Perianes casi sale a hombros en su encierro con Beethoven
El pianista onubense y la Orquesta de la Comunidad valenciana fueron largamente aclamados en la celebración del Día Europeo de la Música, con la integral de los cinco conciertos para piano del genio de Bonn, en el Auditorio Nacional
Javier Perianes y la Orquestra de la Comunitat Valenciana
Hace diez años tuve el placer de organizar el primer concierto de la Orquesta de la Comunidad Valenciana en otra región española. Actuaron con Zubin Mehta, su director por aquellos días, y con el pianista Javier Perianes (que interpretó el Concierto en la menor de Schumann), en Santiago.
Recuerdo que, al inicio de la cena, Mehta se quejó de que había poca comida para sus músicos. «En Galicia puede pasar de todo, pero que ustedes llegasen pasar hambre, eso jamás», le contesté, consciente de que apenas habían comenzado a servir unos entrantes.
Desde entonces, Perianes se ha convertido en un pianista reclamado en los principales escenarios internacionales, sin perder nada de su aura humilde, cercana, natural, ajena a cualquier innecesario divismo; los verdaderamente grandes, conscientes de que en realidad solo sirven a un genio mayor, los compositores, y reconociendo su privilegio, sin desdeñar el talento, procuran realizar su tarea sin revestirla de fatuos endiosamientos.
Parece que la colaboración del artista con la orquesta valenciana ha continuado, durante este tiempo, para sembrar gloriosos frutos, como los que ahora acaban de regalarnos en la celebración, a cargo del CNDM, del Día Europeo de la Música, en el Auditorio Nacional, una ocasión que ha perdido buena parte de su encanto entre tantas festividades diarias como conmemoran hasta «el día de la lagartija».
El festejo del centro que dirige, con acierto, Paco Lorenzo, suele proponer algún maratón musical al presentar, en una única jornada, todas las sinfonías de Chaicovski, por ejemplo. Lo cual, en ocasiones, tendría más que ver con el atletismo que con la música. Esta vez no ha sido el caso.
Con otros intérpretes menos dotados, quizá escuchar hasta esa maravilla que son, cada uno con sus propias características, los cinco conciertos para piano que han llegado hasta nosotros de Beethoven podría resultar indigesto, como esa sucesión de platos (tantas veces acompañadas de insufribles explicaciones) que sirven algunos restaurantes postineros bajo la temible fórmula del «menús degustación».
El encierro de Perianes y los valencianos con los cinco poderosos astados de la ganadería beethoveniana ha resultado un éxito para recordar, por la convocatoria (llena la primera sesión, y casi la segunda, que empezó en sábado y concluyó ya este domingo) y los brillantes resultados artísticos obtenidos.
Salió Perianes para hacerse cargo, él mismo, de la dirección. Me vino a la cabeza el gran Friedrich Gulda quien, a ratos, solía hacer lo mismo. Pero ni el pianista andaluz gasta gorrito, ni se viste como un turista guiri en Arona ni posee la personalidad exuberante, excesiva de aquel otro genial intérprete. Perianes, un tipo tranquilo, concentrado, juicioso tiene más de Séneca, su paisano.
Con el piano abierto, situado en medio de la orquesta, la cuerda separada a ambos lados del instrumento, el viento justo de frente, pronto se pudo apreciar quién es su modelo como intérprete-director, Daniel Barenboim, sin duda alguna, uno de sus consejeros y admiradores.
La gestualidad es prácticamente la misma que la del genial argentino, idénticos braceos para moldear el sonido, golpes de cabeza, encogimiento de hombros y ese dedo con el que a veces apunta como una flecha para indicar inequívocamente la ocasión de una entrada.
Perianes parece totalmente implicado en la obtención de aquello que persigue: la dinámica justa, el fraseo sutilmente escanciado en una labor de efectiva sugestión y expresividad que demuestra la complicidad lograda entre el intérprete y el conjunto, quizá la mejor de las orquestas españolas en la actualidad, de un nivel, en todas y cada una de sus secciones, que resistiría fácilmente la comparación con algunas de las principales europeas. Lo que podría lograrse de tener a un conjunto de este calibre en el foso del Teatro Real, con todos sus cuantiosos recursos…
Todo resultó de interés, pero Perianes se ha manejado siempre mejor en el terreno de la introspección, de la delicadeza, del diálogo sereno, quizá como prolongación de su propia personalidad. Por eso, sin desdeñar el sobresaliente resultado global logrado sobre todo en los primeros cuatro conciertos (en el Emperador salió la fatiga), la joya de la corona se pudo apreciar en esos movimientos lentos en los que, ya desde el inicio, con el Op. 19, logró detener el tiempo «como si el año con majestad se demorara», según el verso de Hölderlin consagrado al verano.
Esa suspensión ideal, «cuando más espiritual la vida se expande» (de nuevo Hölderlin), alcanzó niveles raramente apuntados durante el Largo del Op.15, donde el camerístico diálogo con los clarinetes ensanchó los precisos límites de un lenguaje que, en su máxima expresión, como ahora, va mucho más allá de lo que puedan comunicar solo las palabras, para sobrevolar las sutiles regiones de lo inefable.
El temperamento cordial, cartesiano, abierto de Perianes parece manejarse mejor entre claridades que en la penumbra. Y por eso, quizá, allá donde el rigor formal del clasicismo aún asoma, como en los primeros dos conciertos, siguiendo las huellas de Mozart, e incluso Haydn, encuentra una mayor afinidad que en esos otros instantes en los cuales Beethoven comienza a explorar senderos más inciertos, presintiendo ya abismos que se expondrán en toda su intensidad en las últimas obras, como las sonatas para el mismo instrumento.
Y aun así, de nuevo, en la justa mitad del Op.58, aunque sin llegar a las cotas alcanzadas aquí por el divino Esteban Sánchez, Perianes, en ese íntimo diálogo con la orquesta de dramáticos contornos, absolutamente desolador, volvió a conectar con el demiurgo interior para ofrecer uno de esos instantes de puro hechizo, el duende de su amada tierra, que justifican el planteamiento de una ambiciosa velada.
Perianes cortó más de una oreja a cada uno de los tremendos bichos que le tocaron en suerte, y nunca se vino abajo pese al enorme esfuerzo. La fatiga acechó y se hizo evidente en la última faena, la de ese morlaco que no conviene dejar para el final si se viene de torear sin apenas descanso a otros de no menos recia estampa. En el «Emperador» surgieron las imprecisiones, las breves notas erradas, los puntuales desajustes entre solista y orquesta.
Desde luego, nada que empañara la extraordinaria complejidad del envite, lo que reconoció el público con intensas ovaciones ya desde la primera sesión. Al final solo bastó que alguien lo hubiese propuesto, y entre varios lo habrían sacado de allí en hombros, hasta Lavapiés. Qué manera de bravear. No era para menos.
Tampoco la orquesta se fue sin premio. Más que merecido. Estuvieron sublimes, rozando la perfección en todas y cada una de sus secciones. Resultaría injusto señalar a unos por encima de los otros. Formidables en todo momento, con un sonido rico, cálido, empastado, … atentos siempre a cada mínima indicación de Perianes desde el teclado.
Solo aguardo que también, esta vez, les hayan dado de yantar como corresponde. Como decía aquel personaje de Tarantino (creo recordar que en «Jackie Brown»): «En Madrid se puede cenar después de la medianoche». Ya no tanto.