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Detalle de El Juicio final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina

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El Debate de las Ideas

Sobre el logos pagano y el logos cristiano: ética de la exigencia vs. ética del don (II)

Como sabemos desde Giambattista Vico, el matrimonio, la sepultura y la religión son el corazón de toda civilización humana. Desgraciadamente, hoy día la corrosiva deconstrucción posmoderna parece haber localizado estas estructuras críticas del Hombre ensañándose con ellas y empujándonos inexorablemente a la barbarie más deshumanizadora…

En esta segunda entrega de «Sobre el logos pagano y el logos cristiano» voy a tratar de ser algo menos indulgente con el paganismo… Si bien en el artículo anterior traté de poner en valor las virtudes naturales paganas y cómo estas son el hummus del que brota el cristianismo en un camino ascendente de perfeccionamiento, en las siguientes líneas presentaré la pietas grecorromana como un conjunto de credos particularistas y supersticiosos atrapados en el círculo inmanente de la naturaleza y la consiguiente ausencia de caridad.

El Padre Eloy Tejero, profesor emérito de Historia del Derecho Canónico de la Universidad de Navarra, en El evangelio de la casa y de la familia (EUNSA, 2014) nos presenta el oikos o la casa como el núcleo cúltico básico de la vida moral en la civilización grecorromana. Para él, es indispensable observar qué rol jugaban el matrimonio, la familia, el hogar y la sepultura, es decir, «el sentido religioso básico de la casa (...), si queremos percibir la novedad de sentido que da Cristo a las referidas instituciones». Porque como vimos en el artículo anterior: «El hecho primordial sobre el paganismo y el cristianismo es que uno vino después del otro» (Chesterton dixit).

Los vivos y el hogar: origen del mandato paulino

A diferencia del cristianismo, en la Grecia y la Roma antiguas había una tensión irresuelta entre el mundo de los vivos y el de los muertos, ya que para nosotros (como tuvo oportunidad de recordarnos el Papa León XIV en su catequesis del Sábado Santo): «El Hijo de Dios se adentró en las tinieblas más espesas para alcanzar también al último de sus hermanos y hermanas, para llevar también allí abajo su luz. En este gesto está toda la fuerza y la ternura del anuncio pascual: la muerte nunca es la última palabra». Ningún Dios bajó al hades…

Sin embargo, del logos pagano recibe el cristianismo un profundo respeto por los muertos, los ancestros, y, algo menos conocido: por los vivos. En efecto, el pater familias era el sacerdote del hogar. Asimismo, la mater familias (que era la que en su seno portaba el poder de dar vida y, con ello, perpetuar la estirpe) investía a su marido del sacerdocio. Si ella moría y él enviudaba, otro varón de la casa debía tomar las riendas (ceremonialmente hablando).

En cualquier caso, la moral cristiana no nace ex nihilo… Por ejemplo, el mandato paulino (no en balde ciudadano romano) «Hijos, honrad a vuestros padres (pietas erga parentes); Padres, no exasperéis a vuestros hijos (pietas erga liberos)», muy probablemente hunda sus raíces en las virtudes domésticas paganas: «Entre estas, dice el Padre Tejero, tenía particular importancia la pietas: la obediencia del hijo a su padre y el amor que tributaba a su madre eran manifestaciones de la pietas erga parentes. A su vez, la solicitud del padre por sus hijos y la ternura de la madre hacia ellos eran formas propias de la pietas erga liberos». Entonces, ¿cuál es la diferencia? Justamente el hecho de que para la «sabiduría cristiana» el amor, esto es, la caridad, «es el vínculo de la perfección», como afirma San Pablo. Mientras que para el pagano el vínculo es la ley y la sangre (así como para el judío); para el cristiano ya no hay ni judíos ni griegos, ni circuncisión ni incircuncisión, «pues por un mismo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo» (Cor 12:13). Mientras el logos pagano padece la atracción gravitatoria de la obligación, el deber y el cumplimiento, el logos cristiano no exige la ejemplaridad del hijo para que este sea amado y respetado por su padre. Uno puede, como el Hijo Pródigo, dejar su tierra y su parentela, entregarse a las bajas pasiones, derrochar su herencia e incluso perder su dignidad de hombre comiendo algarrobas, que el Padre lo recibirá siempre con los brazos abiertos, lo cubrirá de besos y le preparará un banquete de bienvenida. No se nos exige la irreprochabilidad en la conducta, se nos regala el arrepentimiento. Puesto que, de nuevo con Chesterton: «la caridad significa perdonar lo imperdonable, pues si no, no es virtud ni es nada».

