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Carlos M. Iglesias SanzProfesor de Arquitectura de la Universidad CEU San Pablo

¿Cebras en peligro de extinción? No en la piel de toro, de momento…

La gran proliferación de los llamados edificios-cebra han cambiado el rostro de muchas de nuestras ciudades

Edificio de viviendas en Madrid

Edificio de viviendas en MadridPaula Argüelles

Las gentes de nuestras ciudades, en sus movimientos rutinarios automatizados, hipnotizadas por las pantallas de sus móviles y los sonidos de sus auriculares, han visto alterado su habitual paisaje cotidiano –apenas percibido en su autismo visual– por la reciente aparición de cebras en la jungla urbana.

No estamos ante una versión hispana del Jumanji cinematográfico sino, más prosaicamente, ante el levantamiento de edificios residenciales estandarizados en sus fachadas por la disposición repetida de patrones geométricos organizados en bandas horizontales blancas y negras. Lo que en las conversaciones coloquiales se ha bautizado como edificios-cebra.

Manadas de cebra en las ciudades

Al contrario que las cebras africanas que tienen cada una de ellas un patrón de rayas único, similar a una huella dactilar, lo que facilita el reconocimiento dentro de la manada, estos edificios renuncian a la singularidad y crean masa en la uniformidad.

Más que una moda temporal son un reflejo de lo que gran parte de la sociedad y muchos de sus arquitectos entienden por modernidad y eficiencia. Modernidad por representar una supuesta imagen de abstracción y limpieza, con colores neutros (blanco y negro) y eficiencia por conseguir según sus promotores, una construcción industrializada o semi industrializada, con placas de hormigón polímero y GRC (hormigón reforzado con fibra de vidrio).

Bloque de apartamentos en el barrio de Valdebebas

Bloque de apartamentos en el barrio de ValdebebasPaula Argüelles

Conseguidos estos principales objetivos sería razonable su extensión a cualquier ciudad o localización exportando un diseño optimizado. En Madrid, Bilbao, Logroño, Lérida, Sevilla, Valencia, etc., y hasta ahora posiblemente en Teruel, los cebras arquitectónicas extienden su manada indiferentes a las condiciones de campo donde se encuentren –clima, paisaje, recursos materiales y energéticos, estructura socioeconómica, etc.–, porque encuentran fácilmente su sustento en un extendido reconocimiento social y aceptación ciudadana.

El sueño de la arquitectura moderna se convierte en realidad/pesadilla

Parece, por fin, que uno de los sueños de la arquitectura moderna ha sido alcanzado: prefabricar, estandarizar e industrializar los procesos constructivos y materiales, facilitando su ejecución y explotación.

Lo que en principio pudiera ser un gran avance de la arquitectura en su condición más tecnológica esconde, sin embargo, la mayoría de las veces, un mercantilismo pragmático de la construcción como objeto de negocio.

No han tardado en surgir voces críticas desde foros profesionales y sociales, tildando estas arquitecturas de formalismos socialistas, fríos e impersonales, de carácter desganado, feístas, automáticas y repetitivas, como clonaciones en serie.

Este tipo de edificios han proliferado en varias ciudades españolas

Este tipo de edificios han proliferado en varias ciudades españolasPaula Argüelles

Por otro lado, son productos que en general tienen buena venta en el mercado, aceptados como arquitectura moderna, innovadora y avanzada, cuyas ventas se producen en tiempos cada vez más cortos y que satisfacen en gran medida los deseos de parte de los ciudadanos.

Ofrecen zonas interiores con lugares para el juego de los niños, zonas de coworking, ámbitos de ocio, piscinas, pequeños gimnasios, etc., en definitiva, arcadias del vivir que ofrecen felicidad y bienestar a sus usuarios.

En realidad, es el perfecto sueño del promotor: pragmatismo con construcciones estandarizadas de fácil implantación en catálogos que se aceptan rápidamente por el público, una arquitectura de consumo rápido en la que el arquitecto se relega a un burócrata ejecutor.

¿Y la ciudad?

Refugiados en sus recintos privados interiores, los usuarios de estas promociones cebra en serie se aíslan generalmente de la ciudad en una suerte de fortalezas autistas que construyen sus paraísos comunitarios.

Los llamados edificio-cebra se han convertido en la imagen común de los barrios de nueva construcción

Los llamados edificio-cebra se han convertido en la imagen común de los barrios de nueva construcciónPaula Argüelles

La calle y el barrio son el exterior, lo ajeno, de lo que hay que protegerse, para crear un interior de paz y calma en la ciudad inhóspita. Rodeadas de grandes vías de circulación y rotondas de tráfico incesante, sus fachadas ofrecen un rostro neutro y frío enfatizado por el cromatismo radical blanquinegro que deshumanizan la ciudad. ¡Qué lejos están los edificios de arquitectos como Juan Manuel Ruiz de la Prada, por ejemplo, que en el Madrid de los años sesenta y setenta muestran fachadas de líneas puras también horizontales, con juegos de volúmenes y combinación de materiales cerámicos y madera de teca y portales con diseños personalizados en esculturas, picaportes y maceteros, haciendo de las calles lugares para el paseo y el encuentro!

¿Moda o algo más?

Podemos pensar ingenuamente que este safari urbano es una moda pasajera de rápido consumo, localizada en nuestro país, de corto alcance en el tiempo. Eficaz, rápida en su diseño, adaptable en su riguroso catálogo de exteriores, de fácil ejecución, su consumo es además de gran consenso en los usuarios.

Pero ¿y si la manida Inteligencia Artificial (IA) tiene algo que ver en todo esto? Aún en ámbitos profesionales, la IA es una gran desconocida en sus posibilidades de asistente al proyecto de arquitectura: cada día descubrimos en nuestros estudios nuevas herramientas que esta tecnología ofrece ya a los diseñadores.

Pero también ha sido descubierta por algunos promotores como utilidad rápida y eficaz en su negocio para producir una arquitectura-Ikea que a casi todos gusta. Lejos están estas promociones de la noble aspiración del artista adolescente de Joyce que permanece oculto discretamente tras su obra, cortándose las uñas, o de Oíza y su postulación del no autor. Mientras tanto, prefiero las cebras en los pasos de peatones a estas anodinas fachadas.

«La mejor arquitectura es la que no tiene autor, la que es impersonal, una canoa, una bicicleta, un bote de remos… la que no tiene autor» (Sáenz de Oíza).

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