Toni Servillo, protagonista de La gran belleza
Cine
La teoría sobre 'La gran belleza' que da la vuelta a la película de Sorrentino: ¿está muerto su protagonista?
El director nunca ha confirmado ninguna de las capas filosóficas que se extraen de la película
La gran belleza, obra cumbre de Paolo Sorrentino, es una de las películas europeas más aclamadas del siglo XXI. Con ella, su director hace un retrato sobre el hedonismo de esta especie de moderno Dorian Gray que glosa ese tema eterno de la literatura no como la búsqueda del placer sensorial, sino como la elevación del placer a la categoría de filosofía de vida.
La cinta, que trata sobre la decadencia, la nostalgia y la búsqueda del sentido de la vida, es a menudo comparada con La dolce vita de Fellini, porque como ella, ofrece múltiples capas de interpretación. La más obvia es la de que su protagonista, Jep Gambardella (Toni Servillo), el rey de los mundanos, vive entre fiestas extravagantes y conversaciones superficiales, pero sin que este hedonismo salvaje le lleve a la felicidad, sino a ninguna parte. En una Roma que se desmorona bajo el peso de su propia historia, el placer sirve para acallar no sólo su propio vacío existencial, sino la falta de sentido de una burguesía intelectual que ya no tiene nada que decir.
De la película se desprenden múltiples lecturas filosóficas sobre la búsqueda constante e imposible de la gran belleza en la ciudad de la belleza eterna; sobre la soledad y el paso del tiempo que confronta el amor puro de la juventud a la decrepitud de la vejez o sobre la incapacidad de crecer en una Roma que es presentada como un eterno mausoleo.
Sin embargo, hay una teoría cada vez más profusa y profunda que es la que sugiere que Jep en realidad está muerto y que se fundamenta en la cantidad de metáforas y símbolos que se sustraen del filme. Leída así, La gran belleza no es una crónica lineal, sino un tránsito de la conciencia de Jep hacia el más allá.
Esta idea parte ya de la primera escena en la que un turista japonés muere abrumado por la belleza de Roma tras lo que, inmediatamente después, la cámara se sumerge en la estridente fiesta de cumpleaños de Jep en la que se nos es presentado el protagonista en una de las escenas de presentación de personaje más icónicas de la historia del cine. Algunos teóricos sugieren que este prólogo establece la frontera entre la vida y la muerte que Jep, al cumplir 65 años, acaba de cruzar.
Su vida hedonista y de constantes placeres da un giro en el momento en que se entera que Elisa, su primer y único amor, ha muerto. A partir de ahí, Jep deambulará por Roma como un espectador pasivo, inexpresivo casi, entre palacios y museos vacíos mientras la cámara se mueve de forma flotante, divina, lo que refuerza la idea de que estamos viendo la proyección espiritual de Jep y no su forma física.
En este sentido, la teoría que defiende que la película es el purgatorio de un esteta, se afianza en la idea de que Roma es presentada como una necrópolis de lujo donde la aristocracia y el clero son «fantasmas» que repiten una y otra vez sus rituales vacíos. Por eso, la frase final de la película -«todo es un truco»- es reveladora porque la búsqueda desesperada de Jep de la gran belleza ha finalizado al encontrarla en el recuerdo hermoso de su juventud. Por eso, su viaje final por el Tíber se interpreta como el cruce de la laguna Estigia hacia el descanso definitivo, una vez que ha logrado reconciliarse con su pasado y escribir su última gran obra y el vuelo de las aves migratorias desde su terraza se entiende como la liberación de las almas. Entendiéndolo así, Jep finalmente encuentra el rumbo hacia lo infinito para abandonar la ciudad eterna.
Aunque Paolo Sorrentino nunca ha confirmado esta interpretación, la película juega constantemente con la idea de que la vida social de Jep es una forma de «muerte en vida» y que solo a través del arte y el recuerdo logra acceder, al final, a su idea de belleza es reveladora y definitiva.
Sea como fuere, y como ya le ocurriera al Dorian Gray de Oscar Wilde, el Jep Gambardella de Paolo Sorrentino encarna la figura del dandi que eleva la estética a categoría de religión, intentando detener el tiempo a través de un hedonismo, algo que es, en realidad, una huida hacia adelante. En ambas obras, la belleza funciona como una máscara deslumbrante que no logra ocultar el vacío existencial y la podredumbre moral de una sociedad que prefiere la intrascendencia y la fiesta eterna a afrontar su propia decadencia. Por eso, al igual que El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, La gran belleza de Paolo Sorrentino es una obra maestra definitiva.