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El motivo por el que Cataluña no devuelve las pinturas de Sijena a Aragón

El Ayuntamiento de Sijena advierte que podría acusar de un presunto delito de desobediencia a los responsables del Museo Nacional de Arte de Cataluña si siguen sin cumplir la sentencia de devolución de las pinturas murales

Las pinturas murales del Monasterio de Sijena expuestas en el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC)Europa Press

La situación en Cataluña es paradójica. Por un lado, el servil gobierno de Pedro Sánchez, tan necesitado de votos nacionalistas para mantenerse en el poder como servil a las exigencias de sus socios de Junts y de ERC, ha cedido prácticamente en todas las demandas tradicionales del independentismo catalán, a falta del referéndum: desde la amnistía hasta el «cupo catalán».

Por otro lado, electoralmente (aunque habrá que verlo cuando llegue el turno de las urnas) el independentismo vive horas bajas en Cataluña con un PSC instalado de nuevo en la Plaza de San Jaime de Barcelona.

En ese contexto, el independentismo está necesitado de batallas contra su «enemigo exterior», el Estado español, o Madrid, que aglutinen y movilicen a su electorado.

Es ahí donde entra en juego la cuestión de los murales del monasterio aragonés de Sijena. ¿Por qué el interés de Cataluña y su Museo Nacional de Arte en retenerlas e incumplir la sentencia judicial que obliga a devolverlas?

La reciente sentencia del Supremo no da lugar a dudas. El Museo debe entregar al monasterio de Sijena las pinturas, pues la propiedad es de Aragón que tiene legitimidad para reclamar su retorno a su lugar de origen.

A pesar de los argumentos técnicos esgrimidos por el Museo y la Generalitat la cuestión parece puramente ideológica y responde a la necesidad del independentismo catalán de no transmitir a su electorado la sensación de una nueva derrota.

Las pinturas de Sijena llegaron a Cataluña en plena Guerra Civil. En los primeros meses de la contienda una columna de milicianos anarquistas procedentes de Cataluña asaltó el monasterio, lo saqueó, lo profanó y lo incendió en uno de los episodios más lamentables y condenables de odio religioso por parte de las fuerzas republicanas.

A continuación, la Generalitat presidida por Lluís Companys envió a un grupo de funcionarios para arrancar las pinturas de las paredes de la sala capitular del Monasterio, una de las cumbres del arte pictórico medieval, y trasladarlas a Barcelona. Y, desde entonces, ahí siguen.

Las autoridades catalanas han sido hábiles a la hora de construir un discurso oficial a base de subterfugios y buenas dosis de cinismo según el cual la Generalitat nada tuvo que ver con la destrucción de Sijena, obra de bárbaros anarquistas, y, de hecho, lo que las autoridades catalanas y el Museo Nacional de Arte de Cataluña hizo fue salvar las pinturas al salvarlas, ponerlas a resguardo, restaurarlas y conservarlas.

Obviamente, ese discurso ya solo sirve para independentistas convencidos y fanáticos, como las huestes de la Asamblea Nacional Catalana, con su presidente Lluís Llach a la cabeza, o propagandistas del fanatismo nacionalista como el actor y humorista de TV3 Toni Albà.

Aragón ya ha perdido la paciencia con tantas vueltas y más vueltas que el Museo da para retrasar todo lo posible la entrega de las pinturas y ganar tiempo para encontrar un clavo ardiendo al que agarrarse para quedarse con el tesoro pictórico.

El Ayuntamiento de Sijena ha pedido a la jueza de primera instancia e instrucción número 2 de Huesca que aperciba a los responsables del Museo para que inicien el proceso de devolución.

Si siguen sin cumplir la sentencia, advierten los responsables del Ayuntamiento aragonés, se les acusaría de un presunto delito de desobediencia.

La cuestión es que las autoridades del Museo no parecen ser libres, sino rehenes. Rehenes de una sociedad dominada por el independentismo. Una sociedad en la que nadie quiere ser tildado de traidor.