.
— Thomas Niedermeyer era ciudadano alemán y cónsul honorario de Alemania Occidental en Irlanda del Norte. Su «delito», por así decirlo, fue generar empleo para miles de personas. En ese momento, el IRA Provisional quería convertir Irlanda del Norte en un páramo económico, así que cualquiera que impulsara el desarrollo era considerado enemigo.
Lo secuestraron y lo asesinaron cuando intentó escapar. Su cuerpo fue hallado ocho años después, enterrado en una fosa poco profunda, a apenas dos kilómetros de su casa. Su familia fue destruida: su esposa se suicidó en 1990, sus dos hijas en 1992 y 1994, y su yerno en 1999. Ninguna de estas muertes figura como víctimas de los disturbios, pero muestran cómo el terrorismo traumatiza profundamente. Los responsables pensaban que su muerte era aceptable por una causa mayor: la «libertad irlandesa», un concepto muy abstracto. Yo no creo en esas abstracciones. Me importan las personas reales de carne y hueso que quedaron atrás intentando hacerle frente, completamente destruidas.
Mi motivación es preservar la democracia y fomentar la convivencia entre comunidades, no el odio
— ¿Cree que el documental puede ayudar a sanar heridas históricas o generar un diálogo nacional?
— Buena y difícil pregunta. Es mucho más fácil acumular odio que construir vínculos humanos. Me siento mucho más feliz intentando fomentar sus lazos comunes, aunque la gente me diga: «¿Por qué te has vuelto en contra de la tribu?». No me interesa ser una voz servil del nacionalismo irlandés. Quiero hacer que se cuestionen: ¿realmente queremos esto?, ¿vale la pena el precio a pagar? ¿Justificamos masacrar o humillar a personas solo porque tienen otra religión?
Una historia bien contada puede detener a alguien en seco y hacerlo reflexionar. Una buena película puede ofrecer una nueva perspectiva del mundo bajo una nueva luz. Ese es mi objetivo: no hacer películas fáciles que refuercen consensos cómodos, sino que desafíen al espectador.
— ¿Qué papel juega la narrativa emocional en sus proyectos?
— Juega un papel crucial. Hoy, por ejemplo, hablé ante una audiencia académica acostumbrada a datos y hechos. El ejercicio es cerebral, fáctico. Pero el cine es emocional, va directo al corazón antes que a la mente y al intelecto. Por eso puede ser tan poderoso... o peligroso en determinadas manos. Y precisamente por eso hay que reconocer la naturaleza de la bestia. La conexión emocional es clave. Quiero que el espectador se ponga en la piel de quienes aparecen en pantalla. Si estuvieras en su lugar, ¿cómo te sentirías? Eso puede abrir más mentes que cualquier argumento lógico.
Fotograma de Face Down: The Killing of Thomas Niedermayer
— Un documental no tiene un guion tan definido como el de una película, ¿se escribe sobre la marcha, en la sala de montaje...?
— Es una combinación. Cuando era productor en prácticas me dijeron que planificara lo máximo posible, como si fuera una expedición por el Amazonas: necesitas agua, provisiones, un mapa. Pero también hay que estar abierto a la magia del momento, a que suceda algo que no habías previsto y que haga que valga la pena seguir adelante.
Eso sí, la edición es fundamental: es donde le das forma al relato. Aunque hayas previsto lo que la gente puede decir, durante la edición se impone una «gramática dramática» al testimonio. Es como ser un escultor: tienes una losa de mármol y empiezas a esculpir. El montaje es el cincel.
— ¿Qué es lo más importante a tener en cuenta cuando se lleva a cabo un proyecto de estas características con temas tan delicados?
— La compasión. Siempre. Hay que ponerse en el lugar de quien está contando una historia dolorosa, especialmente si es una víctima. Busco personas comunes capaces de contar su experiencia de forma extraordinaria, con humanidad. A veces, incluso conoces a alguien que puede llegar a la poesía como relato y pueden describir lo que han visto con sus propios ojos.
— ¿Se ha sentido censurado o amenazado en algún momento de su carrera?
— Nunca me han amenazado directamente, pero sí he sentido cierta atmósfera de amenaza. Hay temas que generan resistencia o tensión. A veces sientes esa presión, aunque nadie te diga explícitamente: «No hagas esto». Es más experimentar el aire siniestro que rodea este tipo de asuntos que amenazas directas.
En Cops: On the frontline recoge recuerdos de policías que trabajaron en primera línea durante los disturbios
— ¿Cómo se ve en el cine este tipo de conflictos y cuál es la película que mejor los refleja?
— Hay muchas. Por ejemplo, hay una película israelí brillante sobre los jefes del Shin Bet, Los guardianes (The Gatekeepers), que refleja las tensiones de proteger una democracia frente al terrorismo. También está The Act of Killing, sobre la masacre de izquierdistas en Indonesia en 1965.
Me encanta Las uvas de la ira, de John Ford, o Desaparecido (Missing), de Costa-Gavras, sobre la dictadura en Chile. Y también el documental egipcio The Square, sobre la plaza Tahrir. Siempre busco películas que aborden el pasado con honestidad y se comuniquen con franqueza con el público. En España también hay películas sobre la Guerra Civil que aprenden a lidiar con ese legado.
Es mucho más fácil acumular odio que construir vínculos humanos
— ¿Qué historias le quedan por contar?
— Muchas. El mundo está lleno de conflictos y relatos que merecen ser contados. Pero tengo 69 años, y un documental puede tardar un año en realizarse. Acabo de terminar una película sobre Chipre, sobre un pueblo donde viven juntos grecochipriotas y turcochipriotas. Intento volver a hacer hincapié en los lazos comunes de la humanidad y no en sus tensiones.
Me gustaría hacer muchas más películas, aunque sé que no podré hacerlas todas. He tenido la suerte de contar historias importantes y de desafiar el consenso. Pero cada vez es más difícil conseguir apoyo para proyectos que no son «populares». A todo el mundo le gusta ser popular, y eso no es necesariamente algo bueno.
— Igual que intenta influir en el pueblo irlandés con sus documentales, habrá otros que le hayan inspirado a usted en su forma de narrar...
— Siempre estoy abierto a inspirarme en otros formatos: poesía, novela, cine o una historia que escuches en un bar. Por ejemplo, cuando hice una película sobre el asesinato de un policía hace unos años, tenía muy presente A sangre fría, de Truman Capote. Me inspiró, no para imitarlo, sino para entender cómo construir el drama con el contexto adecuado.