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El Debate de las Ideas

El eclipse de Dios: la crítica de Marshall McLuhan a la tecnología digital

Reconocer claramente esta situación equivale a recordar que Jesús siempre nos indica que estemos preparados y nos mantengamos despiertos

Marshall McLuhan previó el poder de la tecnología para transformar la naturaleza humana y lo hizo desde una perspectiva católica. Sus agudas observaciones pueden ayudar a guiar el pensamiento católico sobre la tecnología digital en esta época de drásticos cambios. McLuhan se convirtió al catolicismo siendo adulto y entró en la Iglesia «de rodillas», pues como él mismo afirmó, ésa «es la única manera de entrar en ella». Fue bautizado y confirmado un Jueves Santo, el 25 de marzo de 1937, y el hijo de Marshall, Eric, cuenta que «la persona más sorprendida por la conversión de Marshall McLuhan al catolicismo fue el propio Marshall». Sin embargo, McLuhan nunca quiso «moralizar» su trabajo, sino comprender cómo los medios de comunicación estaban transformando la condición humana.

McLuhan sigue siendo un referente cuya frase más perdurable es: «El medio es el mensaje». McLuhan creía que Jesucristo es la encarnación más plena de ese axioma. El medio de Jesús -el hombre divino crucificado y resucitado que cura a los enfermos, expulsa a los demonios y perdona los pecados- es el mensaje eterno e inmutable de la salvación. «En Jesucristo, no hay distancia ni separación entre el medio y el mensaje: es el único caso en que podemos decir que el medio y el mensaje son plenamente uno y lo mismo».

Para otras tecnologías, sin embargo, McLuhan sostenía que siempre que los medios cambian, el mensaje cambia con ellos. Para subrayar este precepto, McLuhan consideraba la Reforma menos un choque doctrinal y más una revolución tecnológica. El cambio de medio ocasionado por la invención de la imprenta modificó el mensaje; la experiencia del Evangelio pasó de ser una experiencia auditiva compartida en comunidad a una experiencia visual privada. Las copias asequibles de la Biblia y el aumento de las tasas de alfabetización transformaron el mensaje del Evangelio. La Biblia impresa desplazó una estructura religiosa jerárquica y la sustituyó por un mar igualitario de interpretaciones individuales. En consecuencia, el mensaje de salvación pasó de ser una experiencia colectiva facilitada por la Iglesia a una situación en la que cada persona se hacía responsable de su propia salvación a través de la fe privada.

Con un ojo McLuhan veía el mundo como católico, mientras que con el otro veía cómo los cambios tecnológicos repercuten y transforman la experiencia humana. Utilizando estas dos lentes, McLuhan predijo algo parecido a Internet en 1962, y al contemplar la aparición de esta inteligencia en red, previó que este mundo desencarnado de información electrónica sería la amenaza definitiva para la Iglesia. McLuhan reflexionó:

«Creo que este podría ser el momento del Anticristo. Cuando la electricidad permita la simultaneidad de toda la información para cada ser humano, será el momento de Lucifer. Él es el más grande ingeniero electrónico. Técnicamente hablando, la época en la que vivimos es ciertamente favorable a un Anticristo. Piénsalo: cada persona puede sintonizar instantáneamente con un «nuevo Cristo» y confundirlo con el verdadero Cristo. En tales momentos se vuelve crucial escuchar correctamente y sintonizarse en la frecuencia correcta».

Para entender la sugerencia de McLuhan de que la época actual es favorable a la emergencia del Anticristo, es necesario volver a examinar quién (o qué) es el Anticristo.

El Catecismo profetiza el juicio final de la Iglesia en los siguientes términos:

«Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el «misterio de iniquidad» bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudomesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne».

El Anticristo no es sólo una persona o cosa, sino también un proceso de engaño religioso que ofrece una aparente solución a los problemas humanos que es incompatible con la fe. A través de este engaño espiritual, la humanidad llega a glorificar a la criatura en lugar de al Creador. McLuhan sugiere que Internet -que permite una información espontánea al alcance de todo ser humano- tiene una importancia crítica para el ascenso del Anticristo. Para desentrañar cómo las comunicaciones basadas en Internet lo facilitan hay que entender el engaño inherente al medio (la forma de las comunicaciones basadas en Internet), el contenido de los mensajes, y luego la metanarrativa seudomesiánica (la gran historia) explícita e implícitamente contada a través y por este medio.

