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José Luque

José Luque, presidente de la Plaza de Sevilla, durante la entrevista con El DebateThorun Piñeiro

Entrevista a José Luque, presidente de la Plaza de Sevilla

«Estoy convencido de que Morante va a volver a los ruedos»

El reconocimiento de los toros, la tarea esencial de los presidentes. Esa es la idea que sobresale en la entrevista que el presidente de la Plaza de Sevilla, José Luque, ha concedido a El Debate

El 23 de abril de 2023, la Plaza de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla vivió una jornada histórica, cuando Morante de la Puebla cortó un rabo. Hace más de cincuenta años que no lo conseguía ningún diestro (el anterior había sido Francisco Ruiz Miguel). El presidente que le concedió ese galardón fue José Luque Teruel, al que agradezco que haya venido a Madrid, a visitar El Debate.

—Al conceder el rabo, ¿no tuviste miedo de que te acusaran de benévolo los aficionados más exigentes?

—¡Para nada! No tuve ninguna duda: sabía que vivíamos una tarde histórica, estaba convencido de que lo merecía. En realidad, pareció que casi le tenía cortado el rabo al toro desde el final del capote.

La única duda era si acertaría o no con la espada y lo mató perfectamente: entró a matar tranquilo, relajado, un poco en el estilo de Antonio Bienvenida. He visto algunas fotos donde se aprecia que la estocada fue impecable.

—Es que, además de torear muy bien, Morante sabe matar muy bien, cuando quiere… Tú habías anunciado que estabas dispuesto a darle el rabo, si lo merecía.

—Yo he sido juez en Coria, su pueblo, y se lo anuncié: «Si te lo mereces, me pondré en pie, como hacen los presidentes mejicanos, y sacaré los pañuelos a la vez». Así lo hice.

—Además de que fue una gran faena, ese rabo se veía venir.

—Se coció a fuego lento. Una sucesión de grandes faenas fue concienciando al público sevillano. Recuerdo el toro de Cuvillo que le rompió el estaquillador y Morante lo resolvió dando una media verónica con la muleta. Después de la pandemia, la tarde que paró la música y le cortó dos orejas a un gran toro de Juan Pedro. La corrida en la que llevaba una camisa verde y se la jugó de verdad, con un toro de Domingo Hernández, en el que nadie creía… La tarde del rabo, se sentía en la Plaza un runrún especial: nadie discutió ese rabo, convenció a los más puristas.

—Lograr eso en la Plaza de Sevilla aumenta la dificultad pero también la trascendencia del triunfo.

—Ése es un motivo de especial satisfacción. Demostró, una vez más, que Sevilla, en los toros, posee una gloriosa historia pero que también innova. Madrid sigue siendo la primera Plaza del mundo pero Sevilla continúa marcando el rumbo de la Fiesta.

—También tuviste un papel protagonista en otras dos jornadas históricas, los dos recientes indultos, en la Plaza de Sevilla. El primero, el 13 de abril de 2016, cuando Manuel Escribano indultó el toro Cobradiezmos, de Victorino Martín.

—La verdad es que no lo esperaba, era mi primera temporada completa como presidente en la Maestranza. Además, yo había echado para atrás varios toros de esa corrida pero Victorino no creó ningún problema, trajo otros. Cobradiezmos no era de éstos, vino desde el principio. Por la mañana, en el reconocimiento, nos impresionó cuando miró a la puerta y embistió metiendo los riñones, humillando. El toro tenía una armonía total, enamoró a todos desde que salió. A mitad de la faena, el público empezó a pedir el indulto y vi que tenía razón.

—También te tocó presidir la tarde del 16 de abril de 2018, en la que El Juli indultó a Orgullito, de Garcigrande.