Los muertos y el hogar: pesada indiferenciación

Como digo, de la cultura pagana recibimos el respeto por los vivos, especialmente entre los miembros de la familia (ancianos, padres, hijos), pero, también y sobre todo, el respeto reverencial por los ancestros, los que ya no están entre nosotros, los muertos. Como explica el Padre Tejero: «El antepasado honrado por sus descendientes era para ellos un dios tutelar. Al interior de la casa había un altar en el que siempre debía haber un poco de ceniza y carbones encendidos. Era obligación sagrada para el jefe de familia conservar el fuego día y noche. ¡Desgraciada la casa en que se extinguiera! (...). Veían en el fuego algo divino; se le adoraba y se le rendía culto verdadero: se le ofrecían flores, frutos, incienso, vino. Se le pedía protección por considerarlo poderoso y la providencia de la casa (...). Se explica así que la antigua lengua griega tuviera una palabra muy significativa para designar una familia: epistion, lo que está cerca del hogar». Hay familia y hay hogar allá donde haya un brasero en el que cobijarse. Esta centralidad del hogar (fuego) no deja de ser una separación entre el adentro y el afuera, el nosotros y el ellos, la familia y la intemperie. De tal modo que la tensión irresuelta entre vivos y muertos es un epifenómeno de la tensión irresuelta entre la religión y la casa. Cada familia tiene sus propios ritos, no existe una universalidad, ni un solo «Credo». La Providencia no es la de un Padre generoso, es decir, una relación «inmediata», sino una relación en la que media el cálculo interesado y transaccional. Hay una exigencia cívica: la protección y la providencia son la contrapartida a las flores, el incienso, el vino, etc: «Entre los vivos y los muertos de cada familia había un intercambio perpetuo de buenos oficios. De ahí la desgracia de no tener hijos» (Padre Tejero dixit).

El logos pagano conduce a la exigencia: exigencia de perpetuar el linaje, exigencia de dar sepultura a los muertos, exigencia de dar ofrendas a los dioses, exigencia de contraer matrimonio, exigencia de mantenerse casto y perseguir el adulterio. Todo aquello que pudiera parecernos a simple vista bueno per se es, en realidad, «ineficiente» en sentido aristotélico, ya que desconoce su verdadera «causa eficiente»: el amor, la libertad, la gratuidad y la misericordia, en definitiva, el Dios uno y trino. ¿O acaso es algo malo el linaje, la sepultura, las ofrendas, el matrimonio, la castidad o el rechazo de la infidelidad? Podríamos decir que las feministas y, en general, el progresismo, tienen una mentalidad pagana, puesto que viven todo desde la cruda exigencia y no desde la gratuidad cristiana. Más aún, el cristianismo ha venido a liberarnos de esa pesada losa de la exigencia de la indiferenciación: muertos, vivos, rituales, ceremonias, casa, templo, ¡qué lío!

Los muertos y la sepultura: ética cívica inmisericorde

Conviene recordarlo, el paganismo no despreciaba dionisiacamente la moral, sino que la imponía. Pero lo hacía porque, sin ella, todo el edificio social se derrumbaba. Las virtudes existían, aunque ancladas a la necesidad (System der Bedürfnisse en terminología hegeliana). En la civilización mediterránea, explica el Padre Tejero, existían los divi parentum: «antepasados pertenecientes a la misma casa, considerados como seres sagrados (...) eran llamados por los griegos dioses subterráneos y dioses manes por los romanos (...). Pero, según esas creencias, la vida bienaventurada de los antepasados dependía del culto que debían darles sus descendientes en la comunidad doméstica (...). A estos dioses –hogar, lares, manes– se les llamó dioses ocultos o del interior sacrificia occulta». Esto es, dioses de un «nosotros» excluyente. En el cristianismo, al contrario, los muertos no dependen del culto de los vivos para subsistir. No necesitan ser alimentados ni apaciguados para no desaparecer. Forman parte de la Iglesia (purgante o triunfante), de esa Iglesia invisible que no se sostiene por la memoria humana, sino por la oración y la intercesión. La oración por los difuntos no nace del miedo a su desaparición, sino de la esperanza escatológica en la segunda venida del Señor en gloria y majestad (Parusía).

