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La batalla de Waterloo (1815) de William Sadler

La larga guerra cultural que apunta a una dura posguerra llena de obras y valores muertos y heridos

En España también se ve en el intento de matar la tauromaquia, que resiste llenando los tendidos frente a las proclamas del Gobierno en la figura de Urtasun, defensor de la leyenda negra española

No se sabe si es guerra fría o caliente. Unas veces ha sido una y otras veces otra. Pero la guerra se alarga en tiempos de cambio. El cambio es la cultura. El cambio se gesta en la cultura. Allí es donde empezó y donde se empezaron a dar todos los movimientos que se han visto en los últimos años: las ofensivas, los disparos, los espadazos, las cargas, los encarcelamientos.

Los revisionismos, las reparaciones o las cancelaciones, los nombres paralelos de todo lo anterior han dejado un reguero de muertos, heridos, víctimas colaterales y consecuencias. Vieja y también actual es la disputa entre Grecia y Reino Unido por los mármoles del Partenón exhibidos en el Museo Británico. El colonialismo como otro frente, qué lo es y qué no. Hay un bando que defiende la devolución y otro que defiende la permanencia.

Los libros cuestionados son otra batalla de la guerra. La prohibición de, por ejemplo, Huckleberry Finn de Mark Twain por lenguaje racista, o las disputas con Agatha Christie, Roald Dahl o mas recientemente J. K. Rowling por sus posturas personales en contra de la ideología de género dejan sangre de todos ellos por el camino. Cicatrices de la lucha donde parece que gana la realidad a la ideología, pero esta no se rinde y sigue atacando con el dogma alejado del sentido común.

En España lo hemos visto y lo vemos en el intento de matar la tauromaquia, que resiste llenando los tendidos frente a las proclamas del Gobierno en la figura de Urtasun, defensor de la leyenda negra española con la que arremete el Gobierno mexicano de Sheinbaum, después de la época de López Obrador. A aquel lado del océano las estatuas de Colón han caído no pocas veces como si fuera la de Sadam Hussein en la Guerra del Golfo.

Pero esta no es una guerra como aquella. Es una guerra global y civil contra las ideas que sostienen un mundo y una sociedad. La conquista es la sociedad, la humanidad que es reconvenida por sus gustos culturales, por sus palabras, reconducida en nuevos usos que se basan en demoler la literatura, el arte o la idiosincrasia de los pueblos en favor del globalismo uniformador, lejos de la diferencia peligrosa que mantiene los valores ultrajados por el enemigo.

El ejército «woke» como cuerpo especial invasor de grandes compañías culturales como Disney, que tuvo que volver a su ser para no quebrar económicamente por el sectarismo. La polarización como otro escenario de batalla, donde se hace dudar de las convicciones más normales y menos susceptibles de hacerse dudar como del sexo, aquí llamado «género» para confundir, como arma.

El arma del género antinatura para establecer que un hombre es una mujer o ambas cosas y viceversa, mientras se intenta establecer que Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift es una novela peligrosa por su contenido. Igual que La Casa de Bernarda Alba de Lorca, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez o Sueñan los androides con ovejas eléctricas de Philip K. Dick, relato inspirador del filme Blade Runner.

Todas estas novelas y muchas más, que han tenido como consecuencia también la censura en las obras que pretendían sustituir el hueco en la sociedad que iban a dejar aquellas. La libertad de Delacroix, símbolo occidental, fue señalada. Como también lo fueron y lo son los desnudos, las pinturas, las esculturas que han protagonizado el arte clásico en un retroceso con el que se inició la guerra y la reacción con la que continuó y continúa con todos esos muertos y heridos ya inevitables después de que se decidiera cuestionar, en la mayoría de los casos, su incuestionable inmortalidad.