El primer nivel de engaño espiritual se produce en la naturaleza intrínseca de la comunicación digital desencarnada. Como dice McLuhan:

«Los entornos de información electrónica, al ser totalmente etéreos, fomentan la ilusión de que el mundo es una sustancia espiritual. Aparece así como un facsímil del cuerpo místico, una flagrante manifestación del Anticristo».

Una inteligencia global, universalmente conectada en red, imita al cuerpo místico en la medida en que se convierte en una fuerza formidable que, como la Eucaristía, crea una unidad vinculante a partir de la diversidad humana. Comunicaciones digitales etéreas como blogs, vlogs, TikTok, Reels de Instagram se hacen virales, infectando la conciencia de la población, uniéndola en una causa o sistema de valores. La ilusión espiritual del Anticristo, lograda a través de entornos electrónicos de información, es que los individuos establezcan auténticas conexiones espirituales con otros seres humanos, haciendo innecesaria una Iglesia física. Este mundo desencarnado es una «tremenda amenaza para una Iglesia encarnada» porque la humanidad queda «hipnotizada por sus propias tecnologías».

Las plataformas online son de propiedad y gestión privadas y buscan que sus usuarios se queden en ellas. Como ha demostrado sobradamente X, no hay nada que fomente más esa presencia que el desprecio mutuo. Si dos personas discuten en una red social y atraen a otros a la disputa, no es difícil ver quién gana: la propia plataforma. Los algoritmos crean cámaras de eco, microcomunidades fuertemente vinculadas entre sí, a menudo a través de una identidad de grupo definida en oposición a otras microcomunidades. El drama se desarrolla como una «escalada a los extremos», en la que ambos bandos se comprometen plenamente con la destrucción del otro, lo que demuestra la observación de McLuhan de que las comunicaciones electrónicas poseen un don para recuperar la forma más primitiva de conciencia.

La ilusión espiritual creada por estas formas etéreas de comunicación electrónica se ve favorecida por su infinita inmediatez. A diferencia de un libro, que tiene tapas, o incluso de una enorme biblioteca con sus miles de estanterías, internet no tiene principio ni fin, ni entrada ni salida a su colección de aplicaciones web y entornos digitales en red. El deseo humano de lo novedoso encuentra su terreno perfecto en internet, donde no existen fronteras y todo bien -material o de información- puede comprarse y consumirse, alimentando así un apetito insaciable. Internet amplifica la «creación organizada de insatisfacción» ideada por la General Motors, dando pie a un espíritu inquieto que debe mantenerse en constante movimiento. Como señala C.S. Lewis en Cartas del diablo a su sobrino, «el camino más seguro al infierno es el gradual, la pendiente suave, blanda bajo los pies, sin giros bruscos, sin hitos, sin señales» o, en otras palabras, el scroll infinito, esa característica adictiva y omnipresente de los teléfonos móviles que ofrece contenidos sin interrupción a los usuarios.

Los contenidos transmitidos por este medio también facilitan el engaño espiritual al hacernos mirar hacia abajo en lugar de hacia arriba. Los seres humanos somos ante todo amantes, y la antropología católica afirma que estamos «programados» para amar a Dios. La conectividad constante representa una niebla digital que desplaza el amor de Dios hacia la distracción infinita, y siempre que los humanos se separan del amor de Dios suceden cosas malas. En el vacío generado por el desplazamiento de Dios fluye lo que McLuhan llamó el «paraíso terrenal de los gadgets», portador de una serie incesante de mensajes dañinos que corrompen a la persona humana. En Wanting: The Power of Mimetic Desire in Everyday Life, el emprendedor digital Luke Burgis describe cómo nuestro deseo innato de Dios es sustituido por otros modelos de deseo:

Los smartphones proyectan los deseos de miles de millones de personas a través de las redes sociales, las búsquedas en Google y las reseñas de restaurantes y hoteles. La adicción neurológica a los smartphones es real, pero nuestra adicción a los deseos de los demás, a los que los smartphones nos dan acceso sin restricciones, es el verdadero peligro metafísico.