De lo que se desprende que el logos pagano deriva en un conjunto de prácticas y cultos de carácter:

- I) Particularista: en el paganismo se rinde culto tan solo a los propios muertos; en el cristianismo se puede pedir por la salvación de las almas o por las almas del purgatorio e incluso se puede pedir su intercesión. Ya que, como explica el Padre Tejero: «un principio básico regulaba las prácticas todas de la religión de la casa: nadie ajeno a la casa podía adorar a sus propios dioses familiares. Cada familia sólo podía rendir culto a quienes le pertenecían por la sangre (...) la presencia de un extraño turbaba el reposo de los manes (...). La religión doméstica permanecía encerrada en los muros de la casa, no era pública, todas sus ceremonias eran familiares». He ahí la primera gran diferencia: hablamos de una religión intramuros versus una religión de signo universal.

- II) Exigente: exigencias que lejos de respetar el irreductible libre albedrío de los hombres así como su intransferible vocación imponían obligaciones que afectan a todos los ámbitos de la persona, ya que, como nos recuerda Chesterton en Herejes (1905): «Poseían sólo una gran virtud: su obediencia cívica». El logos pagano exige castidad: «Casto era denominado el hogar, porque ningún acto material o moralmente impuro podía hacerse en su presencia ni podía acercarse a su propio hogar el hombre que se sintiera impuro». El hogar no podía ser mancillado, ya que estaba habitado por los muertos. ¿Acaso el cristianismo no exige también la castidad? Para el cristiano, no se trata de una exigencia externo-comunitaria (al modo del puritanismo), sino de una virtud personal y un don de Dios. Asimismo, para el cristianismo, el hogar es una «Iglesia doméstica, donde los padres son los primeros educadores de la fe» (Lumen Gentium, 11). No puede ser perturbado, como tampoco puede perturbarse el cuerpo, templo del Espíritu Santo. El logos pagano exige también la sepultura de los muertos, pero ¿de todos o sólo de los miembros de la familia? ¿Qué cristiano podría oponerse a dar debida sepultura a los muertos? Exige, asimismo, la entrega de ofrendas en los altares de los manes o dioses subterráneos. ¿Acaso no forma parte de la devoción mariana la entrega de ramos de flores? ¿No lo hacemos también para con nuestros muertos? Exige también contraer matrimonio, pues no hay nada más importante que la prolongación en espacio y tiempo de la familia. La religión doméstica, explica el Padre Tejero, «hacía obligatorio el matrimonio y consideraba al celibato como un crimen, porque la religión cifraba en la continuidad de la familia el primero y más santo de los deberes, pues, sin hijos, su religión desaparecía de la tierra, su hogar se apagaba y toda la serie de sus muertos caía en el olvido y la eterna miseria». Para el pagano, los hijos tampoco son un don fruto del amor que se da en el seno del sacramento del matrimonio, sino que están en función de los ancestros. Relacionado con esto último, existe una última exigencia, la cuestión del adulterio: «velaba la religión doméstica por la pureza de la familia hasta considerar al adulterio la más grave falta, por quebrantar la regla primera el culto y de la sepultura: el legítimo nacimiento que contrastaba con la impiedad del adulterino, al romper la serie de los descendientes, extinguir la familia y despojar a los antepasados de la felicidad divina». Huelga decir que, en Grecia y Roma el padre tenía derecho a rechazar al hijo recién nacido, se le permitía repudiar a la mujer, juzgarla e incluso condenarla a muerte. En el pueblo de Israel se contemplaba el apedreamiento. ¿Quién vino no para abolir la ley, sino para darle cumplimiento? Jesucristo. Baste recordar la escena de Jesús y la mujer adúltera... Otro ejemplo palmario de la liberación que ha supuesto el cristianismo en la Historia Universal: «El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra» (Jn 8:7). El cumplimiento de la ley, desprovisto de amor, deviene una forma de ética cívica inmisericorde o de la exigencia…

