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Leni Riefenstahl

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Cine

Leni Riefenstahl, la cineasta favorita de Hitler que intentó reescribir su pasado pro nazi

Un nuevo documental sobre su vida, que ha pasado por el Festival de Venecia y se puede ver en Filmin y Movistar+, muestra material inédito recabado por la cineasta oficial del Tercer Reich

Si Leni Riefenstahl hubiera sido comunista, hoy se la adoraría como uno de los grandes mitos de la supuesta progresía. Pero Leni Riefenstahl trabajó para los nazis.

La historia del cine tiene, desde hace muchos años, una deuda pendiente con la directora de El triunfo de la voluntad y Olympia, dos documentales que glorifican al pueblo alemán con unas resonancias que hoy nos chirrían -cuando no, aterran-, pero que en los años 30 contribuyeron a propagar el mensaje del Führer. Por eso, y por mucho más, la historia de la propaganda y la historia del cine no pueden entenderse sin ella.

Leni Riefenstahl empezó en este mundo a mediados de los años 20 cuando, tras ver frustrado su deseo de ser bailarina, se mete de lleno en el mundo del cine en lo que entonces se denominaban «películas de montaña» del director Arnold Fanck como La montaña sagrada, El gran salto o Prisioneros en la montaña. Una Alemania deprimida tras el Tratado de Versalles de 1919 veía en esos compatriotas valientes, jóvenes y vigorosos que superaban toda clase de dificultades una determinación única y aspiracional. Y veían, además, un ideal de mujer alemana del Tercer Reich que les dejaba embelesados.

Durante el rodaje de estas películas, la Leni actriz demuestra un interés por la fotografía y la composición que Fanck le ayuda a desarrollar hasta el punto de que en 1932 dirige, escribe y protagoniza La luz azul, la película que cambia su vida.

Adolf Hitler, que había llegado a la Cancillería de Alemania en 1933, se quedó entusiasmado con aquel filme poderoso y pidió conocer a su protagonista. Cuando supo que esa misma mujer había escrito y dirigido la cinta, no tardó en hacerle una oferta única: rodar la conmemoración del día del Reich el 5 de septiembre de 1934. Ella, entusiasmada, acepta la oferta del líder al que se contemplaba desde todos los rincones del mundo. Y el resultado fue El triunfo de la voluntad, un documental en torno a la visita de Hitler a Núremberg donde pasaría revista a sus tropas y se daría un baño de masas entre miles y miles de fieles seguidores.

Para rodarlo, la directora contó con 30 cámaras desplegadas por toda la ciudad y desarrolló técnicas que, combinadas inteligentemente con la narrativa del filme, lograron mostrar el fervor con que el pueblo admiraba a su líder al grito de «¡Una nación! ¡Un Fürher! ¡Un Reich! ¡Alemania!» Pero lo verdaderamente fascinante del documental es el evidentísimo talento de Riefenstahl para colocar la cámara que muestra en casi todos los planos a Hitler desde abajo, contribuyendo así con el contrapicado a aumentar su imagen del líder poderoso y alternando, mediante un montaje impecable, las reacciones del pueblo y los soldados ante las palabras de su líder. Junto a sus caras de admiración en primeros primerísimos planos, multitud de banderas y un Núremberg hermoso y engalanado, la película es la oda a una Alemania orgullosa de sí misma. Todo en ella, desde los planos aéreos de la ciudad a las filas inagotables de soldados y trabajadores del Reich, pasando, por supuesto, por un Führer tratado como un dios, es absolutamente hipnótico.

El triunfo de la voluntad (1935)

El triunfo de la voluntad (1935)

El triunfo de la voluntad es uno de esos grandes enigmas de la historia del cine. Una de esas películas perturbadoras y hermosas que, sabiendo los horrores que esconde, no podemos dejar de mirar.

Hitler se quedó tan entusiasmado con el filme que al año siguiente encarga a la directora el rodaje de los Juegos Olímpicos celebrados en Berlín en 1936. El resultado fue Olympia, el documental más caro de la historia del cine hasta esa fecha. Aclamada como una obra maestra en el Festival de Venecia, donde ganó la Copa Mussolini a la mejor película, la cinta muestra cuerpos maravillosos y hercúleos, un deleite enfervorecido en los atletas y una devoción por la belleza física absolutamente poderosa. Pero, además, la directora desarrolló una serie de técnicas cinematográficas que aún hoy se siguen usando a la hora de retransmitir competiciones deportivas. Olympia es otra joya.

Después de aquello la directora era una de las protegidas del Tercer Reich, la favorita de Hitler y el objeto de deseo de muchos de sus mandos, entre ellos el propio Goebbels, que según contó la artista años después, intentó violarla en dos ocasiones. Pero la guerra estalló y todo cambió.

Leni Riefenstahl, que nunca perteneció al partido Nazi ni a ninguna de sus organizaciones y que nunca dio muestras de antisemitismo, se pasó los últimos años de su vida justificándose por su trabajo. Pero nunca pidió perdón.

Olympia (1938)

Olympia (1938)

El documental que ahora se estrena sobre su vida, con un montón de material inédito de los archivos personales de la directora, muestra un montón de entrevistas y declaraciones en torno a la cantidad de críticas y burlas que recibió de buena parte de la sociedad alemana que arremetió contra su falta de escrúpulos por haber trabajado directamente para el Führer. Pero Riefenstahl siempre arguyó lo mismo: «Todos estábamos fascinados por Hitler», «Nadie le decía que no», «Yo nunca vi desaparecer a ningún judío», «Jamás vi atrocidades»…

El silencio de la artista durante los años 50 y 60 fue inquietante para muchos, porque cuanto más se sabía sobre los horrores del nazismo y la teoría de la raza, sus películas cobraban un nuevo significado y aquellos filmes que exaltaban la belleza y el orgullo de un pueblo, se convirtieron, de pronto, en la exaltación de una ideología aterradora.

En una de esas entrevistas de televisión en la década de los 70 se llevó un grandísimo aplauso al decir, tajante: «Las personas que vivieron el Tercer Reich, las personas que sufrieron tanto y tuvieron la oportunidad de conocer todo eso, entiendo que sientan rencor hacia esos tiempos. Pero había mucha gente, yo incluida, que sólo lo experimentábamos desde el lado positivo y para nosotros, cuando se supo, cuando la guerra había terminado y supimos sobre estos crímenes atroces, se desmoronó el mundo entero. Fue tal disgusto para mí y muchos otros que nunca podremos sanar ni recuperarnos. Es por eso que siempre he evitado estos programas de entrevistas. Este es el primero que acepto hacer desde hace muchos años porque esas heridas aún no se han curado».

Noventa años después de la primera de sus dos obras maestras, el mundo del cine y de la cultura, incluso la historia del feminismo, se lo debe: Leni Riefenstahl, la cineasta favorita de Hitler, fue una grandísima artista.

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