Internet ofrece un modelo de felicidad para todos, y la naturaleza performativa de las redes sociales representa la vida idealizada. Ser humano es desear, y a menudo queremos lo que quieren los demás (lo que Burgis denomina deseo mimético), pero este deseo infinitamente mal dirigido tiene un coste. Existe una relación directa entre tiempo de pantalla y depresión porque las vidas humanas reales se quedan cortas frente a las redes sociales. Asa Raskin, el inventor del scroll infinito, detalla que cientos de ingenieros detrás de cada producto tecnológico han trabajado muy duro para que la tecnología cree la máxima adicción, haciendo desfilar una cornucopia de deseos modelo que los usuarios quieren imitar. Las comunicaciones audiovisuales retransmitidas constantemente en un tiempo incorpóreo, sin limitaciones espaciales, están cada vez más diseñadas para reforzar el deseo individualista, y este deseo hace que los usuarios se sientan inferiores, insatisfechos e inquietos.

Con demasiada frecuencia, el deseo de Dios no sólo se ve interrumpido por atractivas personas que viven vidas fantásticas sino que es secuestrado deliberadamente por malos actores que quieren destruir almas. Varios estudios han establecido una conexión entre la cantidad de tiempo que los adolescentes pasan en los smartphones y las tasas de depresión, y cuanto más precoz es la edad a la que un niño posee su primer smartphone, más probabilidades tiene de tener problemas con su salud mental. Teniendo esto en cuenta, la disculpa de Mark Zuckerberg ante el Congreso estadounidense a principios de 2024 es un acontecimiento que marca un hito en el reconocimiento social de que el tiempo que se pasa en este nuevo medio es peligroso porque los mensajes a menudo incluyen contenido tóxico que alimenta los trastornos alimentarios, la pornografía y las crisis de salud mental que conducen al suicidio. McLuhan observó que «las enfermedades psíquicas pueden tratarse ahora como lo que son: manifestaciones de la respuesta a las tecnologías creadas por el hombre». La sociedad debe averiguar ahora cómo curar a las personas de las heridas autoinfligidas mientras están conectadas online.

El medio es el mensaje, y el engaño espiritual más insidioso es que estas diversas plataformas cuentan su propia historia sobre el propósito de la vida humana. La verdad puede ser capaz de prosperar junto a la mentira, pero la desinformación, el engaño y la radicalización alejan a la gente de La Verdad y la llevan a mi verdad. La única historia que importa es la que nosotros inventamos, cumpliéndose así el objetivo del Anticristo: que la gente glorifique a la criatura en lugar de al Creador. El mayor daño de este nuevo frente en la batalla espiritual lo causa el rechazo de la era posmoderna a todas las metanarrativas, muy especialmente a la historia cristiana de la Caída, la Redención y la Llamada Universal a la Santidad. Justin Brierly argumenta que el actual colapso del relato cristiano es la principal razón de la crisis de sentido actual. Como resume Brierly, la narrativa posmoderna no ofrece «líneas argumentales ni pistas, ni guiones ni direcciones, y desde luego ningún dramaturgo que lo resuelva todo al final».

La única metanarrativa considerada como válida en el contexto posmoderno es la historia del progreso moral y tecnológico humano que ahora se conoce como transhumanismo. No es necesario ni posible hacer aquí un análisis exhaustivo del transhumanismo, pero un breve esbozo de esta narrativa pone de relieve cómo cumple la predicción de McLuhan (y los objetivos del Anticristo) transformando profundamente (aunque de forma sutil) el relato cristiano. En resumen, el relato transhumanista describe la creación como un accidente cósmico, por lo que no puede ser buena. Peor aún, es irredimible. La gente inocente sufre injustamente y sólo el ingenio humano puede superar estas limitaciones naturales, posiblemente incluso proporcionando la vida eterna mediante la construcción de clones conservados digitalmente. Al no existir Dios, los humanos no pueden ser hechos a su imagen; en su lugar, cada individuo construye su propia identidad y decide el significado de lo que es una vida buena, eligiendo qué modificaciones tecnológicas aplicar para alcanzar sus fines. La invención tecnológica humana tiene el potencial de redimir esta naturaleza humana caída mediante la ingeniería biotécnica.

La transformación (o, más propiamente, la transfiguración) siempre ha ocupado un lugar central en el relato cristiano; Dios se hizo hombre para que los hombres pudieran convertirse en Dios, para que pudiéramos ir más allá de la forma que tenemos y transfigurarnos a imagen de Jesucristo. El relato transhumanista degrada el significado mismo de la transformación, que pasa de espiritual a materialista. Los seres humanos son criaturas divinas en un universo aleatorio, inexplicable y sin propósito, que deben redimirse a sí mismas sin recurrir a ningún socorro divino. McLuhan se dio cuenta de que el proceso evolutivo había pasado de la biología a la tecnología, y de que ésta impulsaría ahora el proceso universal de construcción de la identidad. La posibilidad de construir fácilmente personajes y avatares maleables online sostiene también otros movimientos sociales progresistas que sugieren que la identidad es una construcción fluida y autodeterminada.

