Emma Stone protagoniza Bugonia, de Yorgos Lanthimos
Cine
La nueva película de Yorgos Lánthimos y Emma Stone domina la segunda jornada del Festival de Venecia
Bugonia es una comedia negra donde dos hombres secuestran a una dirigente de una multinacional farmacéutica a la que acusan de haber causado la muerte neurológica de su madre
Un famoso astro de Hollywood en crisis identitaria y una parábola pseudoecológica sobre la manipulación de opiniones son las ofertas de la segunda jornada del 92º Festival Internacional de Cine de Venecia que contó con la presencia en la pantalla de dos de las más grandes luminarias del cine actual, George Clooney y Emma Stone.
Jay Kelly del norteamericano Noah Baumbach cuenta la historia de un notorio astro de Hollywood que tras 35 exitosos años de carrera se pregunta si fama y dinero compensan un vacío existencial mientras Bugonia del griego Yorgos Lánthimos muestra los estragos causados por los actuales medios de comunicación donde la información es manipulada y mal digerida, borroneando los límites entre la realidad y la ficción, la verdad y la mentira.
Jay Kelly, el actor que presta su nombre al filme y que brinda a George Clooney uno de los roles más complejos y comprometidos de toda su carrera y que le valdrá numerosos premios, incluyendo aquí la Copa Volpi y en marzo próximo el Oscar al mejor protagonista (hasta ahora había obtenido de la Academia de Hollywood solo el de mejor actor secundario por Syriana en el lejano 2006 y el de coproductor en 2012 por Argo), descubre entre dos filmes que se ha quedado solo al haber elegido a su carrera por encima de su familia y con su agente como único amigo.
Esto le provoca un examen de las opciones que lo condujeron a esta soledad, rememorando una carrera repleta de ambiciones y traiciones a las que trata de remediar persiguiendo a su hija en un alocado viaje por Francia e Italia.
Baumbach, uno de los mejores y más inteligentes guionistas de Hollywood, compone con la colaboración de Emily Mortimer, una historia ya muchas veces oída y contada pero confeccionándola «ad majorem gloria George Clooney», tratando de innovarla con el cambio de países y medios de transporte pero sin ocultar la verdadera esencia del filme: la de crear un vehículo para su amigo Clooney.
Yorgos Lanthimos es un director griego de casi 52 años (los cumplirá el próximo 23 de septiembre) que se caracteriza por crear un cine siempre sorprendente y original y este Bugonia no lo es de menos.
Aunque inspirado en un film sudcoreano del 2003, del que extrae solo la idea inicial de un hombre que trata de salvar al planeta de una supuesta invasión aliena, Lanthimos y su guionista Will Tracy han confeccionado una comedia negra donde dos hombres secuestran a una dirigente de una multinacional farmacéutica (Emma Stone) a la que acusan de haber causado la muerte neurológica de la madre y la que creen ser una aliena que ha llegado para conquistar la Tierra.
Influido por los millones de fake news que desfilan por las redes, uno de los hombres (Jesse Plemmons) interroga a la dirigente para obligarla a confesar de ser una aliena mientras ésta trata de confutar desesperadamente todos los lugares comunes que enarbola su secuestrador y a ratos de seguirle la corriente, admitiendo ser una extraterrestre en un torbellino de violencia que terminará por revelar una realidad sorprendente.
El tercer huésped del concurso fue el húngaro László Nemes, de vuelta a Venecia con su tercer filme, Orphan (Huérfano), después de Napszálita (Atardecer) ganador del premio FIPRESCI de la crítica internacional en 2018, y de su debut en 2015 con Saul fia (El hijo de Saúl), la ópera prima más premiada de la historia del cine, entre ellas con el Oscar al mejor filme extranjero y el Gran Premio del Jurado en Cannes.
Fotograma de El hijo de Saúl
Estamos en 1957, un año después de la abortada rebelión contra el dominio soviético y a doce del fin de la segunda guerra mundial y de la desaparición de un padre judío, cuyo improbable regreso está esperando su hijo, que ni siquiera lo conoció personalmente, habiendo nacido después de su deportación a Auschwitz.
Todos los días, religiosamente, su hijo se comunica mentalmente con ese padre ausente, metáfora tal vez de esa Hungría que aún sueña con la resurrección de una figura paterna como fue la del emperador austrohúngaro, reemplazado por dictadores y gobernantes títeres o autoritarios, y cuya idolatría persistirá en él, aún después de conocer la contradictoria verdad.
A pesar de una cuidada reconstrucción de una Budapest a medio hacer, Nemes insiste en dos horas y cuarto en esta metáfora poco clara de la historia húngara y confirma ser, lamentablemente, el autor de una única obra, El hijo de Saúl, para él irrepetible.