El escritor, Andrés Trapiello, durante su entrevista para El Debate
El Barbero del Rey de Suecia
Trapiello, política y patria
Uno no está de acuerdo con todo lo que Trapiello sostiene, naturalmente. Eso es otro de los méritos del libro. Una nación se hace uniendo anhelos, esfuerzos y admiraciones con quien no es correligionario
«En las elecciones de 1977 voté al PCE», así empieza y es, qué vamos a hacerle, un espléndido arranque. Andrés Trapiello (1953) escribe en Próspero viento (La Esfera de los Libros, 2025) sus memorias políticas, pero, como por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela, le sale una obra con tensión novelística. El protagonista hace su propio periplo del héroe, que diría Joseph Campbell.
Uno no está de acuerdo con todo lo que Trapiello sostiene, naturalmente. Eso es otro de los méritos del libro. Una nación se hace uniendo anhelos, esfuerzos y admiraciones con quien no es correligionario. Una patria no es un partido. Tipográficamente se resalta este aspecto: la cubierta es amarilla y la camisa de la edición roja. Se representa así la bandera de España que rodea ~ondeando~ estas páginas. Las diferencias, pues, van de suyo y suman. Aunque, como descubre el autor, no suman igual en todos los casos: «Desde que uno se ha manifestado contrario al gobierno de PSánchez algunos amigos, buenos amigos, han dejado de hablarnos o se han distanciado ostensiblemente. […] Lo extraño es que ningún amigo mío de derechas dejó de saludarme ni tratarme durante los veinticinco años que voté al Psoe, tampoco porque criticara o ridiculizara alguna de las palabras o de los actos de los gobernantes de derechas; ni siquiera mis amigos del Opus, cuando se tropezaban alguna sátira mía sobre sus asuntos religiosos o sobre la Obra, me lo han tenido en cuenta».
El libro tampoco engaña por dentro. Trapiello avisa –con frecuencia de estribillo– que, en lo que tiene de ensayo, Próspero viento es un estudio sobre la hegemonía cultural de la izquierda. Lo es: explica sus raíces (que se remontan a la Constitución de Cádiz), el hábil desarrollo, la rentable explotación y las consecuencias actuales. Con ejemplos biográficos, bibliográficos e históricos.
Señala la hegemonía, y la combate. Aquí y antes. Gracias a su voto aquel al PCE, a sus veinticinco años votando al PSOE y a todo lo demás que se nos cuenta, Andrés Trapiello se pudo permitir el lujo de rescatar a Rafael Sánchez Mazas y a tantos otros como puso en circulación su ensayo Las armas y las letras. Aquilino Duque no hubiese podido, aunque jamás desfalleció. Ahora bien, la recuperación de la novela Rosa Krüger es una deuda impagable que tenemos todos con Trapiello. Él da más importancia a la vindicación de los representantes de la Tercera España, tan cercanos a su corazón y a su cabeza: Chaves Nogales, Elena Fortún, Castillejo… Y está bien: apenas se puede exagerar en la ponderación de A sangre y fuego.
En la línea desmitificadora, Próspero viento es un libro incluso interactivo, pues en las páginas 275-8 se nos invita a puntuar del uno al diez a los escritores más o menos vinculados a la República y lo mismo a una lista de escritores más o menos vinculados a los nacionales. Luego habría que sumar ambas columnas y ver si hay base empírica para el mito de que lo más granado de la intelectualidad se quedó con la República. Trapiello no da su resultado. Nos anima a no hacer trampas: «al fin y al cabo se trata de un solitario». Más que para matar el tiempo, vale –apunto yo– para matar el tópico. Con formas más implícitas, Próspero viento nos anima a seguir ju(z)gando.
El volumen reconstruye su viaje y, por eso, a veces recicla, advirtiéndolo, textos y polémicas. Lo hace como cuando Pulgarcito recogía sus guijarros: para volver a casa. Son muy ilustrativos los combates singulares que ha librado con unos u otros escritores, periodistas o editores. El lector los vive como ordalías. El autor, melancólicamente. Le pasa, como dice citando a Chesterton, que, aunque en su natural no están las pendencias, «me he visto impulsado por la clase de gente con la que inclino a discrepar».
En este viaje –a medias de regreso y a medias de profundización– adquiere una subterránea importancia la relación con sus padres, especialmente con el padre, natural en un ensayo sobre la patria. Aquí es más lógico, pero de toda la obra de Trapiello se podría extraer una temblorosa novela del hijo pródigo –Campbell de nuevo–. A pesar de las pendencias de la edad y del tiempo, no deja de admirarlos más y más y de comprenderlos mejor y mejor. La columnista Carmen Oteo me decía, hablando de esto, que «los cimientos no se mueven». Son desde lo que se construye y se reconstruye.
Como es marca del Barbero, la selección viene recortada sólo con las tijeras de mi entusiasmo. No se parará en las lanzadas que pega de vez en cuando a Franco y a la nueva derecha. Pero será una antología fidelísima a su mezcla de biografía, reflexión, humor, lirismo y puntería:
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[El primer beso] Me resulta muy difícil explicarlo, pero no decir que todos los besos que después ha dado uno o me han dado y han valido algo la pena, están hermanados con aquel.