McLuhan no pretendía entrar en la cuestión de si el desarrollo de los entornos de información electrónica es bueno o malo, sino que quería diagnosticar con precisión lo que estaba sucediendo. Y si este análisis es exacto, esto es lo que parece estar ocurriendo: los humanos estamos hechos para amar y lo que amamos se convierte en lo que adoramos. Muchos han llegado a adorar las atractivas promesas de comodidad, ventajas y control que ofrece la tecnología digital. La etérea red de aplicaciones en internet difunde la ideología de la tecnología, según la cual debemos adoptar la tecnología sin tener en cuenta ni el objetivo ni las consecuencias, sin prestar la debida atención al hecho de que las prácticas cotidianas conforman nuestros deseos y la imagen que tenemos de lo que es una vida buena. Las empresas descubren cada vez más que su valor económico procede de los hábitos que crean y por eso las tecnologías basadas en la web y la proliferación de las redes sociales se han elaborado cuidadosamente para ser adictivas de un modo que las sustancias adictivas nunca lo serán porque la abstinencia no es aquí una opción.

La adicción suele venir acompañada de un engaño sobre nuestra libertad -que el adicto puede gobernar y regular su adicción- y esta adicción al mundo seudoespiritual de la web y sus contenidos deforma los deseos, afianza el tribalismo, erosiona la salud mental, nos invita a la distracción infinita y hace que el verdadero Cristo sea cada vez más difícil de encontrar. El medio y los mensajes que éste transmite difunden a la perfección la única metanarrativa que queda en la era posmoderna: que somos nuestros propios creadores y que la tecnología puede redimir nuestros defectos y limitaciones, e incluso crear una vida eterna (aunque sea digital), porque los humanos no somos más que un conjunto de impulsos bioquímicos y neuronales.

Entonces, ¿qué se puede hacer, si es que se puede hacer algo? No mucho. La Iglesia debe pasar por esta prueba que sacudirá la fe de muchos, e incluso si ésta no es la apostasía final profetizada en el Catecismo, es ciertamente una apostasía occidental. Las cifras del declive religioso son bien conocidas; aproximadamente el 30% de los adultos estadounidenses se identifican como personas que no tienen afiliación religiosa, una cifra que asciende a casi la mitad para las generaciones nacidas entre 1980 y 2012, precisamente aquellas generaciones que han crecido digitalizadas. Parece existir una fuerte relación entre riqueza, acceso a la tecnología y apostasía.

Si hay algo que se pueda hacer, debería empezar por la observación de McLuhan de que:

«No hay nada malo en recordar de vez en cuando que el «Príncipe de este Mundo» es un gran relaciones públicas, un gran vendedor del nuevo hardware y software, un gran ingeniero electrónico y un gran experto en medios».

No está de más recordar que hay un Maligno que desea destruirnos, y que el golpe maestro del Anticristo es ser invisible, haberse colado en nuestros bolsillos y en las palmas de nuestras manos.

Reconocer claramente esta situación equivale a recordar que Jesús siempre nos indica que estemos preparados y nos mantengamos despiertos. En una línea similar, Michael Harris plantea la situación de la siguiente manera: «Toda tecnología te alienará de alguna parte de tu vida. Esta es tu tarea. Tu trabajo es darte cuenta. Primero nota la diferencia. Y luego elige». Observa el impacto alienante de la tecnología en tu vida. Recuerda que Lucifer es el gran ingeniero electrónico y deja el smartphone cuando llegues a casa del trabajo. Elige ir a misa. Participa conscientemente en la Eucaristía. Sal de tu camino para conocer a otras personas.

El antídoto, ahora y siempre, serán las disciplinas espirituales de la oración, el ayuno y la limosna. Como dice McLuhan: «Sólo al nivel de un cristianismo vivido el medio es realmente el mensaje». El mensaje de Jesús debe pasar a tu vida y a tu decisión intencionada y deliberada de no permitir que la tecnología digital se interponga entre tú y Dios.

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