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MADRID, 24/07/2023.- El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez (i), junto a la ministra de Hacienda, María Jesús Montero Cuadrado (d), preside la reunión de la Comisión Ejecutiva Federal del partido socialista este lunes en su sede en Madrid tras la celebración de las elecciones generales del país en el que el PSOE ha conseguido los 122 diputados. EFE/ PSOE/ Eva Ercolanese *****SOLO USO EDITORIAL/SOLO DISPONIBLE PARA ILUSTRAR LA NOTICIA QUE ACOMPAÑA (CRÉDITO OBLIGATORIO) *****

El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, junto a la ministra de Hacienda, María Jesús MonteroPSOE/EFE

¿Hubieran sido posibles en la Antigua Grecia unos resultados electorales como los actuales?

Entre los siglos V y IV a. C., en Atenas, los ciudadanos tomaban sus propias decisiones, sin depender de los pactos de ningún político, sobre cómo querían vivir

Hace tres mil años, en Atenas, la democracia original, un resultado electoral como el actual en España no hubiera sido posible. En primer lugar, porque no existían los partidos políticos. El sistema era de democracia directa, es decir: el poder legislativo y ejecutivo era ejercido por el pueblo. No existía la representatividad. No se le daba el voto a un político y a un partido para que luego hicieran lo que les placiese independientemente de lo prometido. Era cada ciudadano el que votaba con la mano alzada en la Asamblea y se hacía lo que decidía la mayoría.

El poder de los ciudadanos

Era la verdadera «soberanía popular», un término hoy manoseado, la que determinaba el funcionamiento de la democracia a través de unas instituciones que no tenían ni fomentaban sillones, pues las labores de «Gobierno» se llevaban a cabo durante un corto período de tiempo y además no se podía repetir en el cargo nunca más en la vida. Fue el auge de la Grecia Clásica, una época efímera que sentó las bases removidas de las democracias modernas, además de la cumbre del arte o la filosofía. La democracia ateniense (Atenas era una ciudad-Estado) surgió del descontento con la monarquía que trajo la oligarquía.

De la oligarquía a la tiranía de Pisístrato hasta Clístenes quien, luego de luchas por el poder tras la muerte de Pisístrato, avanzó en la igualdad de los ciudadanos que mejoró después Efialtes, antes de Pericles, el transformador definitivo que proporcionó el auténtico acceso al poder de los ciudadanos a través de la democracia directa, que en su originalidad, en su primitivismo, solo los hombres atenienses (de padre y madre) mayores de 20 años tenían derecho al voto.

Políticos sin poder de decisión

Ni las mujeres, ni los menores (como sigue siendo hoy, igual que los extranjeros), ni los esclavos podían intervenir en las políticas de la polis, cuyo poder detentaba el pueblo (esos hombres atenienses mayores de 20), sin intervención de nadie: la soberanía popular ejercida por medio de la Asamblea, donde los ciudadanos creaban sus propias leyes que cumplían los magistrados, siempre mayores de 30 (los políticos de entonces que no decidían, sino que simplemente velaban por las decisiones de la Asamblea), una gran variedad de ellos, con distintas funciones, con lo que se evitaba que acumularan poder alguno.

500 ciudadanos ejercían el poder legislativo durante solo un año, y el judicial lo constituían tribunales populares con la supervisión de un consejo de ancianos. Entre la Asamblea y el consejo de los 500 se dirigía el Estado democrático directo, la versión primigenia, en bruto, sencilla y práctica de los diputados y senadores actuales con poder y prebendas, o como el modo de vida que hace tres milenios solo era un servicio temporal. Los 500 vigilaban a la Asamblea. Nadie podía nombrar, por ejemplo, al Fiscal General del Estado o a los miembros del Consejo General del Poder Judicial. No había ideología, pues se votaban decisiones, no ideas, ni (en teoría) personas. La política era una auténtica ordenación de la sociedad desde el punto de vista práctico.

Tribunal Supremo por sorteo

Tan práctico que el Tribunal Supremo (la Heliea) estaba formado por 6.000 ciudadanos elegidos por sorteo de entre quienes querían formar parte de él. También eran elegidos por sorteo una parte de los magistrados como cargos públicos (sin votaciones por las que la democracia no se consideraba plena); la otra, una parte pequeña, la de los generales y tesoreros se elegía por votación pública entre los ciudadanos más destacados, que eran prácticamente registrados durante su ejercicio para impedir la corrupción. Podría decirse que con la aparición de los representantes (los políticos) se desvirtuó aquella idea de la democracia (que solo subsiste de forma excepcional en algunos cantones suizos), que en ese principio se regía por los intereses de todos, nunca de ninguna minoría; la igualdad ante la ley que no distinguía de clases y que atendía a la capacidad de los mejores para ejercer labores públicas.

Historiadores y magistrados que fueron, como Tucídides o Aristófanes, fueron críticos con este ideal democrático, pues creían que, en cualquier caso, los mejores oradores controlaban de algún modo los procesos de decisión (mediante, por ejemplo, la demagogia que condenó a muerte a Sócrates). La democracia ateniense ha permanecido mayormente por los siglos hasta hoy, pero nunca volvió a ser lo que fue en origen: una rareza democrática casi incomprensible en la realidad más actual donde las decisiones no las toma directamente el pueblo sino esos nuevos «magistrados» del XXI, elegidos por él, que de ningún modo pretenden dar a todos los ciudadanos los mismos derechos políticos.

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