—Julián había tenido problemas con algunos empresarios y mostró esa tarde una entrega total, dio un zapatazo sobre la mesa. (Yo le ha dado tres Puertas Grandes, en Sevilla). Ya le había cortado las dos orejas a su primer toro. Mostró una fuerza mental muy grande, algo que Sevilla sabe apreciar. Cuidó al toro, en el caballo: si lo hubiera puesto, creo que se hubiera arrancado desde treinta metros. El toro fue siempre a más, todo funcionó a la perfección. Además, la Plaza estaba llena y la comunión fue total. La clave fue el dominio del bravo toro. Pidieron el indulto con pasión desenfrenada. No tuve duda: intenté, eso sí, concederlo en el momento oportuno y con el gesto educado, elegante, que Sevilla merece.

—Además de conocimiento y experiencia, el presidente de una Plaza de toros ha de tener ciertas cualidades personales. de temperamento. Tú sueles mencionar una palabra que a mí me gusta mucho, «equilibrio». Quizá te ayuda a eso tu profesión de juez.

—No te equivocas. Para dictar una sentencia, dispongo de tiempo, puedo consultar jurisprudencia. En la Plaza, en cambio, has de tomar una decisión muy rápida. No puedes imponer tus gustos al público. Tienes que tener muy claro cuál es tu papel, cuando subes al palco. En la Fiesta, la intervención administrativa es necesaria. Tú eres su representante: has de estar muy atento a multitud de cosas y resolver con serenidad, sin triunfalismo ni exceso de rigor. Debes mantener el equilibrio entre los distintos derechos que a veces pueden chocar. El triunfalismo no es beneficioso pero el rigorismo puede impedir que suceda algo hermoso. Y es conveniente que el público entienda tus decisiones.

—Conceder o no trofeos no es la única tarea ni la más importante de un presidente. Me parece esencial el reconocimiento de los toros. En Sevilla, es doble: primero, en el campo, luego, en la Plaza.

—¡Sin duda alguna! El señalamiento en el campo de las reses que van a lidiarse existe desde el Reglamento taurino de 2006. Sevilla fue la primera Plaza en instaurarlo.

—Explícame un poco cómo se hace, en la práctica.

—El empresario elige las ganaderías: las visitan los veedores de la empresa y de los toreros. Cuando salen los carteles, la empresa puede tomar la iniciativa de que vean en el campo los toros seleccionados el presidente, los veterinarios y el equipo gubernativo. De esa visita se levanta un acta pública.

—¿No resta independencia al presidente ir a la ganadería con el empresario?

—No. Es el ganadero el que nos presenta las reses, en principio elegidas. Los veterinarios informan sobre la edad, la sanidad y los pitones. El presidente decide los toros que se aceptan y los que no; en todo caso, esos toros deberán pasar el nuevo reconocimiento, en la Plaza.

—¿Hay conflictos entre los veterinarios y el presidente?

—En el 99% de los casos, no. Son buenos profesionales y juzgan los toros desde su conocimiento científico.

—¿Pueden surgir conflictos entre el ganadero y el presidente?

—Puede haber a veces diferencias de criterio. Es lógico: ten en cuenta que, en definitiva, le estás diciendo a un empresario si puede vender o no determinados productos. En general, los ganaderos nos dan una información que nos resulta utilísima.

—Cuando yo oigo o leo lo de «el toro de Sevilla», me echo a temblar.

—Yo, también: eso no debe ser un pretexto para bajar el nivel de exigencia. Sevilla es una Plaza de primera categoría pero sí es cierto que cada Plaza tiene su fisonomía y que el toro que gusta en Sevilla no es el Pamplona ni el de Madrid.

—Tú ves toros también en Madrid. Si fueras presidente de Las Ventas, ¿cambiaría tu criterio?

—Sin duda. Tendría que adaptarme algo al público de Madrid. Yo he dado unas cuantas orejas porque el público mayoritariamente las pedía, aunque no compartiera yo su gusto.

—En el campo, debéis valorar algo tan discutido como es el trapío de las reses.

