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16 de junio de 2024

Portada del libro de Javier Rubio Donzé

Portada del libro de Javier Rubio Donzé

El Debate de las Ideas

Rubio Donzé y las tentaciones del neohispanismo

Una advertencia sobre otras patologías en las que podemos incurrir so capa de anti-leyendanegrismo

La obra de Javier Rubio Donzé España contra su leyenda negra no es sólo uno más de la serie de valiosos títulos –desde el Imperiofobia de María Elvira Roca a los de Iván Vélez, Rafael Sánchez Saus, Juan Sánchez Galera o José Javier Esparza– que han intentado arrancar la Leyenda Negra del subconsciente de muchos españoles. Es, también, una advertencia sobre otras patologías en las que podemos incurrir so capa de anti-leyendanegrismo.

La Leyenda Negra no es un invento protestante: surge a partir del siglo XV en el muy católico Nápoles controlado por la Corona de Aragón, y precisamente aduciendo la dudosa catolicidad de unos españoles «contaminados» por la sangre mora y judía. Le proporcionarán después impulsos decisivos españoles desmesuradamente autocríticos: el documento negrolegendario más influyente de todos los tiempos es la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Bartolomé de las Casas (1552); también fue rápidamente traducido a otras lenguas el Artes de la Inquisición española (1567) del protestante sevillano Reginaldo González (afirma Rubio que Shakespeare extrajo de la obra inspiración para su Hamlet).

Roca Barea nos explicó en su Imperiofobia que cada gran potencia ha generado su propia leyenda negra: hubo francofobia en el siglo XVIII (relevante para el nacimiento del nacionalismo alemán de los Herder, Fichte, etc.), anglofobia en el XIX, antiamericanismo en el XX, y hay atisbos de sinofobia en el XXI. Diego de Saavedra Fajardo escribió en su Idea de un Príncipe político cristiano (1630): «Todo se interpreta a mal y se calumnia en los grandes imperios. Lo que no puede derribar la fuerza, lo intenta la calumnia».

Ahora bien, mientras que francofobias y anglofobias resbalaban mayormente a franceses o británicos, la Leyenda Negra ha marcado más perdurablemente la percepción (y autopercepción) de nuestro país; como escribe Carlos Gómez-Centurión y cita Rubio, «la representación exterior de España ha sido más poderosa, más continua y más negativa que la de sus países vecinos». Julián Marías escribió páginas jugosísimas sobre esto en su magnífico España inteligible: la intelligentsia española, que comienza contestando con gallardía a la Leyenda Negra (por ejemplo, Quevedo en España defendida, 1609), se va a ver asaltada por la duda - ¿no tendrán razón nuestros críticos?- a partir de la paz de Westfalia. Esta vacilación se debe tanto al declive político-económico y militar de España con los Austrias menores como, sobre todo, a la comprobación de que el gran proyecto español -la res publica christiana, impulsada primero por una lucha de ocho siglos contra el invasor musulmán y después con la extensión del cristianismo a la «supernación transatlántica» España-Indias y la defensa del catolicismo frente a protestantes y turcos- empezaba a resultar anacrónico en una Europa religiosamente dividida, en vísperas de secularización y cada vez más informada por la razón de Estado laica (los españoles no pueden comprender, por ejemplo, que el rey de Francia se alíe con turcos y luteranos; interesantísimo el Locuras de Europa (1643) de Saavedra Fajardo, que recomienda a Felipe IV que persevere en el horizonte cristiano-universalista, sin ceder al moderno maquiavelismo nacionalista –«el fin justifica los medios» cuando se trata de fortalecer al Estado- de un Richelieu: «A Vuestra Majestad no le pese de no seguir las máximas detestables de Richelieu, aunque le hayan costado [beneficiado a Francia] tanto, que más le importa a V.M. el agradar a Dios en los medios que la conquista de reinos»).

