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El editor Robert Gottlieb

El editor Robert Gottlieb

Muere a los 92 años Robert Gottlieb, el editor fabuloso que leía mejor que nadie

El alma detrás la obra de autores como Naipaul, Cheever o John Le Carré falleció en un hospital en Nueva York debido a causas naturales

Dicen los que le conocieron de joven que Robert Gottlieb llevaba siempre las gafas sucias hasta el punto que no sabían como podía ver y, sobre todo, leer. Quien sabe si esa pátina de dejadez era el filtro mágico con el que desde el principio supo captar lo que los escritores querían hacer. Editor vocacional, casi ungido, todos los autores quisieron trabajar con él llamados por el eco del amor, como el de las sirenas de La Odisea, pero verdadero, del «librero» que trabajó primero en Simon & Schuster, antes de marcharse a Alfred K. Knopf. También dirigió la revista The New Yorker durante un lustro que acabó cuando no le gustó el rumbo que los responsables querían darle a la famosa publicación.

'Trampa 22'

Mínima, pero pesadamente en sus escarceos, reducido a un autor periodístico, escribió críticas de danza y reseñas de literatura, en The New York Observer y en The New York Times, respectivamente. Quizá la pequeña parte de los huecos transparentes que quedaban en su cristales cuya traslucidez la reservaba para descubrir nuevos talentos. De Manhattan, fue egresado de Columbia y Cambridge antes de ponerse con lo suyo a mediados de los 50. Lo que veía Gottlieb en los escritos ajenos no los veía nadie más. la desconfianza lógica inicial ante sus primeras recomendaciones, dieron paso, tras el éxito, a la confianza ciega en su criterio. Una confianza que trasladaba a su relación con los escritores, convirtiéndole en el editor perfecto.

Trampa 22 (Catch-18 era el título del manuscrito), del expiloto de la II Guerra Mundial Joseph Heller, fue el comienzo de todo. En Simon & Schuster no querían publicar esta sátira sobre la guerra. Pero Gottlieb, entonces ayudante editorial, les convenció. La novela fue un gran éxito y una novedad que situó al joven y sabio editor, ya hecha celebridad neoyorquina. Desde entonces no paró de crecer porque todo el mundo le buscaba y cuando él buscaba todos los autores se rendían porque era fácil transmitirles el entusiasmo natural que sentía por sus obras, la condición con la que trabajaba: que los manuscritos le gustaran de verdad. Lo suyo había sido un trabajo desde la infancia, cuando se llevaba cuatro libros diarios de la biblioteca y estudiaba las listas de los libros más vendidos en las revistas de literatura.

Robert Gottlieb en los años 60

Robert Gottlieb en los años 60

Cuando se hizo mayor ya era un experto único y el hombre en la sombra del éxito de escritores como John Cheever (editó sus cuentos), Toni Morrison, John Le Carré, Doris Lessing o V.S. Naipaul, una buena colección heterogénea de premios Nobel, autores legendarios y autores de éxito (descubridor del estudiante de medicina Michael Crichton, autor de Parque Jurásico), a los que se unieron figuras del presente como Bill Clinton o Katharine Hepburn, quienes le confiaron sus memorias. John Kennedy-Toole y su La Conjura de los Necios fue quizá su mayor decepción. Gottlieb le sugirió cambios y recortes constantes al autor, que duraron años, sin lograr sacar lo que quería del malogrado escritor que se suicidó después de que Gottlieb renunciara a publicarle, por lo que su madre le culpó.

De Bob Dylan, con el que trabajó en sus letras de canciones, dijo haberse sorprendido de su infantilidad, por la que le daba la impresión de que no sabía atarse los zapatos o «firmar un cheque». Anécdotas de una vida entera dedicada a las obras ajenas por gusto e inclinación, una suerte de heredero de Maxwell Perkins, el editor de Scott Fitzgerald, de Hemingway o de Thomas Wolfe, que como él hizo historia de la literatura, algo para lo que parecía llamado (decía sentirse mejor lector que nadie) después de confesar haber leído Guerra y Paz en dos días, y con las gafas sucias..

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