—Yo me fijo mucho en que el toro esté bien musculado, en el pecho y en la culata; también, en que esté rematado, que no se aprecien flacos los ijares. Y, por supuesto, me fijo mucho en los pitones, que se aprecian mejor de perfil. En Sevilla, la mayoría de los toros que se lidian tienen los pitones vueltos hacia arriba. En definitiva, nos gustan toros con seriedad (con «cara de hombre», solemos decir) y con armonía.

—En tu experiencia como presidente, ¿te plantea problemas la manipulación de las astas?

—No, en Sevilla. Creo que, ahora mismo, eso no es problema, en Plazas de primera. Sí puede haber problemas en Plazas de tercera categoría. Por supuesto, es imprescindible mantener la integridad del toro bravo, para que no se banalice un espectáculo que forma parte de nuestra tradición cultural.

—También me parece a mí imprescindible mantener el sorteo de las reses. No es de recibo que una figura acuda –como suele decirse– «con su toro debajo del brazo».

—Así debe ser, en las corridas de toros. Una excepción tradicional es que, en las alternativas, los compañeros le suelan ofrecer al toricantano que elija su toro. No estoy yo de acuerdo con el nuevo Reglamento andaluz en que, en un mano a mano, con reses de dos ganaderías, se anuncie de antemano a quién le corresponden los toros de cada una.

—Tú has vivido desde chico un ambiente taurino único. Te bautizaron en Omnium Sanctorum, como a Joselito, Belmonte y Antonio Bienvenida; tu padrino fue Luis Miguel Dominguín, por eso te llamas José Miguel.

—Te contaré una anécdota. Sabes tú muy bien cómo era Luis Miguel. Me contó el párroco que llegó tarde a mi bautizo; él lo estaba esperando, a la puerta de la iglesia, y le dijo, en broma: «Si tardas un poco más, te tengo que colgar del campanario». Y Luis Miguel replicó: «Así tendrías en tu iglesia a un santo de verdad»…

—Tu padre, Andrés Luque Gago, ha sido uno de los mejores toreros de plata de la historia: yo lo conocí cuando iba con Luis Miguel, con tu tío («los Luque, el bajo y el alto», decíamos los aficionados). Luego, estuvo en las cuadrillas de grandes maestros, fue apoderado. En la Maestranza, todavía recuerdan algunos la tremenda ovación que le dieron por un lance a una mano. Escribió un interesante libro, «Recuerdos de un torero». Era un gran aficionado y tenía una gracia sevillana única. Tu madre, una gran señora, era el alma de las tertulias taurinas de la Cruz Campo… Pero tú te hiciste juez y tu hermano Andrés, catedrático de Historia del Arte, uno de los mayores sabios que yo conozco sobre la historia de las cofradías sevillanas. A ninguno de los dos os dio por ser toreros.

—Mi padre pensaba que ser torero es algo que nace, sale solo. Ni nos impulsó a ello ni nos lo prohibió. Si hubiéramos querido intentarlo, nos hubiera ayudado, enseñándonos el camino adecuado. Pero ni a mi hermano ni a mí nos dio por ahí. Al final, nuestro padre estaba orgulloso de que hubiéramos seguido nuestro propio camino.

—¿Cómo llegaste a ser presidente de una Plaza de toros?

—Hice un curso en la UNED. Luego, Marcelino Moronta me acogió y me hizo secretario de la Asociación Nacional de Presidentes de Plazas de Toros de España (ANPTE). Hice los Cursos de aprendizaje correspondientes, presenté mi currículum: me nombraron presidente primero en un pueblo, así fui cogiendo experiencia. En Sevilla, primero fui suplente. Recuerdo que elegía yo entonces una localidad muy cercana a la Presidencia para observar bien cómo el equipo presidencial iba resolviendo las cuestiones que surgían… Ése es el camino habitual.

—No es un puesto fijo, en la Maestranza.

—No, la autoridad nombra los presidentes al comienzo de cada temporada. Y cada uno trabaja con un equipo.

—No dependéis del empresario.

