Jack Nicholson, en una imagen de archivo
Cine
La única película que Jack Nicholson no volverá a ver
Ni siquiera el hombre que nos regaló a Jack Torrance en El resplandor o al abogado desencantado de Easy Rider se libra de la vergüenza retrospectiva: hay películas de su juventud que, en sus propias palabras, le resultan «patéticas»
Jack Nicholson no necesita presentación. Con su sonrisa burlona, su mirada magnética y ese aire entre el sarcasmo y la locura, se convirtió en una de las presencias más icónicas del cine del siglo XX. Ganador de tres premios Oscar —por Alguien voló sobre el nido del cuco (1975), La fuerza del cariño (1983) y Mejor… imposible (1997)— y doce veces nominado, Nicholson encarna como pocos la fuerza del actor que no teme a ningún registro: del gánster de Infiltrados al escritor enloquecido de El resplandor, pasando por su Joker anárquico en Batman.
Pero el mismo intérprete que se atrevió con todo también es el primero en reconocer que no siempre estuvo a la altura de la leyenda que luego forjó. «Las primeras películas que hice me resultan insoportables», confesó en una entrevista con Vanity Fair. En su voz, el mito se convierte en crítico despiadado de sí mismo: «Lo único que veo es a un jovencito intentando saltar de lado a la pantalla, lanzándose a una carrera cinematográfica… y lo único que transmite es una ambición temerosa, trémula, descarada y desesperada. Lo cual es patético».
Ese «período patético», como él mismo lo bautizó, incluye títulos rodados en su etapa más temprana bajo la órbita de Roger Corman, el gran maestro de las series B y del cine de guerrilla que sirvió de escuela a toda una generación de cineastas del Nuevo Hollywood. Nicholson colaboró con él en cintas como El asesino llorón (1960), La pequeña tienda de los horrores (1960), El terror (1963) y El cuervo (1963). A todas ellas, el actor les da la espalda con cierto pudor.
El caso es curioso, porque si bien Corman se convirtió en un referente de culto, Nicholson nunca sintió nostalgia por aquellas colaboraciones que hoy muchos cinéfilos reivindican como piezas fundamentales de la cultura pop. Para él, representan más un ejercicio de supervivencia que un camino artístico.
Tampoco salva sus incursiones en el cine de motociclistas y psicodelia, tan propias de los sesenta. Los Ángeles del Infierno sobre ruedas (Hell’s Angels on Wheels, 1967), donde se enfunda la chaqueta de cuero para encarnar a un rebelde sobre dos ruedas, no figura entre sus recuerdos más gratos. Ni tampoco Alucinante viaje (The Trip, 1967), Psych-Out (1968) o Head (1968), cintas impregnadas de la contracultura psicodélica, a pesar de que él mismo escribió los guiones de las dos últimas. El Nicholson joven, reconoce, no era más que un aprendiz con ansias desbordadas.
El punto de inflexión llegaría con Easy Rider. Aquella película, convertida en símbolo de la contracultura estadounidense, lo catapultó a una nueva dimensión. Su breve pero magnética interpretación del abogado alcohólico George Hanson le valió su primera nominación al Oscar y la entrada definitiva al panteón del cine moderno. Nicholson siempre ha reconocido que a partir de ahí sintió que «había llegado de verdad». Todo lo anterior, en su memoria, pertenece a un capítulo que prefiere no abrir.
Fotograma de Alguien voló sobre el nido del cuco
Resulta paradójico: las películas que él considera «insoportables» son hoy piezas de culto para los amantes del cine raro, camp o directamente delirante. Y sin embargo, esa tensión forma parte del encanto de Nicholson: la honestidad brutal de un actor que, incluso en sus momentos de vergüenza, no deja de alimentar el mito.