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Cuando ahora pienso en mis padres, lo hago con inmensa gratitud. […] Para mí el ejemplo que nos dieron como personas es hoy más valioso que todo lo demás.
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Los tres años de Guerra Civil han sido más determinantes para los españoles que los cuarenta de la dictadura.
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[La lucha de la juventud antifranquista] Las ideas generales eran firmes, desde luego: dictadura mal, democracia bien; obrero bien, burgués mal; Estados Unidos Goliat, Cuba David; el mariscal Tito bien, el almirante Carrero tuvo poco para lo que se merecía; Unión Soviética decrépita, China primaveral; mal Kissinger, Hochimín muy bien; mili mal, escaqueo militar bien; calidad de la enseñanza mal, inasistencia a clase para quedarse en el bar bien; pobres bien (pero lejos), ricos mal (los de la familia, a ver; seguro que se podía empezar por otros); mangar libros en las librerías, bien, leer poco también; porros y alcohol bien, vida saludable, de risa; noche, bien, madrugar, ni de coña... Era un decálogo elemental al que nos ateníamos, agradable de cumplir.
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La derecha civilizada que creía en la Transición, ocupada en asuntos más prácticos que los de la cultura, dejó ésta en manos de la izquierda. […] El poder cultural, desde el primer día lo colonizó la izquierda y lo ha conservado ininterrumpidamente hasta hoy.
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[En la editorial Trieste] Llamamos a la colección «Biblioteca de Autores Españoles». «Un error», nos advirtieron los libreros, periodistas, colegas, amigos. La palabra español sonaba mal y no vendía. Demasiado franquista, consideraban. Fue algo consciente y deliberado. Una declaración de amor: se le hacía con ello un homenaje a la mítica colección de Ribadeneyra del siglo XIX y de paso se retaba a la modernidad con el guante de la tradición.
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Lo del «exilio interior»: lo mejor de los dos mundos, los corderos del padre y el prestigio del hijo pródigo.
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Rafael Sánchez Ferlosio [en un artículo escrito en El País en 1984]: «Goebbels, en efecto, dijo aquello de «Cada vez que oigo la palabra cultura amartillo la pistola». Los socialistas actúan como si dijeran: «En cuanto oigo la palabra cultura extiendo un cheque en blanco al portador». Humanamente huelga decir que es preferible la actitud del Gobierno socialista, pero culturalmente no sé qué es peor».
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Rafael Sánchez Ferlosio: «Dirigismo cultural lo hay siempre que existe financiación».
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El diario es el lugar por antonomasia en el que el solitario se encuentra a sí mismo.
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Que en la novela [El buque fantasma] se dijera que habían hecho más por los parias de la tierra las monjitas de la Caridad que todos los soviets juntos… [no gustó a la progresía].
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Chaves Nogales no estaba en medio del comunismo y del nazismo, sino frente a ellos con la misma determinación y claridad.
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Lorenzo Villalonga, sobre la guerra civil: «Creo que es mejor no hablar de estas cosas, aunque quizá sea peor el olvidarlas».
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De modo que los más liberales de los lectores de izquierda, que admitieron al principio algunos de los crímenes de la izquierda («en ambos bandos se cometieron excesos»), se niegan ahora a admitir que en la izquierda pudieran haberse cometido más (al fin y al cabo los asesinados en Madrid por la República durante la Guerra Civil van de ocho a doce mil, y durante el franquismo no llegan a tres mil) o que algunas figuras intocables de la izquierda (Alberti, Neruda) fueron poco o nada ejemplares.
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«Grass llega hoy a Estocolmo resignado a cumplir el protocolo del Nobel», titula hoy El País. Cuando le dieron ese premio, parecía, por las primeras declaraciones que hizo al conocer la noticia, que fuese el de Física y no el de Literatura el que le habían dado. Dijo que estaba muy preocupado con la proliferación de centrales nucleares en su país y en Europa.
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Ramón Gaya: «Yo no soy polémico, resulto polémico».
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[Léase con el tono melancólico del que ya más no puede hacer] Después de las batallas que ha empeñado uno en literatura, en arte o en política, la gente que creía que GdB es un gran poeta, Dalí un gran artista, Lenin un político que hizo mucho bien a la humanidad y el Psoe de PSánchez un «partido de progreso», sigue creyéndolo, y los que consideraban que Unamuno es «duro de oído», JRJ un cursi y Churchill un franquista, persisten en creerlo.
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Una película del Oeste. Alguien pregunta al protagonista por qué no disparará por la espalda a un malhechor, y le dice: «Si tengo que explicártelo, no lo entenderás».
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Tendemos a creer que soledad y sociedad se oponen, y no tiene por qué ser así.
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Este del humor es un asunto primordial, y cultivarlo, la mayor de las delicadezas de la inteligencia.
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No hay utilidad pública mayor que decir en público lo mismo que decimos en privado.
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Y la única satisfacción que uno ha obtenido de la mayor parte de sus intervenciones políticas, es haber oído que las motejaban de quijotescas.