—¡Para nada! Pero lo lógico es que intentemos colaborar todos para que el espectáculo alcance la mayor calidad artística que sea posible.

—¿Quién os paga, por vuestra tarea?

—Nadie. No cobramos ni un céntimo. Es algo puramente vocacional.

—En una Feria importante, ¿es mejor que haya un solo presidente o varios?

—Las dos cosas tienen ventajas e inconvenientes. Es lógico que los aficionados protesten si observan diferencias de criterio pero, en una Plaza como Sevilla o Madrid, es una tarea mayor de lo que muchos creen: es lógico que haya varios presidentes.

—Vuestra responsabilidad es grande. Un buen presidente puede hacer mucho por mantener el nivel de una Plaza: es el caso de Matías, en Bilbao, por ejemplo.

—Es cierto. Matías es un gran presidente, ha hecho una gran labor. Y, por cierto, no es policía.

—No hace falta ser policía para ser buen presidente pero el hecho de serlo parecía garantizar su independencia… Ahora existen dos asociaciones de presidentes.

—Después de un Congreso, un grupo decidimos separarnos de la Asociación y formar la Unión de Presidentes de Plazas de Toros de España (UPTE).

—¿Por qué?

—Nos pareció que mantenían criterios demasiado rígidos, incompatibles con la evolución actual de espectáculo. De hecho, formamos parte de la Unión prácticamente el cien por cien de los presidentes en activo.

—Habéis puesto en marcha un Gabinete de Ayuda.

—Es un servicio técnico, no jurídico. Supone disponer de una ayuda permanente, para resolver los casos complicados. Resulta utilísimo, sobre todo, para los que tienen menos experiencia o presiden festejos en cosos menos importantes.

—También habéis promovido un Registro de Presidentes.

—Es algo muy reciente, se ha creado hace poco en Andalucía. Creemos que es un peldaño útil para una cierta profesionalización. Pero no hay que olvidar que la autoridad corresponde a la Junta de Andalucía, que es la que nombra, cada temporada, a los presidentes.

—¿Influye en eso la política?

—No debe influir. Yo he ejercido como presidente en la Plaza de Sevilla con un gobierno autonómico tanto del PSOE como del PP.

—Estás participando ahora en «Sevilla, ciudad taurina», una iniciativa que me parece interesantísima.

—Tú también estás colaborando en eso. La importancia de la Fiesta en la historia de Sevilla es absolutamente indiscutible. Ésta es una iniciativa del actual Ayuntamiento para potenciar que esa conexión entre la ciudad y los toros se patentice de múltiples formas, atendiendo a la cultura, al turismo, a la economía… De hecho, se han puesto en contacto conmigo presidentes de otras Plazas para impulsar la creación de algo semejante, en sus ciudades.

—Un tema final, como presidente y como aficionado: ¿cómo ves la próxima temporada, después de la retirada de Morante?

—Va a ser un reto grande para todo el mundo taurino: la oportunidad para hacer más sólidas las estructuras profesionales, la necesidad de renovar el escalafón y de seguir incorporando a nuevos aficionados jóvenes…

Por otro lado, yo estoy convencido de que Morante va a volver a los ruedos. No sé cuándo ni para cuántas corridas pero creo que volverá. Necesitaba descansar, ha hecho un gran esfuerzo, debe recuperarse. Cuando se encuentre de nuevo con fuerzas y con ánimos, volverá a torear en público. En ese momento, los empresarios deberán hacerle propuestas que le resulten atractivas. Un artista como él no ha dicho su última palabra, seguirá deleitándonos.

—Aunque algún político obtuso no quiera enterarse, la Tauromaquia sigue estando muy viva, en España.

—Lo vemos todos los días: posee profundas raíces populares. Es un rito solemne que no debe banalizarse. Es nuestra cultura. Y es la Fiesta nacional española.

Y así debe seguir siendo: ésa es la responsabilidad de los profesionales y de los aficionados taurinos.

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