- III) Supersticioso: quizá este sea el punto que más encaje con el prejuicio que ha llegado a nuestros días sobre los cultos paganos. 1ª Superstición: si no se entierra debidamente el cuerpo, el alma vagará errante y desgraciada y atormentará a los vivos (enfermedades, destrucción de sus cosechas, apariciones fantasmagóricas). 2ª Superstición: Si no se alimenta a los muertos enterrados con leche, vino, tortas, carne de animales sacrificados, «en seguida saldrían de sus tumbas y, como seres errantes, se les oiría gemir en las noches silenciosas acusando a los suyos y castigándoles con enfermedades y esterilidad en sus tierras». La pregunta que se nos antoja más oportuna es la siguiente: ¿En la cultura grecorromana la sepultura se justificaba por la dignidad del muerto o por miedo a represalias? ¿Qué motivaba realmente a los paganos? ¿El miedo? ¿El egoísmo? Según el Padre Tejero: «De ahí que estuvieran atormentados los antiguos por el temor de que, tras la muerte, no se observaran los ritos debidos». En el cristianismo, lejos de exigirnos sacrificios y oblaciones, el cordero inmolado es el propio hijo de Dios, puesto que como reza el Salmo 40: «Tú no quisiste víctima ni oblación; pero me diste un oído atento; no pediste holocaustos ni sacrificios» (Sal 40:7). 3ª Superstición: Pensar que los muertos mueren por segunda y definitiva vez en la memoria de los vivos.

Este contraste entre el logos pagano y sus «virtudes tristes» y el logos cristiano y sus «virtudes alegres y expansivas» se percibe con especial fuerza al comparar el Día de Muertos y el Día de Todos los Santos. Ambas festividades parten de una intuición común –el profundo respeto por los muertos–, pero se operan bajo lógicas muy distintas. En el Día de Muertos, el difunto vuelve: se le prepara comida, se le espera, se le representa. La muerte es asumida, incluso celebrada, pero no ha sido vencida. El tiempo es circular: los muertos regresan porque nunca se han ido del todo... Hay memoria, afecto y comunidad, pero la muerte conserva la última palabra. En cambio, en el Día de Todos los Santos ocurre todo lo contrario. Los muertos no vuelven, porque ya viven plenamente junto al Padre (o esperando pacientemente en sus Atrios). No existe la exigencia de alimentarlos, agasajarlos y ofrecer sacrificios y ofrendas por ellos. La fiesta no se detiene en la muerte, sino que nos recuerda cómo ha sido destruida con la preciosa sangre de Cristo, el Cordero de Dios. No celebra el regreso de los muertos al mundo, sino su entrada en la vida eterna, pues morir es con mucho lo mejor, en palabras de San Pablo. Lo mismo puede decirse de otros cultos antiguos –desde las Parentalia romanas, al Obon japonés, pasando por ceremonias ancestrales chinas–: en todos ellos hay piedad, respeto y memoria, ¡qué duda cabe! Nada de esto es despreciable. Pero todos son «ineficientes», les falta la victoria sobre la muerte (pecado). En ellos se celebra la muerte como continuidad terrenal, como prórroga inmanente, pero no se da una verdadera apertura a la trascendencia. Se consigue eludir por unos instantes a la muerte, pero no se vence.

Este naturalismo pagano es, por supuesto, razonable, se erige sobre lo mejor de las virtudes humanas, funciona como un silogismo lógico en virtud del cual si haces esto pasará aquello, pero está cerrado a la gratuidad y paradoja de la fe, la esperanza y la caridad.

Debemos reconocer, como hace el Padre Tejero que «el amor a la casa se incluía entre las virtudes y estaba radicado profundamente en las almas (...). Esas creencias permearon el sentido de la moralidad de los antiguos y dieron a las familias unos fuertes vínculos de amor y respeto mutuo, que nutrían el amor a la casa, morada fija y duradera, recibida de sus abuelos y legada a sus hijos como un santuario». Debemos reconocer también, como hace Chesterton, que de regresar al ideal pagano, «acabaremos en el cristianismo». Ello no obsta para ver en el cristianismo lo mejor del paganismo elevado a la enésima potencia. En otras palabras: el paganismo constituye una ética inmisericorde, el cristianismo una ética del don.

Ajenos al Ordo Amoris agustiniano, los paganos fueron incapaces de penetrar en el don del «temor de Dios», ya que los dioses sin rostro e impersonales eran, en realidad, fuerzas arbitrarias y vengativas que exigían de ellos el cumplimiento de los ritos, tributos y sacrificios. Fueron también incapaces de imaginar vagamente a un Dios todopoderoso que se encarnara para inmolarse por ellos: «El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres (...); y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 6-8).

El logos pagano llega hasta donde puede llegar la conciencia religiosa del hombre por medio de la razón. El logos cristiano no la contradice, sino que la perfecciona por medio de la Gracia (lo que constituye la clave de bóveda de lo que Dalmacio Negro denominaba la «tradición de la libertad»). Espero haber contribuido a «percibir la novedad de sentido que da Cristo a las referidas instituciones».

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