La Leyenda Negra se instaló como duda y autosospecha en el ánimo español. Seguimos atenazados por ella, sea bajo la forma de su interiorización, sea bajo la de superreacción «leyendarosista». El mejor análisis de esto es el de Julián Marías, y creo que Rubio Donzé se reconoce en él: «Podríamos hablar, en primer lugar, de los «contagiados» por la Leyenda Negra, los que han creído en su verdad o, por lo menos, han quedado afectados por graves dudas, persuadidos, tal vez a medias, de su justificación […]: son los españoles que viven en estado de depresión histórica. Un segundo grupo es el de los indignados, […] los intolerantes, que habían de llamarse en el siglo XVIII los «apologistas», defensores a ultranza de lo bueno y de lo malo, de lo justo y de lo injusto; y con demasiada frecuencia, por añadidura, despreciadores de lo ajeno. Sólo algunos españoles han escapado a estas dos actitudes: los que se han conservado libres frente a la Leyenda Negra, sin aceptarla ni hacerle el juego de la falta de crítica, sin responder tampoco con la cerrazón y otra forma de intolerancia; los que, en suma, han permanecido abiertos a la verdad» (España inteligible, 1984, pp. 206-207).

Sí, creo que la ola anti-leyendanegrista está incurriendo a veces en extremos característicos de la segunda posición de las distinguidas por Marías (¿Cuántas veces leemos en las redes, por ejemplo, que «Isabel la Católica abolió la esclavitud»?: ¿Los negros de Cuba, Santo Domingo, etc. llegaron allí en viaje turístico?). Y creo que la obra de Rubio Donzé ofrece un ejemplo magnífico de apertura a la verdad, de mesura y matiz.

Sí, el móvil evangelizador fue crucial en la colonización de América; más central que en los colonialismos francés o británico, e incluso que en el portugués: ahí están las catedrales, los frailes doctrineros, las tempranas gramáticas de lenguas indígenas para permitir la predicación en idioma vernáculo… Pero los españoles también buscaban la gloria y el oro: «Murieron aquella crudelísima muerte -dice Bernal Díaz del Castillo de sus compañeros caídos en la campaña de México- por servir a Dios y a Su Majestad, y dar luz a los que estaban en tinieblas, y también por haber riquezas, que todos los hombres comúnmente venimos a buscar». Sí, los españoles extrajeron mucho oro y plata de Potosí o Zacatecas. Pero no, no esquilmaron aquellas tierras: la producción argentífera anual del México actual equivale a un tercio de toda la plata extraída de Hispanoamérica entre 1503 y 1660.

Sí, Fernando el Católico promovió el matrimonio interracial por Real Cédula de 1514 (mientras que en algunos estados de EE.UU. los «miscenegated marriages» no serían autorizados hasta… ¡1967!) y la divisoria relevante en la visión de los conquistadores no era la racial de blanco vs. indio, sino la religiosa de cristiano vs. pagano (por eso era imprescindible bautizar a las indias antes de «hacer generación» con ellas). Pero en 1555 se prohíbe la ordenación sacerdotal de mestizos, indios y negros, y los argumentos de algunos cronistas de Indias no están exentos de deslices racistas (Fernández de Oviedo: los indios eran «seres inferiores, holgazanes por naturaleza e inclinados al vicio»; Tomás de Mercado: «los negros no se mueven jamás por razón, sino por pasión»; Ginés de Sepúlveda: los indígenas son «hombrecillos [humunculi] en los que apenas se pueden encontrar restos de humanidad»).

Sí, Isabel la Católica prohíbe la esclavización de los indios y castiga a Colón por haberla practicado. Y la Corona y la Iglesia –como mostró Antonio Pérez Luño en su ya clásico La polémica sobre el Nuevo Mundo– lucharán constantemente por evitar abusos y hacer efectivos los derechos de los colonizados, con admirables cuerpos legislativos como las Leyes de Burgos (1512) o las Leyes Nuevas de Indias (1542), y con la celebración de un coloquio público, la Controversia de Valladolid (1551), acerca de si los españoles tienen o no derecho a conquistar. Pero será permitida la esclavitud africana y también la de algunos tipos de indios, como los caribes; y la institución de la encomienda, diseñada en principio para facilitar la civilización de los indios, degenera a veces en algo muy próximo a la esclavitud fáctica, como denuncian una y otra vez diversos eclesiásticos («Motolinía», Antonio de Montesinos, etc.). Y cuando Carlos V intenta la supresión de las encomiendas (1542), se produce una rebelión de españoles en Perú, que matan al virrey y se enfrentan en guerra civil.

