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21 de junio de 2024

Leer es una actividad recurrente en momentos de tristeza

Imagen de una persona leyendo un libroAline Viana Prado

El Debate de las Ideas

La lectura en los tiempos de la IA

Acercar a los maestros y animar a leerlos así constituye una insustituible experiencia que pone en marcha un viaje incesante de ida y vuelta: del texto al mundo, del pasado al presente, del yo al nosotros, de la cultura a la vida

Comencemos por una obviedad: hoy leemos más que nunca.

Puede ser que la mera enunciación de esta frase haya contrariado a más de uno. Por eso, les invito a acompañarme en una rápida constatación. Primero, el porcentaje de alfabetización en nuestras sociedades ha alcanzado parámetros que, hace menos de cien años, resultaban por completo impensables. Segundo, por lo que se refiere al caso de España, según se recoge en las últimas entregas del Barómetro de hábitos de lectura y venta de libros, los índices elaborados para medir ambos aspectos muestran un incremento constante. Aunque, eso sí, de acuerdo con estas mismas encuestas, uno de cada tres españoles se ubique en la categoría de quien no lee libros nunca o casi nunca. Por último, vivimos inmersos en la vorágine de una sociedad digitalizada, de manera que nuestra vida cotidiana bucea entre los mil y un reclamos texto-visuales que, desde las pantallas de los más dispares y sofisticados dispositivos, mediatizan nuestro contacto con la realidad más próxima. Seamos conscientes o no, nos hemos transformado en lectoescritores compulsivos.

Me parece importante partir de este reconocimiento para poder calibrar, por una parte, que la aventura educativa ha alcanzado importantes logros a lo largo del tiempo, cuyos frutos podemos apreciar precisamente en este, que es el nuestro. Por otro lado, como tarea que nunca se detiene y que no obedece a un lineal progreso, la educación hoy afronta nuevos retos, nacidos al calor de esta tecnologización globalizada, que conviven y se entrelazan con su propósito más primigenio: otorgar a la persona un horizonte de comprensión que la capacite para desarrollar, del modo más pleno posible, su particular peripecia vital.

Relegamos en manos de inescrutables algoritmos la relevante decisión acerca de con qué, cómo, cuándo y dónde nutrir nuestro espíritu

Ciertamente, contamos ahora con unas herramientas extraordinarias que dan acceso inmediato a unos bancos inagotables de información; pero, simultáneamente, nos hallamos con el problema de cómo gestionarla: cómo distinguir el grano de la paja, cómo seleccionar lo relevante frente a lo accesorio, cómo diferenciar lo verdadero de lo falso, cómo descubrir las estrategias de la seducción, de la distorsión, de la ocultación, o del más burdo engaño. La mera acumulación de datos no edifica conocimiento. La dispersión derivada de la emisión y recepción fugaces de continuos mensajes instantáneos tampoco contribuye a la más imprescindible labor de reflexión para poder orientarnos y relacionarnos. Por si esto fuera poco —como viene advirtiendo, de manera tan lúcida como sugerente, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han—, relegamos en manos de inescrutables algoritmos la relevante decisión acerca de con qué, cómo, cuándo y dónde nutrir nuestro espíritu.

Vivimos, en efecto, rodeados de textos e imágenes que asaltan y reclaman nuestra atención de manera constante. Contamos ya con replicantes altamente cualificados para desempeñar tareas mecanizadas y especializadas. Ahora nos hallamos también con recopiladores de datos, dotados de un extraordinario potencial, muy superior al nuestro, para almacenarlos, enlazarlos y reconfigurarlos, conforme a patrones previamente establecidos. Cabría preguntarnos entonces si estamos preparándonos para hacer de ellos un uso adecuado, si contamos con los instrumentos intelectuales y afectivos necesarios para poder desplegar, dentro de este complejo marco, un proyecto de vida en común que esté cabalmente dotado de sentido. Y en tal misión, la máquina no puede sustituirnos, ni siquiera la IA.

Por eso hoy, cualquier proyecto educativo y, de manera muy particular, la formación universitaria debería incidir en el desarrollo de una visión comprehensiva de la realidad, que es precisamente lo que ningún artefacto tecnológico es capaz de alcanzar. Paradójicamente, y ya lo advertía Ortega hace casi cien años, es precisamente esa dimensión formativa la que se ha visto más relegada en nuestras aulas: «Comparada con la medieval, la Universidad contemporánea ha complicado enormemente la enseñanza profesional que aquella en germen proporcionaba, y ha añadido la investigación, quitando casi por completo la enseñanza o transmisión de la cultura. Esto ha sido, evidentemente, una atrocidad».

Volviendo al inicio, no nos podemos conformar con la constatación de que contamos con una población mayoritariamente letrada (en el sentido literal del término). Como tampoco es garantía de hallarnos ante una sociedad realmente culta el hecho de vivir inmersos en este océano inabarcable de textos y de imágenes. Requerimos de lectores de esta realidad cambiante que sean exploradores atentos, críticos, con capacidad para plantearse preguntas, para elaborar análisis rigurosos y para formular propuestas estimulantes de transformación. En dos palabras: lectores cultivados.

¿Cómo hacerlo? Permítanme arrojar a estas alturas de las innovaciones metodológicas para la enseñanza, una propuesta original. Original sí, en cuanto retorno al mismo comienzo de los estudios universitarios: (re)incorporar la lectura al corazón mismo de toda la actividad docente. Lección viene de lectio y en eso consistía el eje vertebrador de las clases: en la lectura compartida y en el comentario de aquellos autores que, por la relevancia de sus ideas, por la hondura de su visión, por el conocimiento que acumulaban, por la audacia de sus propuestas, o por la inimitable fusión de verdad y belleza contenida en sus escritos enriquecían la visión de la realidad, cuestionaban prejuicios, despertaban la empatía, formaban el gusto, otorgaban criterio, arrojaban interrogantes y presentaban acuciantes desafíos.

Y, entonces, en este proceso, ¿qué papel le toca cumplir al profesorado? El más genuino y el más trascendente. Con palabras de George Steiner: «Ser el servidor, el correo de lo esencial». Acercar a los maestros y animar a leerlos así constituye una insustituible experiencia que pone en marcha un viaje incesante de ida y vuelta: del texto al mundo, del pasado al presente, del yo al nosotros, de la cultura a la vida. La lectura, entendida de este modo, es una de las mejores instituciones que ha ideado el espíritu humano para introducirnos en el apasionante arte de vivir.

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