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'Desposorios místicos de santa Catalina', de Mateo Cerezo

'Desposorios místicos de santa Catalina', de Mateo CerezoMuseo del Prado

El Caravaggio de Burgos que en su corta vida hizo brillar la pintura religiosa en el Siglo de Oro

El pintor Mateo Cerezo ocupa un injusto segundo plano en el panorama pictórico del Barroco español

La grandeza de la pintura española del Siglo de Oro suele contarse a través de las historias de maestros como Velázquez, Zurbarán, Murillo o Ribera.

La era barroca del arte pictórico de nuestro país redefinió la temática religiosa en la historia del arte a través del dominio técnico y el reflejo de las tensiones espirituales del siglo XVII.

La brillantez de estos nombres es innegable e indiscutida, pero la genialidad tiene un lado oscuro para aquellos que, por cualquier razón, no han trascendido tanto en los libros de texto.

El resplandor de estos genios ha opacado el inmenso talento de otros pintores que merecen, igualmente, reconocimiento y su hueco en las galerías.

Uno de estos casos es el de Mateo Cerezo. Quizá por la brevedad de su vida (murió con 29 años) o lo relativamente escaso de su obra, su trabajo y su nombre no sean tan conocidos dentro de la constelación artística gigante que es el Siglo de Oro español en todos los ámbitos.

A pesar de sus pocos años, Cerezo, de ascendencia también pictórica, supo captar la esencia del Barroco en su faceta más íntima y contemplativa.

Apartado de los grandes fastos cortesanos, el autor desarrolló una pintura profundamente espiritual, trufada de emoción contenida, en la que predominaba el claroscuro. El artista burgalés miró primero hacia dentro para trascender.

El resplandor de un talento precoz

En su tiempo, la pintura religiosa estaba tensionada por las corrientes que tiraban hacia el esplendor decorativo y las que apostaban por el dramatismo escenográfico.

No obstante, Cerezo eligió la vía más humana, la del recogimiento y la de la devoción tranquila a la que no le hacen falta fanfarrias para trascender.

Su talento despuntó desde que el artista era bien joven, y se trasladó a Madrid bajo el ala de Juan Carreño de Miranda, uno de los pintores de cámara de Felipe IV. Durante su vida, hizo gala de una gran sensibilidad religiosa y una técnica fina que le permitía reflejar con maestría la emoción contenida y la espiritualidad interior de sus figuras.

A pesar de su corta vida, el artista dominó el claroscuro tan característico del Barroco y la representación de la expresividad facial. La mayoría de su obra giró en torno a la religión, con lo que pudo representar escenas piadosas sin grandilocuencia, pero sí con intensidad.

Así, entre sus obras más representativas se encuentra un Ecce Homo coronado de espinas con serena expresión de sufrimiento, o una Magdalena penitente, a la que Cerezo aportó un toque de dulzura.

El legado del artista burgalés quedó irremediablemente limitado por su corto tiempo en el mundo, pero habla con fuerza contenida a todos los espectadores. No deslumbra, pero conmueve, como todo el buen arte.

Cerezo pintó la intimidad y la espiritualidad, hizo de la emoción contenida puro arte y ejemplificó la sensibilidad del Barroco español a la perfección en menos de 30 años. Mediante sus lienzos, todavía hoy, dialogamos con la fe, la esperanza y la plena humanidad.

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