No, los españoles no cometieron un genocidio: al contrario, detuvieron el que los aztecas practicaban en México con los sacrificios humanos masivos. Pero el rápido descenso inicial de la población indígena en muchas zonas no se debió sólo al choque vírico, sino también a los abusos de los primeros tiempos.

No, la Inquisición española no exterminó a centenares de miles, como sostendrían los ignorantes (o malintencionados) Montesquieu y Voltaire: sólo a unos 3000 en tres siglos y medio. Sus procesos eran más garantistas que los de los tribunales seculares; sólo un 2% concluía en la hoguera. Y las «doncellas de hierro», las «arañas españolas» destroza-senos, etc. son inventos de la imaginación gore-romántica del siglo XIX. Pero, como escribió Marías, «los principios que la inspiraban, aunque fuesen compartidos por otras naciones, eran particularmente repulsivos; sus procedimientos, resueltamente anticristianos». El daño producido por la Inquisición en la cultura española no fue tanto represivo como preventivo: el miedo a incurrir en herejía inhibió el desarrollo de un pensamiento creativo. «Lo que hay que señalar es lo que no hicieron y pudieron haber hecho [pensadores españoles], aquellas empresas intelectuales de las que los disuadió el espíritu inquisitorial. Ciertas formas de filosofía y de ciencia […] no fueron cultivadas en España». Es significativo que, desde la muerte de Suárez (1617), España no vuelva a tener filósofos de talla mundial hasta el siglo XX.

Rubio Donzé muestra el mismo equilibrio y preocupación por la verdad en el resto de los temas: Reconquista, antigüedad de la nación española, Al-Andalus… Le lloverán varapalos, pues, desde el flanco leyendanegrista y el leyendarosista. Pero es que, además, ha sido muy valiente en la denuncia de la cerrilidad de los que quieren responder -con cuatro siglos de retraso- a la Leyenda Negra con nuevas leyendas negras xenófobas, especialmente anglófobas: «No deja de chirriar en mi mente ese pensamiento alucinatorio que culpa a la anglosfera de todos nuestros males, como si hubiese una mano negra secular que no nos deja levantar cabeza» (p. 43). El lema de estos odiadores -anclados eternamente en Trafalgar- es esa zafiedad apócrifa que Blas de Lezo no dijo (lo de que «todo buen español debería mear siempre hacia Inglaterra»).

En definitiva, Rubio Donzé propone una mirada no nacionalista sobre la Historia de España. Orwell definió muy bien en qué consiste el nacionalismo histórico: «Las acciones se consideran buenas o malas no por sus méritos, sino según quién las lleve a cabo, y parece que no haya ultraje -la tortura, la toma de rehenes, los trabajos forzados, los encarcelamientos sin juicio […]- que no cambie de color moral cuando ha sido cometido por «nuestro» bando» («Notas sobre el nacionalismo», 1945).

La búsqueda de culpables exteriores -la externalización de la responsabilidad- es el resorte que explica el éxito de la izquierda, sobre todo el de su versión woke: si mi vida es un fracaso en lo profesional, académico o sentimental, no se debe a carencias o errores míos, sino -si soy mujer, o no blanco, u homosexual- a la opresión de esta sociedad machista, racista, homófoba. El chauvinismo «hispanoplanista» (no sé si es Rubio quien ha acuñado el neologismo) es wokismo histórico: éramos los buenos, pero los piratas ingleses, los jactanciosos franceses, los herejes holandeses, se confabularon para tendernos asechanzas que finalmente nos derribaron, y todavía hoy odian a España e intentan impedir nuestro resurgimiento. La culpa siempre es de los demás.

