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Nietzsche y las transformaciones del espírituImagen creada con IA

Filosofía para todos

Cuando Nietzsche imaginó a un niño más fuerte que un león

El filósofo alemán utilizó una serie de metáforas para explicar su concepción del hombre

Aunque no siempre es comprendida en su totalidad, la filosofía de Friedrich Nietzsche pasa por ser una de las más relevantes de la contemporaneidad. Nihilismo, exaltación de la vida, voluntad de poder... son conceptos e ideas que marcan buena parte de los postulados intelectuales del siglo XX y que tienen en el alemán un referente claro.

Su visión del hombre ha quedado para la historia a través de esa meta última a alcanzar que sería la del superhombre. Para el pensador es necesaria una afirmación del poder del individuo y su capacidad para moldear el mundo a su antojo. Nietzsche se apoyó en metáforas para explicar muchos de sus postulados, una de las más reconocidas es aquella que se sirve de un camello, un león y un niño para poner imágenes a un camino de autosuperación.

El punto de partida de la concepción antropológica del filósofo es la debilidad y el sometimiento. El hombre vive bajo la pesada carga de una moral de esclavos y su cometido es lograr una transmutación que dé paso al vitalismo, la fortaleza y la exigencia propia de los señores. Para ello, en Así habló Zaratustra, Nietzsche habla de las tres transformaciones que debe afrontar el espíritu humano.

Así, el alemán identifica el primer estado del hombre con un camello. Este animal «se arrodilla y quiere que lo carguen bien», una humillación voluntaria que representaría esos valores propios del cristianismo, por ejemplo. Con esa losa sobre su joroba, continúa el relato, se adentra este camello en el desierto. Es el triunfo del «tú debes».

Y es ahí, en lo más recóndito del desierto, donde se produce la transformación que da paso al león. Este animal, violento, se revuelve contra aquellos que lo han cargado con el deseo de «conquistar su libertad». Su lucha, necesaria según Nietzsche para dar el último paso, pretende imponer el «yo quiero» a ese «tú debes» que oprimía al camello. El león se queda estancado en el rechazo a unos valores que, sin embargo, no es capaz de cambiar por otros.

Para lograr esa última tarea es necesaria la última transformación, la que convierte el espíritu en un niño. Un aparente paso atrás si hablamos de fuerza física, pero un salto hacia adelante en cuanto a voluntad se refiere. «El niño es inocencia y olvido, un empezar de nuevo, un juego, una rueda que gira, un primer movimiento, una santa afirmación», leemos en Así habló Zaratustra.

Nietzsche ve en el niño el espíritu propio del superhombre, aquel que crea y destruye a su antojo como si de un juego de construcción se tratase. En esa actividad infantil se enmarca la posibilidad de dar forma a unos valores propios que en cualquier momento pueden ser derribados y sustituidos por otros nuevos. El triunfo, por tanto, de la propia voluntad.