Rubio Donzé es el primero que ha advertido tan claramente contra esta inquina xenófoba que, so pretexto de rehabilitar la autoestima hispánica, se especializa en fomentar el odio a otras naciones. Es sorprendente -pero también revelador, por lo que tiene de resentimiento hacia quien nos sucedió en el liderazgo mundial- que los más odiados sean los anglosajones, pues no fueron ellos los que más contribuyeron a propalar la Leyenda Negra, la cual, como dijimos, fue forjada por italianos, alimentada por españoles como Las Casas y relanzada con gran eco internacional en el siglo XVIII por ilustrados y abates franceses: son los Raynal, Gramont, Mme. D’Aulnoy («en España todo tenía tanto ajo, azafrán y especias que no pude comer nada», escribió 300 años antes de Victoria Beckham), Montesquieu, Fleuriot, etc. los que popularizan a nivel europeo la imagen de una España fanática, intolerante, atrasada.

Sí, el nacionalismo inglés se forja en el siglo XVII con ingredientes anticatólicos y antiespañoles -muy evidentes en Cromwell, por ejemplo- y eso seguirá proyectando mucho tiempo una sombra sobre las actitudes anglosajonas hacia España: Rubio no olvida reseñar, por ejemplo, la campaña de jingoism que se desata en EE.UU. en 1898, ahora ya con tintes no religiosos sino racistas. Pero también hay una vieja tradición de interés, simpatía, atracción de intelectuales y artistas anglosajones por España: de Lord Byron a Richard Ford, de David Roberts a Gerald Brenan, de Henry Kamen a Lewis Hanke (glosador de ”la lucha española por la justicia en América”), de John Elliott a Charles Lummis (gracias a este último se conservan las misiones de San Junípero Serra en California). «Olvidémonos del Maine y del Desastre del 98. En EE.UU. no hay políticas de Estado hispanófobas que busquen promover la hispanofobia y la Leyenda Negra» (p. 389). Al contrario: el presidente Lyndon B. Johnson proclamó en 1968 la semana de la Herencia Hispánica, y las estatuas de Bernardo de Gálvez y San Junípero están en el Capitolio. Sí existe en las universidades norteamericanas una plaga woke que demoniza al unísono a colonos hispanos y anglosajones: se atacan estatuas no sólo de Colón o Hernando de Soto, sino también de Jefferson o Washington. No es una patología antihispánica sino antioccidental.

Finalmente, Rubio es también muy valiente en la denuncia de cierto secuestro «rojipardo» de la corriente anti-leyendanegrista. Sí, se trata de autores como Marcelo Gullo, Santiago Armesilla o Gabriel Fossa, que querrían cortar los vínculos de España con EE.UU. o Europa occidental para integrarla en una Confederación Hispánica a su vez hermanada con Rusia y quién sabe si con China, en una inverosímil alianza cimentada por el común odio a lo anglo (en el caso de Armesilla, también a lo germánico: «Un español que sea europeísta […] es un mal español, porque, por acción u omisión, busca someter a su patria al yugo de Alemania»). Estos autores impugnan el concepto mismo de Occidente, que ven como una fabricación anglosajona, o bien afirman que EE.UU. y Gran Bretaña son «el falso Occidente». En el caso de Armesilla, el ultrahispanismo eurófobo se combina con leninismo confeso; Gullo, por su parte, hizo buenas migas con el régimen de Chávez, en el que veía un ejemplo de «insubordinación fundante». Como dice Rubio, «se les suele incluir como movimientos de Tercera Posición que combinan elementos del fascismo y del bolchevismo, superándolos a ambos». Rubio analiza los vínculos de esta corriente con el «eurasianismo» de Aleksandr Duguin, uno de los ideólogos de Putin, que considera que «Occidente representa a Satanás y el Anticristo, y debe pagar por todo lo que ha hecho». «Duguin está inmerso en una monumental operación que consiste en desnaturalizar el hispanismo poniéndolo al servicio de la Federación de Rusia», advierte.

En definitiva, el de Rubio Donzé es un libro contra la excepcionalidad española. España es un país occidental normal; en su historia, como en la de todos, hay luces y sombras. No somos ni la reserva espiritual de Occidente ni el páramo africano que pintaron los leyendanegristas y creyeron algunos regeneracionistas finiseculares. Nuestro destino está vinculado indisociablemente al de Occidente; somos, como dijo Julián Marías, la más europea de las naciones, pues debimos luchar durante ocho siglos para seguir perteneciendo a Europa.

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